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Chojin: “Necesitamos obligarnos a pensar y no esperar a que nos lo solucionen los de arriba”

jueves 15 de enero de 2015, 01:51h
La crisis analizada bajo el aroma de concienciación del rapero. Por Diego García (Fotos: Juan Pablo Tejedor)


La producción artística, el testimonio dirigido a implicar la conciencia colectiva en la comunidad a través de talleres y charlas impregnadas de hip hop y su labor como altavoz público de la batalla contra la violencia de género y el racismo -con el Premio Compromiso por la Tolerancia otorgado por la ONG Movimiento contra la Intolerancia el pasado 15 de noviembre mediante- ha conducido a Domingo Edjang “Chojin” (1977) hacia la posición de referente del rap en España. Por representar el inexorable crecimiento de la fervorosa raíz que surgió en los precoces reductos del movimiento que tomaban cuerpo en los recios corros y parques del Madrid noventero, a través del núcleo de su particular ecosistema, Torrejón de Ardoz, y por su defensa global de la cultura urbana entendida como una red de lazos comunes casi de carácter familiar. El Imparcial reproduce la entrevista, conformada por dos charlas que rodean la producción de su último trabajo (Energía), con el tótem espiritual del efervescente rap español en la que se aborda el menú que alimenta su creatividad: la sociedad que conformamos todos nosotros.

Pregunta: Asegura que el resorte que le hizo adentrarse en el proyecto de Energía después de que su alma sangrara tras la producción de I.R.A (2013, Sony) es la necesidad de resetear, de revitalizarnos, en medio de esta depresión social que arrastramos.

Respuesta: El revitalizarnos tiene una doble visión. Esa energía que creo que necesitamos por la situación que vivimos no es estrictamente social, por fuera, sino que también me la aplico yo, es interna. Quizás he pasado un tiempo regular a nivel personal y necesito convencerme, mediante este proyecto, de que todo va bien, o, por lo menos, mejor de lo que va.

Las épocas que vamos pasando no desaparecen. Se quedan ahí. Lo que hacemos es crecer, aceptar que están ahí y aprender de ello. Mi intención con Energía es mandar el mensaje de que, a pesar de todos los conflictos, no te puedes resignar, aceptando que puede llegar un fracaso. Pero hay que volver a levantarse para seguir peleando.

P: En relación con esa pelea interna y externa que sobreviene en un contexto de crisis, ¿qué elemento identifica como nuclear para resolver la epidemia de resignación?

R: Es fundamental que entendamos que el fracaso, el dolor y la frustración no son negativos: son inevitables. Siempre nos han enseñado que perder no es bueno, pero que no hay que sentirse mal. Nos dicen: “No pasa nada, alégrate hombre”. Sí pasa: súfrelo, pero entiende que eso que te hace sufrir va a pasar. La felicidad está en la aceptación de la propia naturaleza. Vivimos obsesionados con luchar contra nosotros mismos y eso provoca la frustración con mayúsculas. Es muy importante vivir a gusto con lo que encuentras en la búsqueda del conocimiento de ti mismo y, a pesar de que estamos en la Europa unificadora, creo que es necesario sentirte apegado a la gente que tienes a tu alrededor. No creo en inventar conceptos más amplios en esta época.


P: ¿Sobre qué cimientos se levantan los caminos hacia el renacimiento interior que invoca en este último proyecto creativo?

R: No tengo esperanza, realmente, en que el mundo y la sociedad vayan a mejorar, ni en que yo no vuelva a estar triste en mi vida, pero tengo claro que no me voy a morir sin intentarlo. A pesar de los problemas y los palos, tengo la obligación moral para conmigo mismo de intentar que la cosa cambie para mejor. Mi filosofía vital es iniciar la revolución empezando por uno mismo: nos hemos acostumbrado a echar la culpa de lo que nos pasa a un ente que se llama gente, pero no hemos terminado de aceptar que los que existimos somos tú, yo, o aquel, de modo que si queremos que la gente cambie somos nosotros los que tenemos que cambiar, de manera individual.

P: El rap se destaca, quizá, como el conducto musical que explicita con menor disimulo el desasosiego social. Desde su posición de retratista del paisaje colectivo que compartimos, ¿qué diagnóstico realiza sobre la crisis que sufrimos desde hace más de un lustro?

