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LIGA DE CAMPEONES - OCTAVOS (VUELTA): CHELSEA 2 PSG 2

El Chelsea de Mourinho no despierta a tiempo para negar la leyenda a un PSG sublime

miércoles 11 de marzo de 2015, 23:18h
El árbitro condicionó el duelo expulsando a Ibrahimovic pero el PSG se sobrepuso con categoría y llevó el duelo a la prórroga ante la desconexión de los ingleses. Un error y otro acierto de Thiago Silva desequilibraron una eliminatoria espectacular en el esfuerzo.
Desenlace de temporada descontextualizado a estas alturas de calendario. Chelsea y Paris Saint-Germain, dos proyectos faraónicos que buscan, como objetivo prioritario, reinar en el Viejo Continente, medían fuerzas, nivel y verborrea en Stamford Bridge en el partido de mayor altura de lo que va de Liga de Campeones. Se enzarzaron en la previa ambos técnicos asignando al rival la exclusividad de la dureza y, con el 1-1 de la ida, quedaba por resolver, además de la eliminatoria, quién salía victorioso del duelo que interesa a los dos técnicos: el de la competitividad. La riqueza táctica e intensidad estaban servidas en este miércoles de duelo para una de estas potencias. El PSG, que no ganó nunca en Inglaterra, ante la última bala de Blanc. Abramovich, ante el último sollozo por la maltrecha fortuna de Mourinho en Europa con los blues.

El técnico portugués entendió que la vuelta de la eliminatoria no suponía sino el cierre de los primeros 90 minutos. El gol anotado fuera de casa provocó que Mou abrigara su medular con trabajo, incluyendo entre la creatividad y equilibrio del dueto Cesc-Matic el músculo de Ramires. William, decisivo en la trayectoria Premier, cedía su lugar a la inspiración transitoria de Oscar. Costa y Hazard, piezas tan rutilantes como necesarias en el buen desarrollo del bloque británico. El manejo de la pelota quedaría supeditado a la observación del rival y de su intencionalidad en el repliegue. Un equipo acostumbrado a poseer en balón que debía refrendar en este duelo su enriquecido carácter poliédrico que quedó reducido a la pericia de Courtois en el envite parisino.

Laurent Blanc, por su parte, no varió un ápice de su apuesta en la ida. Tan solo Van der Biel se quedó en la banca de inicio. Marquiños ocuparía su lugar en busca del tapón en banda que contaminara el desequilibrio inherente a Eden. Con Verratti y Motta sosteniendo el esfuerzo colectivo -amén de distribuir y lanzar las transiciones-, ganaba peso en achique y con pelota la figura del todo terreno Matuidi. Ibra aparecía escoltado por Cavani y Pastore entraba en escena para comandar, desde su clase y potencia, las contras de intencionalidad frenética. Trabajo, orden, paciencia y valentía con el esférico para tumbar al Chelsea por los físico, por arriba o por el césped.


Arrancó el duelo con un vibrante intercambio de movimientos de ajedrez. Los visitantes exhibieron un carácter ausente en temporadas anteriores y buscaron ahogar la salida de pelota local para dominar el ritmo de juego a través de la pelota. Sin embargo, el Chelsea se manejaba entre una presión elevada que, al comprobar la lucidez de Motta y Verrati en la fluidez de asociación, viraba con rapidez hacia el achique en estático.

El escenario, pasado el primer cuatro de hora de reconocimiento del terreno, mostraba ya un PSG dominador del balón que, aunque encontraba halos de oxígenos entre líneas, no conseguía que sus acciones confluyeran en ocasiones de remate que inquietaran a Courtois. Los blues cerraban con voracidad esquemática, con Cesc y Matic obligados a mirar en horizontal y Hazard como isolte de luz en campo ajeno, en un intenso repliegue que entraba en el guión bajo el 1-1 previo.

