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813, NUEVO LIBRO

Cuando Truffaut cabe en un triángulo o cómo Paula Bonet ha vuelto para quedarse

sábado 21 de marzo de 2015, 09:31h
La ilustradora valenciana Paula Bonet publica su segunda obra, 813. Truffaut, después del éxito de Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End.
Foto: Miguel Gonzales de la Fuente
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Foto: Miguel Gonzales de la Fuente
813. Truffaut es fruto de 15 años de obsesión; primero visceral, luego meticulosamente autoanalizada; al final, llevada al papel en forma de texto ilustrado o ilustración apostillada, en caótico equilibrio que desprende amor al detalle y un profundo respeto por el arte. La ilustradora valenciana Paula Bonet (Vila-real, 1980) ha sobrevivido al torbellino repentino y arrasador que supuso su debut editorial para presentar su segunda obra, “un homenaje de principio a fin” al cineasta François Truffaut, según resume su autora en una charla con este diario.

Como si la bruma que confundía realidad y ficción en la obra y la propia vida del cineasta francés hubiera atrapado a Bonet desde las entrañas. “Descubrí su cine cuando tenía veinte años y me quedé totalmente enamorada de él. Creo que lo absorbí. En los dos últimos años me he acercado a su obra de otra manera, no tanto como espectadora que lo mira desde el estómago y se deja impresionar, sino como alguien que busca elementos de contacto entre sus películas que me ayudaran a establecer la estructura del libro. Y me he dado cuenta de que he heredado muchos de sus modos de hacer, de sus modos de mirar. Incluso muchas maneras de pensar que creía que eran conclusiones a las que había llegado por mi cuenta son en realidad suyos, de alguna manera se los he robado”.

Además de una revelación identitaria, Bonet consiguió ordenar su fascinación en un esquema apto para su segundo libro. 813. Truffaut se encierra en un triángulo, representativo de las relaciones a tres que marcaron la obra del realizador, fundador de la corriente cinematográfica conocida como la Nouvelle Vague, y que la autora traslada en un pulcro ejercicio analítico a la biografía del cineasta. Así, el libro se divide en dos partes. La primera, el primer triángulo; un breve repaso a la vida de François Truffaut (1932-1984) perfectamente vertebrado entre la anécdota y el dato y que incide en las relaciones del cineasta con su actor fetiche, Jean-Pierre Léaud, y el personaje a quien este interpretó en multitud de películas, Antoine Doinel, una especie de alter ego de Truffaut. La segunda, un análisis de su filmografía en base a tres películas sobre tres triángulos amorosos: Jules y Jim, La piel suave y La mujer de al lado.

Un final que fue un principio
Ahora, Bonet forma su propio triángulo junto a Truffaut, su mentor involuntario, y al libro mismo, una obra reposada, mucho más rotunda y consciente que la primera, y en la que, a pesar de poner el foco en terceros, hay más Paula Bonet que nunca.

813. Truffaut recoge la calma. La tormenta la había desatado un cartel. Uno de entre muchos trabajos que la ilustradora venía desarrollando aquí y allí. Pero el póster que Bonet dibujó para el sexto festival de mediometrajes La Cabina, que anunciaba el evento en Valencia para noviembre de 2013, tenía algo que gustó, y mucho. Los valencianos se los llevaron de las marquesinas de autobuses, de las paredes, de los tablones de anuncios. Apenas quedó en su sitio un puñado de los 3.000 que se colocaron.

“Todavía estoy un poco abrumada con todo esto. Intento mantenerme un poco al margen tanto de las cosas buenas como de las cosas malas que me llegan. Lo cierto es que el éxito tiene un parte de azar muy bestia. Lógicamente tiene que haber un trabajo detrás, que es lo más importante. Y ojalá, espero, que también tenga que haber algo más, relacionado con una visión personal del mundo o no sé cómo decirlo. Pero estoy convencida de que el factor suerte juega un papel importante. Hay mucha gente que seguro que tiene más talento que yo y no se conoce su obra porque no estaba en el momento exacto en el lugar exacto”.

Aún convaleciente por la fiebre del cartel, en marzo de 2014, Bonet publicó su primer libro como autora absoluta: acompañó sus imágenes con evocadores textos extraídos, por vez primera, de su pluma.Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End da ahora la bienvenida a su hermano pequeño con una salud de hierro en el mercado editorial: va ya por su cuarta edición (la quinta en realidad, contando una especial para Navidad). Un libro sobre finales y despedidas que, sin embargo, se perfila cada vez más como el inicio de una sólida trayectoria. ‘El’ The End fue una carta de presentación íntima, casi desnuda, emitida con tanta sinceridad, tan en carne viva, que bien podría haber salido herida.

“Recuerdo que tuve un momento de miedo el día antes de que entrara en imprenta. ¡Paren las máquinas! Es que era muy íntimo, y a pesar de que estaba todo disfrazado con metáforas y exageraciones, para mí era más difícil mostrar aquella parte”.

Superado el "miedo escénico", 813. Truffaut llega con una seguridad aprehendida y la intención de echar raíces. Y sin embargo, asegura su autora, “es más autobiográfico”. “Lo que pasa es que es mucho más fácil para mí esconderme y el resultado es un libro mucho más libre”.

