La erosión de la imagen del bipartidismo (PP y PSOE) ha sido un verdadero logro del marketing político por parte de minorías ansiosas de alcanzar una cierta relevancia en el negocio del poder, y atascadas por su propia debilidad. El auge de éstas, encajonadas entre la falta de recursos, escasa militancia, mínimos cuadros preparados, ideas simplificadas y a veces extravagancias, sólo podía pasar por la degradación de la fama de los partidos grandes, los más expuestos por sus responsabilidades de gobierno, especialmente en época de crisis, y los más vulnerables a la corrupción, por estar sus miembros a cargo del dinero público. La campaña, hay que decir, ha sido un éxito.
Lo curioso de ese éxito es que los primeros impulsores de la necesidad de acabar con el bipartidismo, señaladamente UPyD, conocido con propiedad como el partido de Rosa Díez, encontraron muy rápidamente imitadores dispuestos a rentabilizar el espacio que se abría por el deterioro de los grandes. Pues no es que se creara un hueco entre ellos para que cupiera otro. Es que su retroceso permitía bolsas de votos inesperadas hace bien poco tiempo, tanto en el campo habitualmente dominado por el PSOE, la izquierda blanda, como en el del PP, aglutinador del centro más templado hasta la derecha más conservadora.
UPyD fue profeta del fin del bipartidismo, pero no siempre los moisés llegan a la tierra prometida. Su labor de desgaste ha sido aprovechada en su propio campo, señaladamente por Ciudadanos (apenas distinguible de aquélla salvo por la personalidad de su liderazgo), y en otro diferente en lo ideológico, pero con similar motivación estratégica frente a la estructura política dominante, como es Podemos. Ahora, dicen los sondeos, son éstos, Ciudadanos y Podemos, los nuevos árbitros de la competición. Tanto que hasta compiten entre sí.
Seguramente, no hay ningún español que no tenga curiosidad por ver como se desteje esta madeja, porque avanzamos hacia un panorama intrincado en el que nadie sabe quién puede ganar; o, haciéndolo, si siquiera podrá gobernar; o quiénes podrán pactar, durante cuánto tiempo o en qué sitios.
La incertidumbre política está ejerciendo un efecto de atracción fatal para la ciudadanía. No son pocos a los que les apetece que las elecciones se decidan en la tanda de penaltis, en lugar de en largos partidos donde el grande aventaja al pequeño por tres a cero en la primera parte. Que sea más racional apoyar a quien juega mejor es irrelevante, ante la pasión del espectáculo que produce la sorpresa, que es en esto donde está ahora la política, una vez madurada la democracia española hasta el aburrimiento de lo previsible.
El nuevo bisagrismo como sistema se presenta emocionante. En realidad, no es ésta la pretensión de los aspirantes a bisagras, porque lo que les gustaría, como a cualquiera, es ser ellos los hegemónicos; es decir, cambiar el bipartidismo existente por otro bipartidismo, pero con ellos de protagonistas. Porque, en todas partes, la batalla final siempre se dilucida entre dos opciones. Hasta en Israel, donde hay enorme dispersión electoral, como se ha visto este mismo martes, lo que la opinión pública fija en la retina es quién de los dos más importantes termina por ganar. Y ha sido Netanyahu, para desesperación de los encuestadores, con su escaso 25 por ciento de los votos.
Eso sí, el caso de Israel es un buen ejemplo para la España de nuestros pronósticos. El ganador hará encaje de bolillos para gobernar, con pactos de todo jaez, lo que llevará a un gobierno que difícilmente se parecerá a lo que los israelíes han votado, porque el programa del partido vencedor será obligatoriamente desfigurado por las componendas de los pactos imprescindibles. Y donde ya podemos prever, como siempre, elecciones anticipadas.
¿Se encamina España hacia ese modelo? Podría pensarse, por la actual intención de voto que sí. En la realidad, probablemente no sea el caso. Porque, si se analiza a fondo, la batalla partidaria en España es relativamente poco ideológica. Lo que se debate es el protagonismo político, un vago componente sobre relevos generacionales, una referencia ambigua sobre regeneraciones del sistema, y pocos elementos concretos que demuestren diferencias de fondo con lo ya existente en la izquierda y en la derecha.
El partido aspirante por la izquierda, Podemos, es el más diferenciado en su perfil, pero más por lo que sabemos de él por su historia que por lo que expone. Más por lo que decía cuando no soñaba con tocar pelo, que era ideología comunista y totalitaria pura y dura, que por su forma actual de presentarse, como si fuera un partido transversal que puede interesar a cualquiera, con la única condición de que esté indignado por lo que sea. Y poco aporta nuevo que no tuviera ya IU (incluso sus militantes) si exceptuamos su inmoral apoyo al totalitarismo venezolano.
Pero, claro, si uno está indignado también puede votar a Ciudadanos, donde, al menos, parece que sus dirigentes se asean todos los días. Ahora bien, ni el analista más sagaz sabría decir qué diferencia real hay entre el partido de Albert Rivera con los ya existentes, por ejemplo el Partido Popular. Aceptemos que es sutilmente más socialdemócrata (aunque también se proclama liberal) en lo económico, pero para nada se sale de las zona que ya está ocupada por el PP y por el PSOE, que también ellos son en eso fronterizos. En lo demás, nada. Por eso se especula tanto ahora sobre qué pactos aceptaría Ciudadanos, y todas las sospechas se centran en la geometría variable, según cuadre.
Ciudadanos y Podemos son, más que partidos, actos de fe, imágenes idealizadas. A ambos les costaría llenar una mesa de Consejo de Ministros. Sólo lo lograrían si tuvieran poder, porque ésa es una llama que atrae hipnóticamente a todas las mariposas. Pero, hoy por hoy, tienen más puntos de intención de voto que dirigentes, lo que demuestra que una parte de la sociedad española sigue moviéndose por la fe, como en el siglo XV.
Por ello, los anuncios apocalípticos sobre cambios de Sistema parecen francamente hiperbólicos. En España, gobernará el partido que gane, sea cual sea el diferencial de su mayoría. Probablemente por eso, la prima de riesgo sigue bajando. Lo que cambiará seguramente es la presencia de nuevos actores políticos, y no tantos. Pero la montaña de la indignación va a parir un ratón de estabilidad.
Ciudadanos quiere ser un PP (en eficacia de gestión o en concepción nacional) o un PSOE (en sus matices igualitarios). Podemos quiere ser un PSOE en tamaño y un PCE (en su época estalinista) en ideología. Esos cromos ya los teníamos en el maldito bipartidismo. Lo veremos cuando unos y otros se pronuncien en sus pactos. Lo que será pronto, gracias a este vertiginoso año electoral, en el que el PP terminará por ganar las Generales, aunque sufra para ello.