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ESCRITO AL RASO

Izquierdas y derechas con la guerra civil de fondo

David Felipe Arranz
lunes 19 de enero de 2015, 20:44h

La insulsa actualidad política española, huérfana de verdadera ideología y ahíta de espectáculo telebasuril, nos hace a veces olvidar la compleja perspectiva de nuestra historia reciente, la que ha forjado nuestro carácter. La España de anteayer, la del siglo XX, toma como arranque la generación del noventa y ocho, y los poetas y novelistas posteriores –grandísimos Rafael Alberti, Lorca, Luis Cernuda, Ramón J. Sender y Arturo Barea, entre otros– se presentan en un marco político extraordinariamente atractivo y moderno, que muchos quisieran ahora, dejando impreso en letras de molde sencillamente cómo somos.

La historia es el telón de fondo de una cultura, la española, plasmada en la obra de sus grandes artistas y en la actitud de sus buenas gentes, prestas a la poesía, la guitarra tan españolaza y el vermú de grifo, mientras suena el desfachado martilleo de un piano de manubrio. Éramos castizos. Ahora ya no tanto… o lo somos solo para el turisteo y sentar a las princesas en el banquillo. Las cuestiones de fondo de la España contemporánea, la España oficial con su herencia de la Restauración, los partidos políticos y el turno en el poder, las nuevas exigencias que cuartearon progresivamente el sistema... fueron sobrado motivo de inspiración y preocupación literaria.

La reforma social y la tensión religiosa que rebrotó desde 1900 –renacimiento católico y anticlericalismo–, el sueño regeneracionista frustrado de Ángel Ganivet, los hombres clave de la política caídos hoy en el olvido –Silvela, Maura y Canalejas–, la desintegración de los partidos y, sobre todo, la reaparición del Ejército en el escenario, ayudan a comprender lo que somos y el infinito número de necios instalados en el Poder. La perenne barbarie de los hechos presentes apela de continuo a sus causas pasadas. “Necedad se llama y es todo aquello que se hace o dice encontrando o repugnando las costumbres de cortesía o lenguaje político”, decía Quevedo en “Origen y definición de la Necedad”. Tiene usted razón: llamar partidos a los que no son sino tribus es necedad, don Francisco.

La historia política del periodo 1898-1923 fue un intento prolongado de redimir el sistema parlamentario legado por Cánovas, el verdadero hilo conductor para la regeneración de España. La desintegración del sistema histórico de partidos era un hecho tras las dos crisis de 1909 y 1917, la guerra de 1914-1918 y la marroquí de 1920, las luchas sociales en la Cataluña de los años 20 y la evolución del socialismo español hasta las vísperas de la II República. El cuadro de las izquierdas marxistas y republicanas vino pintado por los caminos políticos de las clases medias, con la derrota final. Pero esa dura brega de la clase media española, contra la que hasta a día de hoy el Ejecutivo dicta decretos, “flexibiliza” la contratación laboral y carga de impuestos, dura desde el primer tercio del siglo XIX. Como afirma Stanley G. Payne es la clase media española precisamente y no la dirigente la que ha apoyado las formas más avanzadas de gobierno representativo y defendido las libertades cívicas.

El ejército ha sido el gran protagonista del siglo XX, actuando en Marruecos y en la Península, con sus tensiones y convulsiones internas en forma de juntas de Defensa y reacción contra las reformas de Manuel Azaña, que lo despreciaba por ignorante y pretencioso. Los militares españoles distrajeron entonces su atención de los problemas internos gracias a la explosión de los combates en Marruecos de 1908 y 1909. Tras el establecimiento del protectorado marroquí y el estallido de la Primera Guerra Mundial, aumentó el resentimiento entre los militares españoles de baja y media graduación: los sueldos bajos, los lentos ascensos, la desorganización y la ineficacia hicieron mella en nuestras tropas.

Se buscaba la redención para España. La mística rebrotó, por ejemplo, en la Falange; algunos de sus dirigentes, formados en las regiones más tradicionales de España, aportaron un vocabulario de exaltación mística y apasionada, de sacrificio y misión nacional, frente a este descontento. José Antonio Primo de Rivera, en el mitin del Teatro de la Comedia, todo repeinado y mesiánico, expuso estos principios.

Sabemos que en la primavera de 1936 solo había 84 generales en activo en el ejército español y que en su mayor parte tenían opiniones políticas moderadas. Además, tras los vaivenes de los últimos años, quedaban entre estos pequeñoburgueses de uniforme pocos monárquicos y reaccionarios a ultranza. Gente serena y dada a la razón. Las medidas democratizadoras de los últimos años habían alentado a entrar en el ejército a jóvenes pertenecientes a las capas inferiores de la clase media. Solo una pequeña minoría de los generales superiores, precisamente los africanistas, era antirrepublicana, nacionalista o militarista. En este segmento podemos encontrar las claves del levantamiento del 17 de julio de 1936; en ese sentido, la guerra (in)civil fue el fruto de la respuesta legítima y revolucionaria ante una imposición rebelde orquestada por el golpista Franco.

Seamos más finos: en España la pasión política de las izquierdas y las derechas no es sino disfraz de otras pasiones más primitivas que buscan en aquella la satisfacción disimulada. La guerra civil fue la excusa perfecta para que los españoles presentásemos la batalla de las tribus. La espaciosa y triste España, como la definió para siempre el genio del poeta en La profecía del Tajo, se mueve siempre entre la derrota triunfal y digna y el orgullo indómito. Con este pasado recentísimo es natural.

Hace falta saber mucho de historia de España para que los cachorros del PP, PSOE y Podemos que ambicionan gobernarnos comprendan que nadie en la tierra será capaz de domeñar a ese individuo de genio y ramalazo de libertad ineludible, el español, que se deja vivir y que lo mismo puede ser un mendigo que un duque de Osuna, un loco que un Velázquez, un bandido que un San Juan de la Cruz, un tahúr que un Cervantes; todo puede serlo menos un ciudadano genuflexo que viva de rodillas mientras le dictan desde arriba cómo ha de vivir. Y esta sensación de permanencia y fidelidad a un modo de ser, este regusto de cordura suprema, nos deleita como una eternidad.
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