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PASO CAMBIADO

Contra la politicofobia

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 14 de enero de 2015, 20:12h
Actualizado el: 15/01/2015 20:21h

De los oficios difíciles que puedo imaginar (enterrador, buzo en aguas fecales, operario de plataforma petrolífera, bloguero iraní), el del trabajo en la política española no se ha hecho más confortable. Es cierto que tiene una apariencia más vistosa, que da impresión de estatus social, incluso de poder. Pero no hay gente más vulnerable.

El político español medio está sometido a un durísimo escrutinio social; a una vigilancia extrema de los medios de comunicación; a la voluntad de los electores (en el mejor de los casos) o a la voluntad de sus jefes de partido, en su inmensa mayoría. Por no hablar de su fragilidad ante el celo policial, fiscal y judicial, por si saca los pies del tiesto. Su carrera pende siempre de un hilo. Hoy puede tener un gran despacho, y mañana no recibir una llamada telefónica y sí una querella por los motivos más inverosímiles. O puede perder todo el prestigio social y profesional por cualquier quítame allá esas pajas, por cualquier error de un subordinado o cualquier desliz personal. Y le reprocharán que venga o vaya al sector privado, pero también que no tenga categoría para hacerlo. Que pueda ganarse la vida, o que sea un incompetente.

¿Existen razones para ese escrutinio social y hasta judicial? Por supuesto, porque no son pocos los que han dado pie a la desconfianza, los que han mostrado prepotencia, los que han sido insensibles a la sociedad a la que sirven, los que se han aprovechado de sus cargos. Y con el agravante de que su empleo está sostenido con dinero público. Pero, de ahí a la politicofobia debería haber un paso. Aunque sólo sea porque este colectivo también agrupa personas honradas, gente idealista, con escasa recompensa económica (en relación con su responsabilidad) y una exposición profundamente incómoda.

Más que odio, los políticos españoles deberían producir compasión. Y podemos verlo caso por caso. Y no empezaré por los líderes más señalados, sino por cualquier aspirante de cualquier partido medio o pequeño.

Piénsese en un candidato de Izquierda Unida a primarias. Su vida puede ser muy apasionante, pero también desgraciada. Pongamos que quiere cambiar el mundo, en su caso el capitalismo opresor que esclaviza al obrero. Pues antes de salvar al desfavorecido tiene que convencer a su agrupación de partido. No tener la hostilidad de sus mandos o ganarles en una guerra interna. Competir con otros compañeros. Demostrar que no ha dado contratos, por poner un ejemplo teórico, a su hermano. Y, después, presentarse a las elecciones. Y aún después, gestionar sus votos en alianzas, que pueden gustarle o no. En fin, todo eso y sin garantías de que vas a salvar el mundo, pues no es como para echar cohetes.

Pero, bueno, este ejemplo es el de un partido periférico, hasta ahora, en el bipartidismo tan denostado. Es decir, ese candidato de Izquierda Unida, llamémosle Tania, es de los menos expuestos. Y fíjense hasta dónde puede llegar la cosa, que incluso en los partidos minoritarios te encuentras compañeros que quieren fusilarte al amanecer o que te reprochan un cierto “error ético” incluso cuando te defienden.

Vayamos a los partidos grandes. ¿Cuántos miembros del PP de Madrid tiemblan a la espera de la decisión sobre las candidaturas de Rajoy? ¿Y cuántos van a temblar después de las candidaturas, ante la angustia de los pronósticos electorales? ¿Y es más feliz (políticamente) el mismo Rajoy, que se enfrenta a la vez a los problemas de la Nación, a los desafíos territoriales, a la crisis económica, a la amenaza terrorista y a la desafección de sus votantes por lo que ha dejado de hacer (ley de aborto), y por lo que dicen que ha hecho (supuesta debilidad ante Eta)?

Y lo mismo, o peor, podríamos decir del líder del PSOE, Pedro Sánchez, que no sabe si darse a conocer haciendo parapente o poniéndose en las barricadas de 1848. Y, en general, los candidatos socialistas, que están bizcos de mirar a su derecha y a su izquierda, porque tienen la misma mala imagen bipartidista del PP, y arrastran una nefasta historia de gestión. Y, además, a ese partido no se le ha ocurrido mejor cosa que hacer unas primarias abiertas, por lo que cualquier mindundi puede decidir el futuro de sus candidaturas y, por tanto, de su estrategia, de su futuro y de su supervivencia.

Alguien dirá: bien, los que están mejor colocados son los partidos vírgenes. Podemos, en la izquierda, y Ciudadanos, en el centro aproximado. Pues no. Porque el nuevo partido de Pablo Iglesias ha tenido su momento de gloria, la de disimular que es un partido para poder meterse con los demás. Ahora, las cosas se van a poner más complicadas. Porque cinco personas en un despacho de facultad pueden más o menos organizar su mensaje, sin grandes errores. El problema es que para tener cobertura electoral en toda España hay que fichar a otros. Y alrededor de Podemos está surgiendo un enjambre de personajes propios de una obra surrealista. Un proetarra por aquí, un anticlerical por allá, y el pobre Iglesias, encantado con su transversalidad, tiene que dar explicaciones por su compañera sentimental, por sus devaneos bolivarianos y por la Semana Santa andaluza.

Y el simpático Albert Rivera está también en un momento decisivo. Para que Ciudadanos crezca en España hay que tener corresponsales aquí y allá. Y esos partidos, partiditos y agrupaciones que ven una oportunidad junto al partido emergente de centro pueden ser también unas rémoras oportunistas de rebotados o aprovechados. Y basta con que se descubra de uno, para que se asocie al conjunto.

Es cierto que, de todos estos políticos y sus partidos, alguno ganará, y tendrá su minuto de gloria. Pero eso no es más que un paréntesis (justo de un minuto) antes de que vuelvan a su función y se encuentren con un enorme rechazo, porque jamás estarán a la altura de lo que se espera de ellos, que es todo lo que suponemos que deberían ser, y que entendemos que no podemos ser los demás. Es decir, lo que no existe. Porque son lo que pueden ser, y los demás no seríamos mejores que ellos.

Por eso, puestos a elegir, más que hacerlo contra los políticos convendrá hacerlo sobre las propuestas de éstos que más se aproximen a lo razonable. Lo que no es épico ni pasional, pero sí bastante sensato. Porque no se trata de elaborar un nuevo santoral con los políticos ni ponernos en plan iconoclasta (que es en lo que está España), sino verlos como un oficio necesario. Como los buzos de aguas negras, los forenses, los sexadores de pollos o los periodistas.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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