TRIBUNA
Borgen o el multipartidismo estable
martes 17 de febrero de 2015, 20:21h
Actualizado el: 17 de febrero de 2015, 20:44h
Señalaba un célebre rotativo británico hace unos años que las últimas noticias de Dinamarca que habían tenido los ingleses eran las relativas a Canuto el Grande (monarca danés del siglo XI que protagonizó una invasión de la isla de la que llegaría ser rey). Y ello lo hacía a propósito del éxito que entonces estaba cosechando entre el público anglosajón la serie danesa de televisión “Borgen”, título que responde al nombre del edificio (palacio de Christianborg) en la que tienen su sede compartida (ejemplo de austeridad ¿a imitar?) los tres poderes del país escandinavo (Parlamento, Gobierno y Tribunal Supremo). La serie, desde hace unos meses en emisión en nuestro país, relata las peripecias políticas del personaje de ficción Birgit Nyborg, primera ministra danesa. Parecidas conclusiones a las alcanzadas por el medio británico aludido anteriormente cabría hacer respecto a las referencias que el español medio tiene de Dinamarca, con el añadido, quizás, de identificar a la actual máxima dirigente danesa con la mujer que junto a Obama y a Cameron protagonizara el afamado “selfie” en el funeral de Mandela.
Algo que muchos ignoran es que Dinamarca es uno de los países más desarrollados del mundo. Así, ocupa el primer lugar del ranking en lo atinente al nivel salarial medio de la población. También se alza con la corona de laurel en lo relativo a honradez política, ocupando, desde hace años, el primer puesto en el célebre índice de Transparencia Internacional, como país menos corrupto de la comunidad de naciones. Por otra parte, el desarrollo del Estado de Bienestar tiene en Dinamarca una de sus plasmaciones más acabadas, con sistemas públicos educativos y de pensiones que figuran entre los más avanzados, a lo que hay que unir unos índices muy bajos de criminalidad. Todo lo señalado hace que en diversos estudios realizados sobre la cuestión Dinamarca ocupe invariablemente el pódium de los Estados con mayor calidad de vida del mundo.
“Borgen” es una suerte de “House of Cards” a la escandinava, pues en ella se abordan los eternos entresijos del poder y sus adaptaciones a la era de Internet. La pasión y la pulsión del poder, la lucha por alcanzarlo y conservarlo…, y, también, el deseo y los afanes por cambiar las cosas, por mejorar la vida de los demás, están presentes en ambas producciones. La visión ofrecida por “Borgen” es algo menos implacable o amarga que la de su homóloga estadounidense, sin estar ausente el maquiavelismo político en el guión danés (de hecho, la mayor parte de los capítulos se abren con una cita de “El Príncipe”). En definitiva, si bien la presentación de la arena política se hace de manera más amable, es igualmente dura que aquélla. La serie refleja aspectos comunes a la política de cualquier latitud en nuestros días: la imbricación (simbiosis) entre política y medios, el poder de las encuestas, la contienda política como lucha por la honradez (en detrimento del mensaje ideológico), la difícil frontera entre vida pública y privada, el poder de los grandes lobbies, etc…
Pero, lo que resulta en extremo interesante son los rasgos propios de la res publica danesa plasmados en la serie. En primer término, uno de los aspectos que más sorprenden a una mentalidad latina como la nuestra, la gran cercanía y accesibilidad del poder. Dicha cercanía-familiaridad no solo se explica por el dato de que Dinamarca apenas tenga algo más de cinco millones de habitantes, subyaciendo tras la misma una concepción de la austeridad y de la responsabilidad política presente en mayor grado que en otros países. Ello no es sino derivación del acendrado sentido danés de la igualdad, plasmado en la denominada “Janteloven” (“Ley de Jante”), ley ficticia creada por el autor Aksel Sandemose, que impone mostrar modestia y humildad ante los demás. Así, en la serie comentada el trato con los subordinados y las propias dimensiones del despacho presidencial o de la residencia particular de la protagonista son expresivas de lo señalado. En relación con lo indicado, cabe apuntar como segunda nota distintiva la noción de “accountability”, esto es, de rendición de cuentas, de responsabilidad, hondamente arraigada en el septentrión europeo. En “Borgen” el verbo dimitir sí es objeto de conjugación, desde un ministro “verde” por conducir coches antiguos altamente contaminantes o una ministra de economía por maquillar su curriculum, dos de los numerosos ejemplos narrados en aquélla. Como mixtura de los rasgos señalados hasta el momento, cabe mencionar la cuasi plena “disponibilidad” del poder, incluida la primera ministra, en relación con los medios de comunicación. Por otra parte, debe indicarse que la seriedad de la política danesa, comparada con otras, no está reñida con un tono sarcástico y abierto en las conversaciones públicas y privadas, acorde con el carácter y el humor danés.