R: Lo analizo desde el punto de vista social. Por algún motivo nos están intentado hacer creer que nos tiene que importar la macroeconomía y la prima de riesgo. Seguro que son cosas fundamentales pero a mí no me importan. Lo que me importa realmente es que no me cierren las urgencias ni el ambulatorio, porque para tenerlas si las necesitamos hemos trabajado nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos. Quiero que haya una educación de calidad y no quiero que recorten mis derechos nombrando la macroeconomía que el pueblo no entiende. No soy idiota, sé que hay que tenerlo en cuenta, pero no quiero que me convenzan de que sí me interesan estas cosas para que no me preocupe que a mi vecino le han echado del trabajo, al otro le han bajado el sueldo a la mitad por más horas y no tiene opción de decir absolutamente nada. Cuando los ancianos hablan de la prima de riesgo en la panadería, porque más o menos les suena el concepto, no hablan de la responsabilidad del político al que pueden exigir. Porque cuando se presenta a las elecciones dice que va a solucionar tus problemas, no los de una gran empresa de otro país.

P: Su lírica dibuja también la incidencia en esta receta del resbalón colectivo de la erosión de los valores tradicionales. Un argumento que comparte, por ejemplo, el sociólogo Zygmunt Bauman -Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2010-, quien critica, no solo que estas convenciones viven “desintegradas” en la actualidad, sino que, además, “suponen una carga”.

R: La falta de valores es un problema que destruye sociedades. Estamos en un momento, coincidente con esta crisis económica, en el que todos esos cimientos se han cuestionado. Y algunos, con mucha lógica, pero tenemos que estabilizarnos. Considero que hay que preguntárselo todo y cuestionar, pero esto no significa descartarlo directamente, sino para decidir si se acata o no tal norma o tal costumbre. Creo que, como sociedad, y centrándolo en nuestra generación, nos queremos desprender de todo lo que se considera antiguo. Sin embargo, no lo veo así. Vengo de una concepción de familia donde siempre se ha entendido que es muy importante el respeto. En general. Hacia el mayor y hacia el otro. Recuerdo que en los ochenta, cuando era pequeño, si le decías a alguien que era racista se apresuraba para decir que no. Ahora se considera que esto es una opción: “es racista, si, pero una buena persona”. Se considera una opción. Este ejemplo sirve para darse cuenta de que algo está terriblemente mal en lo que se refiere a valores en esta sociedad.

P: Su bagaje creativo registra once álbumes y una amalgama de producciones músico-intelectuales que se remontan hasta los 90. ¿Qué evolución percibe, desde su posición observadora, de la sociedad española?

R: Entiendo que todas las sociedades son más o menos iguales en todas las épocas: siempre hay una clase dominante y un pueblo que se come los marrones. La crisis es la escenificación de la evolución que llevaba la sociedad. Hay mucha gente que estaba confundida y todos teníamos un vecino que te hablaba de los pobres. No, ¡tú eras el pobre! El hecho de que te hayas comprado un Mondeo no quiere decir que seas rico. Es ahora cuando parece que lo vemos todo claro y que el pueblo ha despertado y se ha dado cuenta que, efectivamente, la clase social que está por encima, y no es la nuestra, siempre sale ganando. La gente está muy enfadada porque antes se escondía todo esto un poco, porque tenías tus vacaciones pagadas y tu paga extra, y, ahora, te han quitado la paga y a aquel le han pillado robando no sé cuánto.


P: ¿Qué herramientas receta para que la ausencia de certezas exterior, que cobra expresión en cierto enfoque del rap, no contamine el mundo interior de cada cual?

R: Lo primero de todo es la conciencia. Saber que no hay nada irremediable y que no es inevitable lo que ocurre. Es cierto que como sociedad nos podemos levantar pero el mayor triunfo del poder es convencernos de que las cosas son como son y no se pueden cambiar. “Acéptalo”. “Resígnate”. “Vive con ello”. Intenta que te toque la lotería y ya está.

Después, hay que saber que no estamos solos. Para esto es muy bueno lo que ocurre con las redes sociales. Esta es la parte positiva que saco de esta crisis: no estamos solos. Aún así, es cierto que hay muchos grupos de ideologías distintas que están preocupados en pelearse entre ellos en lugar de unirse para trabajar. Y se necesita voluntad: en el momento en que tienes voluntad, sabes que no estás solo y tienes conciencia de que las cosas pueden cambiar, somos muchos, hay muchas cabezas que piensan y pueden encontrar soluciones a los problemas que sufrimos. No hay que esperar a que nos lo solucionen los de arriba.

P: La concienciación contra el racismo es uno de los núcleos de su actividad de manera transversal, que atraviesa la creatividad musical, la ponencia pública y el trabajo con jóvenes. ¿Cómo es la trayectoria que dibuja esta patología social en todos estos años?

R: En la época de vacas gordas, antes de la crisis, observé más racismo. Se abrió la veda y, como te dije antes, ser racista se contemplaba como una opción y no pasaba nada. Éramos señoritos, llegaban los inmigrantes y podías tratarles mal, hacerles una broma o insultarles, porque, al final, estás por encima. Te necesitan. Qué van a hacer.

