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TRIBUNA

Memoria histórica de un padre y un hijo (II)

Francisco Delgado-Iribarren
miércoles 21 de enero de 2015, 20:19h

Aquel 8 de agosto de 1936, Francisco, juez y fiscal, hombre de leyes aprendidas en la Universidad de Santiago, hijo y nieto de jueces, políticamente moderado, fue una de las víctimas de la checa de Bellas Artes. No era una checa cualquiera, era la checa oficial de la zozobrante República, el Comité Provincial de Investigación Pública.

Este centro de detención, tortura y ejecución fue creado el 4 de agosto de 1936 por Manuel Muñoz Martínez, director general de Seguridad. Formaban parte del comité representantes de todos los partidos y sindicatos del Frente Popular, PSOE incluido. El 26 de agosto la checa fue trasladada al número 9 de la calle Fomento y pasó a conocerse como la checa de Fomento.

A Francisco, ex gobernador civil de Zamora, le señalaron miembros de la UGT porque había sido director general de Prisiones en 1934, con el gobierno de la CEDA. Lo escribo sin rencor: por aquellos tiempos no dirigía el sindicato socialista Cándido Méndez ni José Ángel Fernández Villa era su referente moral. Aunque seguro que ambos hubieran dado una millonada por asistir a la Revolución de Asturias de aquel octubre.

Respecto a la familia inmediata del fiscal asesinado, sus caminos se bifurcan a partir del 19 de octubre de 1937. La madre de familia, Carmen, había realizado gestiones para que los evacuaran a zona nacional, concretamente a Valladolid, donde tenía a familiares. Logró que la Cruz Roja Internacional se interesara por su situación y les facilitara la salida por barco desde Valencia.

Pero, en el embarcadero del puerto, con el buque a la vista, la policía local se opuso a que Francisco, de 16 años, el mayor de los varones, pudiera subir a bordo. Querían investigarle. El adolescente se empeñó en que su familia siguiera adelante rumbo a Marsella (y de allí a San Sebastián y luego a Valladolid). Y él se quedó en el puerto de Valencia, sin familia, sin dinero y sin apoyos. Solo, sin más compañía que la policía roja.

El viaje de vuelta a Madrid, en el autobús de la Cruz Roja, custodiado por la policía del mismo color, tampoco forma parte de los mejores recuerdos del joven huérfano de padre. Pararon en Requena, donde los agentes amenazaron a punta de pistola a los dueños de una pensión para que les diesen de comer. Ya a la mesa, uno de ellos se jactaba de haber comido recientemente “orejas de fascistas fritas” y otro presumía de cómo pegaba tiros en la nuca a algunos detenidos en prisión.

Ante el riesgo de deambular de noche por la villa y checa, los custodios decidieron que el detenido pernoctara en el lugar de llegada del autobús, que era la vieja Maternidad de Madrid, situada en la calle O’Donnell. A la mañana siguiente volverían para proseguir su investigación. Le dejaron en una inmensa nave del edificio que contaba con varias camas sin hacer, bajo la teórica vigilancia del conductor de la Cruz Roja. Al apuntar el nuevo día, Francisco buscó sigilosamente una salida a la calle, la encontró y salió.

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