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TRIBUNA

Rajoy y la estrategia de la derrota

lunes 19 de enero de 2015, 20:41h
Actualizado el: 19/01/2015 22:06h
Votar en las próximas elecciones se ha convertido en una bochornosa responsabilidad. La culpa no es del electorado sino del percal político que se ha enmarañado hasta lo indecible gracias a la obcecada eficacia del Gobierno por demostrar que en política todo vale... hasta el engaño sin camuflaje.

Carlos C. Costales, en su ingenioso Rebuznómetro, afirma que la única manera de evitar que probemos un desastre Podemos- estamos para pocas experimentaciones- consiste en que Mariano Rajoy convoque un congreso extraordinario, mejor hoy que mañana, y se vaya a su casa. Desgraciadamente, no podría descartarse como solución taxativa y no carente de razones.

Mariano Rajoy no puede basar la campaña de las municipales y autonómicas en propuestas electorales. El ciudadano no merece tamaña burla después de asistir con perpleja indignación a una ensoberbecida gestión de gobierno, a espaldas de los votantes que han percibido un engaño constante con innúmeras muestras de intolerancia y falta de respeto a su electorado.

Incluso carece de toda credibilidad para mostrarse como candidato, si no pasa por una acelerada revisión de su mandato entonando un mea culpa o explicando el porqué de un cometido diametralmente opuesto a la propuesta del programa en las anteriores Generales. No se juega que se convierta en el único presidente de la democracia que no sea reelegido para una segunda legislatura, sino que arriesgamos todos los españoles con quedar a merced de los exaltados radicalismos que han aflorado de manera ventajista aprovechando el descontento generalizado de la masa electoral. No le basta el empeño para explicarse sobre la gestión de la crisis económica- a base de martirizar el bolsillo de los contribuyentes- cuando tanto hemos ahondado en la institucional.

A estas alturas, diga lo que diga quien ha dispuesto de la oportunidad para gobernar con la honestidad que le hubiera permitido ser fiel a los postulados electorales aprovechando una legislatura para remontar la crisis institucional y económica, no hay votante del Partido Popular que pueda fiarse de la palabra de cuantos no se han molestado durante estos años en disimular las intenciones de usar al electorado con ínfulas despóticas. Se ha hecho lo que ha dado la real gana, sin miramientos, sin vergüenza ni sensibilidad; carentes de comunicación con el pueblo no solo han exasperado a los votantes de otras fuerzas políticas sino que han creado discordias contra los que les votaron. Así que basar las elecciones en compromisos es una innecesaria imbecilidad por muy solemne tono que empleen durante las próximas citas electorales.

Con incumplimiento flagrante de todas las promesas que le permitieron gobernar, Rajoy tampoco puede excusarse en el miedo para proponer a los ciudadanos una alternativa de lo "menos peor", pintando un panorama desolador en el caso de que Podemos o el PSOE lleguen a gobernar. Cierto es que debemos la desastrosa deriva institucional y económica que padecemos al nefasto zapaterismo y que las expectativas radicales del extremista Pablo Iglesias, disfrazado a conveniencia de social demócrata, son inherentes a las de Venezuela y su bolivariana revolución, pero no basta advertir de los males de los demás si no existe una mínima humildad para reconocer los propios.

Humildad es lo que le falta al Partido Popular para integrarse con una corriente de reconstrucción que convenza a sus votantes faltos de fe en un proceso político imprevisible y cuyos errores proceden de la falta de honestidad de Mariano Rajoy para explicar por qué el programa electoral que le facilitó el gobierno de España fue descarada y permanentemente incumplido, más allá de la herencia económica que dejó el antecesor Zapatero con el país hecho unos trapos.

La única enmienda de las elecciones que cabe son los gestos contundentes después de marear la perdiz durante tres años. Convencer al potencial electorado por una profunda transformación que vaya más allá de las meras palabras. Los hechos pasan por ganarse al extraviado votante del Partido Popular apostando por candidatos que han sido apartados de la cúpula por seguir dictados de conciencia de los que el relativismo arriólico ha prescindido sin disimulo.

Esperanza Aguirre es una candidata que no sólo habla sino que cumple cuando gobierna. Acudir a la reserva sería más eficaz que dejar que juegue una división desgastada de políticos con los que nadie empatiza. El bastión de Madrid no puede quedarse al albur de los acontecimientos o el azar de las previsiones del más que falible gurú del Partido Popular, Arriola, el hechicero de malas artes en el que se confía un Partido Popular que no escarmienta así se manifieste en la calle el visceral descontento o les estrellen un coche en la misma sede de Génova.

Si Mariano Rajoy sale al escenario a cantar se va a advertir el desafinado chirriante de quien promete sin voluntad de cumplir, a no ser que tomara un coro de voces disonantes con la desorientada política popular actual que suene bien al electorado, retomándose la línea de credibilidad que el actual gobierno ha perdido.

Como Esperanza Aguirre hay otros potenciales candidatos capaces de reactivar la confianza en el Partido Popular, de movilizar a un electorado harto de esas decepciones que rechazarán si vuelven a prometer los mismos lo que se sabe de antemano que no cumplirán. La vieja guardia del Partido Popular puede rectificar los dislates de cara a unas elecciones decisivas, incluso mejor sería considerarlas a la desesperada por el apremio de urgencia que pudiera inspirar estando tanto en juego.

Ya puede aportar algo renovado y convincente. Mariano Rajoy se confía y espera argumentar el miedo a lo que pueda llegar para captar a los votantes frustrados pero ni imagina, aislado en su burbuja de triunfalismo, el grado de semejante hartazgo y frustración. Eso no es estrategia, sino segura derrota.
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