Por otra parte, el gobierno de Aznar contribuyó mucho y mal, en sus ocho años, a construir la concepción de que el racismo era aceptable. Se relacionaba constantemente a la inmigración con peleas, drogas y delincuencia. Era una carta que se guardaban para más adelante: convencían a la gente de que, efectivamente, estos tipos son peligrosos, mano de obra barata y les necesitamos pero, cuando consideran que los inmigrantes no tienen derecho a nada, la gente no moverá un dedo por ellos porque piensan que son peligrosos. Y España es un país racista: cuando todo iba bien, la tercera o cuarta preocupación de los españoles era la inmigración. Ahora no. Ahora al pueblo le preocupa lo que realmente importa: el paro, los políticos y la corrupción.


P: Hay sociólogos y antropólogos como el catedrático Carlos Giménez que dibujan una relación directa entre la crisis y el aumento del racismo en las sociedades afligidas por un contexto económico como el que atraviesa España. ¿Comparte esta visión?

R: En la historia reciente no ha habido un instante en el que no haya habido racismo. Fundamentalmente del hombre blanco hacia los demás. Porque el racismo es algo independiente a la crisis. Alguien no es racista ahora, que tiene problemas, y cuando no los tenía, no lo era. Es mentira. No me pueden convencer de que yo sea racista porque hay una crisis, porque no lo soy; al igual que no me pueden convencer de que una mujer es inferior por el hecho de ser mujer porque estamos en crisis y merece menos, porque no soy así y además es imposible. El racismo está dentro de la persona y se justifica desde la religión y, ahora mismo, cuando nos meten el concepto de raza. Con este concepto de diferenciación racial, irremediablemente, piensas que el pobre negro que muere en Haiti te da pena, pero como te da pena que muera un caballo, porque tienes corazón. Pero, al fin y al cabo, son de otra raza.

El racismo es la demostración de que el ser humano es un animal que tiene lógica pero no la usa. Tenemos la capacidad de saber lo que está bien y hacer lo que nos da la gana. Me parece ofensivo que se use la crisis económica como justificación para el racismo. El que es racista es racista. Punto.

P: Y, además, la globalización –o asimilación global unificadora- económica y cultural conlleva de manera inherente también la migración de seres humanos.

R: La migración sí es aceptada por la sociedad, lo que no se acepta es la inmigración. El español se puede ir a Perú a poner una empresa o a Guinea, que está llena de españoles ahora que tiene petróleo, pero tú no puedes venir. Ese es el juego.

Yo he estado haciendo talleres durante muchos años con chavales y algunos estaban relacionados con la inmigración. Les pedía, a través de un juego, que contaran la experiencia de un inmigrante que llegaba a España y la de un español que iba a otro país. En un 99% de las veces el que venía era un negro, árabe o sudamericano pobre, que terminaba muerto, en la cárcel o, en el mejor de los casos, se casaba con una española. El relato del español era siempre un médico, doctor o profesor que iba a otro país a ayudar a los pobres negros, árabes o suramericanos. Esa es la idea. Estamos hablando de chavales de 12 años que tienen clarísimo esto. En el subconsciente.

P: Ahondando en esta enriquecedora experiencia con chavales, que se ha dilatado con éxito en el tiempo, ¿qué escenario entrevé del camino al que nos dirigimos como sociedad?

R: Mi experiencia me obliga a contradecir el discurso habitual, que dice que las generaciones del futuro son un desastre. Yo pongo la crítica en el presente, que es el que está provocando que los que vienen tengan un futuro limitado. Los chavales tienen capacidad, ganas de aprender y la mente limpia, todavía, pero nosotros estamos cortando sus posibilidades. Uno de los mayores errores de nuestros sistema educativo, más allá de siglas, es que a los chicos no se les enseña a hablar ni a pensar. Se les enseña a escuchar, atender y aprender lo que se les dice. “¿En qué año fue tal batalla? ¿Cuál es la fórmula de la energía cinética?”. Lo aprenden pero no pueden aportar nada. Y la educación es fundamental. A partir de la educación se tiene todo.

Por otra parte, los padres confunden la muestra de cariño que le deben a su hijo dándole la razón frente al resto del mundo. De manera tradicional ha habido una alianza entre padres y profesores que se está perdiendo, y se debe recuperar. Porque de otra manera creamos idiotas: príncipes y princesas que se creen que lo merecen todo. Saber que no se puede tener todo cuándo y cómo quieras es una lección de vida. Si te han suspendido con un 4´7 acéptalo. El mundo es eso.

P: La sociología contemporánea ha identificado el ritmo de vida actual como una de las variables causantes de la fatiga física y psicológica generalizadas. El mundo líquido de Bauman. ¿Cuál es su visión al respecto?

