TRIBUNA
El Año Quijote
martes 03 de febrero de 2015, 20:50h
El año que acabamos de inaugurar celebramos el cuarto centenario de la publicación de la obra literaria más importante del mundo. El autor la escribió, aparte de otras razones, para dar sepultura a su protagonista y que nadie se atreviese a añadir a su honroso nombre hazañas infames o demasiado burlescas. ¿Quién sabe si hoy disfrutaríamos de la segunda parte de El Quijote, si no hubiera habido tantos intentos de imitar la parte primera? ¿Quién sabe si Miguel de Cervantes hubiera tomado la pluma, para prolongar las andanzas de Sancho y Alonso Quijano, sin el acicate del falso Quijote de Avellaneda?
Las instituciones culturales ya están a punto de lanzar un sinnúmero de actividades culturales para conmemorar este acontecimiento, por esto urge, sin exageración, ponderar el valor de la segunda parte de El Quijote como una de las obras claves de la cultura occidental contemporánea. Es menester hacerlo antes de que las comisiones y los ministerios gubernamentales la deshagan en citas para el regocijo oficialista que tan maravillosamente contribuye al olvido de la obra de Cervantes.
La segunda parte suele quitarnos la risa alegre con que acompañamos las páginas de la primera. No obstante, esto no se debe a falta de los sucesos graciosos, ni de percances prodigiosos; se debe a la perdida de la ilusión del protagonista: el Alonso Quijano de la segunda parte no es el de la primera que maravilla al mundo con sus imaginaciones apasionadas y descabelladas y cree firmemente en su misión, y transforma al mundo a medida de su exagerado ingenio. Por el contrario, durante la parte segunda ya no es don Quijote quien da vida al ensueño caballeresco, sino todos le hacen creer en su existencia. Los burladores ya son tan locos como los burlados, las tristezas y desabrimientos vencen los embrujos y encantos de la vida caballeresca, el Quijote se convierte en Alonso Quijano el Bueno y reconoce sus disparates y “no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde”. Las palabras de Sancho Panza nos descubren el mal que hoy día es uno de los peores enemigos del ser humano, a saber, la melancolía: “la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía”. La vida de todos personajes regresa a su cauce, la herencia hace llevadera la muerte del Quijote, pero es muy probable que todos de vez en cuando sentirán la profunda tristeza por la ilusión que les brindaba la locura del Caballero Andante: una pasión por la vida hecha una vocación. Aunque la vocación fuera tan disparatada.
Así las cosas, desocupado lector, mejor tomar en las manos un tomo de El Quijote y leerlo con mirada limpia ya que el libro es tan profundo y rico, que, como una mina de oro inagotable, nos permite sacar las respuestas para aquí y ahora, para nuestra propia circunstancia aunque nos separen cuatro siglos de su creación. Mas, previamente, es menester echar al corral todos los libros con los cuales nos quieren atiborrar las editoriales, verbi gratia, "La cocina del Quijote" o "Los greguescos de Sancho Panza", destinados a fomentar el hábito por la lectura. Este hábito no se fomenta, sino con el libro en la mano y no a través de lecturas baladíes.