El universo Truffaut
La libertad con la que Bonet ha creado su canto a Truffaut se descifra también en sus dibujos, más adultos, que no nacen para gustar (aunque gustan). “Este libro intenta huir del preciosismo del The End. En aquel intentaba buscar la belleza en cada dibujo, mientras que en 813 los dibujos no compiten entre sí. He intentado ser fiel a Truffaut, que cuando establecía las bases de la Nouvelle Vague defendía la figura del director de cine como autor y le interesaba más la evolución del pensamiento de ese autor a lo largo de toda su obra que las películas de forma independiente. He intentado que en el libro ninguna ilustración destacara por encima de otra, que se entendieran como un todo”.

Así, la esencia de 813. Truffaut se endurece con respecto a su primer trabajo, con dibujos esbozados que remiten a las primeras películas del cineasta, con poca gradación y luces cortantes. Los textos, que ganan peso hasta casi rozar el protagonismo de la imagen, suman reminiscencias al universo Truffaut: el del caos ordenado, los flashbacks, los vasos comunicantes y el juego perpetuo entre realidad y ficción.

A base de lápiz de grafito, acuarela y tinta china, Bonet ha pintado el alma de Truffaut con el sosiego de un arte asimilado. Hace años, la ilustradora cambió el óleo, en el que estaba especializada durante sus primeros años, por el lápiz para ganar en inmediatez. “Acababa muchos dibujos a diario, pero me vi metida en un bucle, en el torbellino y el caos en el que vivimos ahora mismo, en el que se consume y se produce, se consume y se produce… y me di cuenta de que necesitaba volver a la calma”. No soltó el lápiz para parir 813. Truffaut, pero los trazos se volvieron más elaborados, trabajados, a pesar de evocar al bosquejo. “Antes necesitaba la inmediatez y ahora necesito darle a la imagen lo que se merece”. Y también, dice, invitar a “consumirla de la manera que se merece”.



“Con este libro he intentado exigir un poco al público, desde el momento en que intento acercar a nuestra generación las películas de Truffaut. Su cine te pide mucha paciencia y mucho tiempo. No te va a bombardear con imágenes, al revés, te va a dejar tiempos muertos en los que tú vas a tener que poner de tu parte para entender la película. Me parece muy interesante eso en el contexto actual, intentar para un poco y valorar más las cosas, incluido el trabajo que hay detrás de un proceso creativo”.

La fijación de Bonet, “casi visceral”, por los rostros vuelve a inundar esta segunda obra de miradas, gestos y expresiones. Aunque donde antes había autorretratos y versiones de amigos o de sí misma, ahora hay Truffaut y actores que dieron vida a sus ‘yos’ en distintos personajes. “Para mí, lo más fácil es trabajar conmigo, porque me conozco y no me importa destrozarme, pero estoy intentado alejarme de una forma muy obvia y muy consciente del autorretrato”.

Revisiones de la propia identidad marcada, ahora lo sabe, por el cineasta francés. En realidad, nadie se libra de poder explicar su ‘yo’ en base a sus referentes. “En producción, ni le preguntaban; cuando en una de sus películas tenía que aparecer un número –el de una habitación de hotel, el de un código postal…- siempre era el 813”. François Truffaut sentía fascinación por el escritor francés Maurice Leblanc, especialmente por su novela 813. Paula Bonet siente fascinación por François Truffaut. Una rima triangular en caótica armonía. El homenaje del homenaje.

De arte y tazas
El componente de exclusividad con el que nació el arte quedó cuestionado como esencia misma de lo artístico cuando los sistemas de reproducción industrial facilitaron la copia de la obra original. Es indiscutible que el dibujo que sale del lápiz de Paula Bonet es una pieza artística. ¿Lo son los libros que se editan recopilando y copiando esos dibujos? “La literatura es el arte que más placer me ha dado nunca y los libros, el objeto libro, me parece que es algo que tenemos que cuidar y que defender hasta muerte”. En sus primeras entrevistas tras la publicación de Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, Bonet abrió, sin quererlo, un profundo debate en las redes sociales al afirmar que nunca dejaría que pusieran sus dibujos en tazas o camisetas. ¿Una taza no puede ser el soporte para una obra de arte? “Una taza puede ser un buen soporte para un dibujo concreto. Pero porque un dibujo funcione o guste a la gente no voy a estamparlo en una taza si ese dibujo en concreto no ha sido pensado para ser estampado en una taza. Si quiero hacer una pieza de cerámica, hablaré con alguien que sea un virtuoso de la cerámica, que haga un buen producto y yo diseñaré algo pensado para ese soporte, un dibujo adaptado a ese soporte. No me gusta aprovecharme de las situaciones”. Digna postura. ¿Posible mantenerla en los tiempos que corren y seguir viviendo de esto? “Es difícil, pero es que esto es una carrera de fondo. Y todo lo que sube rápido, baja rápido. Se trata de ser más o menos coherente con tu propio criterio. Me parece súper coherente y súper respetable que un ilustrador trabaje en publicidad, porque para eso están las ilustraciones también. Lo único es que yo no me siento cómoda. Todo va súper rápido, así que prefiero conservar lo que de momento puedo controlar. Si puedo evitar que mis imágenes se multipliquen y se pongan en vallas o en autobuses, voy a hacerlo. No digo que nunca vaya a trabajar en publicidad. Si me interesa la propuesta y la marca es coherente con mi trabajo, lo haré".




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