R: El ser humano vive siempre pendiente de la siguiente fecha importante. Es nuestra condición y castigo. Esto está relacionado con la falta de valores, la falta de profundidad. Las cosas no importan tanto.

La conciliación laboral-familiar es, sin duda, uno de los asuntos fundamentales. La educación de tu hijo no se la puedes entregar al sistema. El sistema está ahí para complementar la educación, dando datos donde no llegan los padres, pero la parte principal de la educación debería corresponder a los padres y no están en casa. Esto es algo objetivo, que ocurre de forma lógica: si trabajas 10 horas diarias, cuando ves al niño le das abrazos, no le vas a echar la bronca porque no ha hecho los deberes para que se enfade. Esto conduce a que todo sea más permisivo, por esta necesidad de intentar hacer las cosas fáciles dentro de la familia. Sin embargo, ahora que están en casa porque están en el paro, están de aquella manera: estar en casa porque te han echado del trabajo con el agobio y la sensación de fracaso que conlleva no te permite aportar grandes cosas a tu hijo.


P: ¿Cuál es el papel que ejecutan los medios de comunicación en este paradigma social?

R: Parte del malestar que la sociedad siente con los políticos es trasladable a los medios de comunicación: mucha gente no puede leer según qué periódico porque está convencido de que tiene que ver con tal partido. Tiene que ver con tal partido, no con una ideología, que es totalmente distinto. La manipulación a través de los medios no es más que otra de las armas que usa el poder para distraernos. Y es muy negativo el intento de adoctrinar a los consumidores: en cualquier bar te encuentras que un señor dice el mismo argumento que ha dicho Gemma Nierga o Herrera esa misma mañana. Palabra por palabra.

Dicho esto, que es muy importante, el cuarto poder tiene un papel muy relevante, que es el de desenmascarar cosas que no verían la luz pública de otro modo. Me parece increíble que tengamos un sistema judicial que no sea capaz de descubrir lo que publican los periodistas. Me parece muy mal. Pero, a la vez, me encanta.

P: Últimamente se debate sobre la calidad participativa de la democracia española.

R: Yo me conformo con que seamos capaces de condicionar al poder lo suficiente para que las apariencias cambien. Creo que el pueblo ha de presionar a los gobernantes, tener una actitud vigilante para que, por lo menos, hagan las cosas de una manera más clara. No es lo mismo que te tomen el pelo, que es duro, a que te lo tomen riéndose de ti. Hablo de la financiación de los partidos y la Ley de Transparencia. Todo tiene su trampa, pero, por lo menos, es necesario ir acotándoles los lugares en los que son inmunes. Que tengan un poco de pudor.

P: Aunque la detección de corruptelas ha aumentado en cantidad en el último tiempo, la experiencia reciente muestra la permisividad electoral del ciudadano. ¿Por qué ocurre esto?

R: Porque el mayor éxito del poder es convencernos de que no hay forma de cambiar las cosas. Los grandes partidos se erigen como los guardianes del sistema y de la tranquilidad de la población. Te ponen una rotonda, un hospital o lo que sea y, al final, el capricho de unos es la realidad de la masa.

P: Ha tomado cuerpo y forma Podemos, el partido que bordea las fronteras del sistema. Pero, alejando la perspectiva en la gestación de esta formación, ¿cómo recuerda el experimento 15M?

R: Me encantó. Es lo más grande que he visto como ciudadano porque lo consideraba como una quimera. Iba a Sol y veía aquella cantidad enorme de gente, jóvenes en su mayoría aunque había de cualquier edad, hablando de política a las dos de la mañana de un sábado. La juventud no está perdida ni pasa de todo. Los políticos no interesan, pero sí la política. Fue muy bonito y contribuyó a enseñarnos que no estamos solos, algo fundamental como animales sociales que somos. Se entenderá, cuando tenga perspectiva histórica, como el encendido de una mecha.

P: ¿Hay espacio para las utopías existenciales en este intervalo en el que Mark Zuckerberg es considerado como uno de los seres humanos más influyentes del siglo XXI (Time, 2012)?

R: Hay que creer que podría existir un mundo mejor pero saber que es inalcanzable por definición. Pienso que hay que tratar de conjugar esta lucha constante que tenemos. Me gusta la metáfora de acercarse al horizonte: siempre se va alejando, pero el hecho de que tú te muevas hacia él, aunque no lo alcances nunca, significa que estás avanzando.

Y, sobre la percepción de Zuckerberg, me parece que es reflejo del mando del capitalismo en la sociedad. Un triunfador es aquel que consigue tener mucho dinero. Ser un emprendedor y triunfador es positivo pero no deben ser estos valores los que marquen el símbolo del referente en este siglo XXI.

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