La escena seguía en plano fijo de monopolio galo de la posesión, pero, cuando las primeras fisuras asomaban en tan críptico duelo y Maxwell, Pastore y Matuidi ganaban terreno de manera palpable, sobrevino el punto de inflexión que lanzaría al papel principal al colegiado y templaría el furor de la brisa que azotaba el barrio londinenese de Fulham. En tan cerrada batalla, en la que un mal control quedaba penalizado y las imprecisiones costaba dolores de espalda, la pelotas divididas valían oro. En el 30, Oscar e Ibrahimovic -intrascendente ante la ofensiva en estático de su equipo- pugnaron por acaparar una pelota en la que primero arribó el carioca y el Zlatan soltó una tarascada merecedora de sanción. Kuipers entendió el golpe a destiempo como una agresión flagrante y el sueco, punta de lanza parisien, se encaminó a las duchas tras ver la roja directa.

La polémica decisión invitó a cerrar el primer acto bajo una suerte de histerismo arbitral al que se apuntaron los futbolistas. El buen gusto y alegría combinativa del bloque visitante se tornó en gesto torcido y Motta y Verrati, cerebros lúcidos hasta encontes, mudaron la piel hacia la bronca y la búsqueda de la compensación a través de la simulación. Llegó el intermedio dejando hueco todavía al primer disparo a puerta del partido, ejecutado por Oscar en el 40 tras una acción individual en transición. Sirigu calentó sus guantes. Y también aconteció un claro penalti no pitado en el área francesa por torpe derribo de Cavani a Diego Costa -enmarañado en la pugna cuerpo a cuerpo con David Luiz-, un minuto después.

La reanudación saludó a la tribuna con las espadas en alto y la necesidad de los de Blanc de serenar el ánimo, ya que había dominado el plano general en el primer acto y todavía estaban a un tanto de pasar de ronda y ganar, por primera vez, en Inglaterra. El Chelsea, por contra, tenía ante sí la opción de recuperar un pedazo de la identidad de este año y recuperar la pelota para contemporizar y punzar. Mourinho dio entrada a William sin miramientos para dejar en el banquillo al amonestado Oscar. Un movimiento de rigor táctico-defensivo o, del lado optimista, para apuntalar lo venenoso de su ofensiva en transición y alimentar el cuidado del balón.

El club inglés no subió la tensión caída tras la expulsión de Ibra pero el PSG se agazapó en lugar de disputarle la pelota, confiando a la velocidad vertical de sus piezas sobre la hierba el futuro en la competición. Producto del crecimiento del protagonismo, calma y espacio para jugar de Cesc, Matic, Hazard y William, se desarrolló un intervalo de remates locales. El recién incorporado abrió fuego con el lanzamiento de una falta lateral con dirección al primer poste que Sirigu envió a córner en el 48. Fabregas continuó la ofensiva botando el saque de esquina sucesivo para la chilena infructuosa de Costa tras la mala salida del meta italiano.

El bajo ritmo y displicencia de los ingleses permitió que, en primer lugar, languideciera el partido y, en segundo tramo, permitiera el crecimiento de los visitantes. Motta y Verrati marcaban la pauta tras robo y se afinaba la orquesta a lomos de Pastore. Así, se sucedieron los intentos que dieron la cuota de pantalla a Courtois. Maxwell avanzó el cambio de paisaje desbordando tras combinar con Cavani y chutando al primer poste sin éxtio. La excesiva confianza mermó en intensidad al repliegue del Chelsea y los parisinos empezaron a creer en la utopía.

Un córner lanzado por Fábregas representó la diferencia del reparto de concentración en ambos contendientes. Verrati recogió la pelota, dribló y cambió de ritmo pisando la pelota y un tres para seis -en favor del Chelsea- concluyó en pase de Pastore que dejó en mano a mano a Cavani. La valentía y personalidad notables del PSG se topó con el poste tras el regate del charrúa al meta belga. Antes del 60 el césped estaba volcado en base a la desconexión, no solo creativa, sino defensiva, de los azules.

