“Las palabras tienen consecuencias. Y precisamente por eso, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se empeñó contra viento y marea en dirigirse al Congreso norteamericano para hablar de Irán. En casa, la oposición le acusó de electoralista; la Administración americana, de tensar la relación bilateral. Pero se impuso lo que él consideraba su deber como responsable de la supervivencia de su país y acabó pronunciando su discurso.
El porqué de su empeño lo explica el calendario: a finales de mes, las potencias occidentales, lideradas por EE.UU., e Irán tienen que anunciar un acuerdo marco que permita culminar en un compromiso final sobre el futuro del programa nuclear iraní en el mes de junio.Lo que Netanyahu quería era avisar de las negativas consecuencias de firmar un mal acuerdo antes de que se cerrara definitivamente la negociación, así como recordar que entre un no acuerdo y la guerra con Irán hay otras opciones.
Para Netanyahu el acuerdo, tal como se está fraguando, es malo, muy malo, por tres razones básicas: la primera, porque le permite a Irán retener la práctica totalidad de su infraestructura nuclear (que en el mejor de los casos se desconectaría parcialmente, pero no se destruiría), por lo que reconstituir el programa atómico cuando Teherán lo quisiera sería relativamente sencillo; la segunda, porque no tiene en cuenta otros avances militares iraníes, conectados con su capacidad de representar una amenaza global, como su programa de misiles balísticos (y, como hemos visto hace pocos días, también de crucero); la tercera, porque se olvida de la naturaleza del régimen de los ayatolás, empecinados desde su origen en exportar la revolución jomeinista a toda la región, sin escrúpulos para recurrir al terrorismo,brutal en su comportamiento represivo para con los suyos, y, no se puede olvidar, expandiendo su influencia en la actualidad por todo el Oriente Medio.
Un acuerdo que permite que Irán conserve el estatus de potencia nuclear virtual tendría unas nefastas consecuencias para el control de armas en la región. Como hemos visto esta misma semana, Arabia Saudí ha estrechado sus lazos con Corea del Sur con un ojo en materia de cooperación nuclear, por no hablar de sus relaciones con los Gobiernos de Pakistán. El miedo a una bomba persa, chií e islamista despertaría la tentación nuclear en toda la zona.
El problema de Israel es que el presidente Obama considera que lograr un mal acuerdo es mucho mejor que no alcanzar ningún acuerdo, mientras que para Netanyahu es mejor no tener acuerdo a firmar un mal acuerdo.Durante todos estos años, las posiciones no han variado un ápice en ambas Administraciones. Por eso, deseoso de que continúen las sanciones con Irán mientras éste no modifique sus hábitos depredadores, el Congreso americano es la última palanca que le quedaba. Son los legisladores los que pueden influir en Obama y, quién sabe, cambiar sus planes.
Puede que Netanyahu no gane las elecciones (algo que sería celebrado sin duda en la Casa Blanca), pero habría dejado una buena herencia que administrar en este tema: el debate ya no está en si alcanzar un acuerdo o no con Irán, sino en si se debe firmar o no un mal acuerdo. Y en qué consiste un mal y un buen acuerdo. Ahí, el debate se le ha ido de las manos a Obama. En estos días, de hecho, han crecido los errores de comunicación en este tema, con el último del secretario de Estado, John Kerry, afirmando que el acuerdo ‘nunca sería vinculante’. Y, si no va a ser vinculante, ¿para qué firmarlo en primer lugar?
Las palabras tienen consecuencias y las del primer ministro israelí han movilizado a los legisladores americanos, más vigilantes que nunca sobre los términos de la negociación, y han servido para recordar que más del 70 por ciento del pueblo norteamericano rechaza todo acuerdo que no acabe con la amenaza iraní. Muy posiblemente, lo que el presidente norteamericano quisiera es que no se recordase ni que se hablase de ello”.