Sin duda alguna el aspecto más singular del sistema danés (y del escandinavo, en general), reflejado en la serie, es el del multipartidismo, con efectos en diversos epígrafes del orden político. Un multipartidismo que alimenta y es alimentado, a su vez, por el peculiar sistema electoral en virtud del cual los 179 diputados de la única Cámara (Folketing) que conforma el Parlamento se eligen por un complejo sistema proporcional: reparto de escaños en circunscripciones plurinominales por la fórmula D´Hont y reparto de 40 escaños a nivel nacional por el método Saint Lagüe, aún más proporcional que la primera (con la condición de haber conseguido un 2% de votos en todo el país). En la actualidad tienen representación en el Folketing ocho partidos políticos, a los que hay que sumar los cuatro adicionales a los que pertenecen los otros tantos diputados elegidos en Groenlandia y las Islas Feroe. Y lo más relevante la distribución de escaños entre las ocho primeras fuerzas es de 47-44-22-17-16-12-9 y 8.
Bien podría decirse que el multipartidismo ha sido y es un lujo que los daneses se pueden permitir por su estabilidad política en términos históricos (la transición al régimen democrático se produjo sin las grandes convulsiones acaecidas en otros países) así como por el sentido de responsabilidad de su clase política. El multipartidismo supone que ningún partido por sí solo tiene mayoría suficiente para gobernar, debiendo recurrir a pactos con otras fuerzas políticas para formar gobierno y sacar adelante un programa legislativo. Normalmente los pactos se hacen con partidos o grupos del mismo espectro político, tal y como ha sucedido en los últimos años. En el parlamento actual, cuya vida expirará con las elecciones del próximo mes de septiembre, las fuerzas anteriormente referidas se agrupan en dos grandes bloques, pero incluso con tal agrupación las mayorías son muy ajustadas. Así, la coalición de centro izquierda (o coalición roja) cuenta con 92 escaños frente a 87 de la coalición azul que engloba a la oposición (el margen respecto a los escaños de la Dinamarca “europea” es aún menor: 89 frente a 86).
El panorama descrito obliga a negociaciones constantes (muy bien reflejadas en “Borgen”) y otorga un gran poder a los partidos minoritarios de la mayoría, claves para formar gobierno. Otra consecuencia es el alumbramiento de programas de gobierno eclécticos, en los que cada formación de la coalición de gobierno ha de renunciar a ver plasmados sus postulados en cada acción del ejecutivo. De otra parte, el primer ministro (como lo fue en el origen de nuestros sistemas parlamentarios) es un auténtico “primus inter pares”, siendo mayor el margen de acción de cada uno de los ministros individualmente considerados, lo que tiene como contrapartida que el Parlamento pueda aprobar mociones de censura o desconfianza dirigidas a ministros cuya eventual aprobación determina obligatoriamente su salida del gobierno. Una conclusión lógica del multipartidismo imperante es que el peso de Parlamento en la vida política del país es mayor que en sistemas como el español, toda vez que las mayorías de gobierno son muy exiguas, con coaliciones puestas a prueba con cada iniciativa parlamentaria. Ejemplo de lo afirmado respecto al sistema danés es la posibilidad establecida de que a solicitud de un tercio de los diputados se convoque un referéndum para ratificar o no una ley recién aprobada en el Parlamento (existen determinadas materias excluidas) o, de otra parte, el poder ejercido por la Comisión de Exteriores del Folketing, con cuyo visto bueno han de contar muchas de las actuaciones internacionales del ejecutivo.
Y, tras lo señalado, la pregunta fundamental es si el sistema, a pesar de los pronósticos iniciales, otorga estabilidad. En este sentido, cabe indicar que, para atenuar los posibles males del multipartidismo, en los países escandinavos rige el denominado “parlamentarismo negativo”, de tal manera que, en comparación con ordenamientos como el alemán o el español, podría decirse que es más fácil formar gobierno (no es necesario para un nuevo Gobierno el someterse a la votación de investidura), si bien también lo es la caída del mismo (pues el equivalente a la moción de censura no es constructiva, no requiriéndose la elección de presidente alternativo), aunque en este último caso el primer ministro puede evitar tener que dimitir convocando elecciones (opción no permitida en nuestra Constitución). Con estos mecanismos el inicial peligro de la ingobernabilidad ha sido conjurado, en términos generales, en el sistema danés. De este modo, en las tres últimas décadas (en contraste con la “volatilidad” característica de las dos anteriores) la mayoría de legislaturas y primeros ministros (no así de ministros) han durado prácticamente los cuatro años previstos en la Ley constitucional de 1953. Como decíamos anteriormente, el sentido de la responsabilidad de clase política y ciudadanía (basta señalar que la participación electoral es muy alta, siendo la de las últimas elecciones generales superior a un 87%) ha sido un factor determinante en ello.
En unas fechas en las que el multipartidismo es vislumbrado por voces y encuestas (el tiempo dará y quitará razones) como el inminente escenario de los actuales sistemas bipartidistas, acercarse, siquiera a través de la pequeña pantalla, al ejemplo danés siempre resultará interesante.