Courtois salvó con una sensacional mano rasante a los suyos para conjugar el chut de Pastore, que llegó hasta ahí gracias a una acción individual en la que limpió a Ivanovic y Matic. Se tomó un respiro el bloque francés que aprovechó el sistema de Mourinho para, al fin, asociar sus piezas con el balón como conector. Sirigu tapó el primer palo para despejar el chut de Ramires en el 79. Sin embargo, en el córner posterior, nada pudo hacer para detener la volea de Cahill que besó la red tras un mal despeje de la zaga gala. A diez minutos del final parecía que la heróica no iba a poder llegar a la orilla. Balón parado ante el páramo creativo.


Pero, en este duelo de gigantes equilibrado de principio a fin, más allá de los imprevistos, David Luiz reservaba su particular guiño tras una exhibición defensiva junto con su pareja Thiago Silva, para el 86. El brasileño heló el ambiente con un testarazo imponente en una acción de pizarra. Los pupilos de Blanc, que tantos méritos habían acumulado con el balón corrido, encontraban la justicia poética con la estrategia. Donde se igualan cansancio y fuerzas.

Reaccionó el Chelsea en una recta final, sin ocasiones sobresalientes, tomando la pelota y elevando los decibelios con balón y tras pérdida. No llegó a tiempo la reactivación -los ingleses solo se levantaron del sillón cuando la eliminatoria estuvo empatada- y el partido con mayúsculas del PSG ganaba una prórroga más que merecida. Antes de que arrancara la prolongación, Lavezzi y Rabiot habían entrado en escena para inyectar más intención anotadora al esquema del preparador francés -se iban Matuidi y Verrati, guerreros exhaustos, con actuación estelar del transalpino- y Mourinho amarraba su repliegue con la inclusión del joven Zouma por Matic, cercenando la salida de pelota fluida de los suyos. Drogba se quitó el chándal para dar asiento a Ramires, en un movimiento final del técnico luso por salvar la escabechina a través de la potencia ofensiva. Menos músculo para achicar y más fuerza para golpear.

Subió el telón la prórroga con el Chelsea ejerciendo de local. Robó la posesión y avanzó, por arriba, en largo y en estático y por el césped. El achique francés reflejaba cierta incapacidad física, el esfuerzo parecía pasar factura, y Hazard y William asumían la responsabilidad del juego. Pero, en este delicioso envite de imprevistos y escorzos del guión previsible, un error de Thiago Silva, excelso en los primeros 90 minutos. Desnivelaba la balanza. El central tocó con la mano un balón llovido, inocuo, en su área y Hazard transformó el penalti con la templanza propia de su calidad. Minuto 95 y vuelco en el electrónico.

Se vistió el duelo de desenlace desde ese golpe, a pesar de los intentos del Chelsea por negar esta condición, incapaz de matar la competencia con la posesión de la pelota. Los visitantes buscaron subir líneas y asociarse con más voluntad que precisión, sin la claridad de Verrati y con Pastore fundido. Solo una falta frontal de larga distancia de David Luiz forzó a Courtois a estirar su anatomía. Y el fútbol giró de nuevo su genialidad, en el 113, para igualar las fuerzas en el balón parado. La épica probó a Courtois en un saque de esquina, primero, y devolvió a Thiago Silva el honor de su rendimiento con un testarazo dibujado hacia la leyenda. El carioca, superaba al meta belga, empataba el partido y obligaba a los británicos a reaccionar. Con 10 jugadores, los parisinos habían mostrado una superioridad en la fe aplastante.

Por primera vez el Chelsea no tenía el as en la manga de jugar a favor de marcador. Los de Blanc habían logrado, al fin y tras un recorrido para el recuerdo, colocar a los blues en una situación de la que quedaban sembradas dudas fundadas. Sin actitud ni interés ofensivo, debían activarse de nuevo, tras la enésima siesta. Pastore, pieza clave en la amalagama de resurecciones francesas, dejó su sitio para arañar segundos a esta guerra de regusto histórico. Y la inexistente claridad penalizó a Mourinho, un año más, en la Liga de Campeones. Los cuartos de final de esta edición tienen al mejor París Saint-Germain que se recuerda tras una batalla de elevada categoría. El balompié no tocó la cima de su espectacularidad, pero poco margen a dejado en gloria y competitividad. París tiene ya una muesca que recordar en este deporte.
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