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QUE GOBIERNE EL QUE GANE

sábado 21 de marzo de 2015, 17:52h
El fracaso de la IV República francesa se debió en parte considerable a una ley electoral...

Este artículo de Luis María Anson, publicado en el diario El Mundo originó amplio debate en las redes sociales. Lo reproducimos a continuación.

“El fracaso de la IV República francesa se debió en parte considerable a una ley electoral que fragilizaba la gobernabilidad de la nación, zarandeada por los desacuerdos casi inevitables entre los diversos partidos de las alianzas poselectorales. Charles De Gaulle impuso la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de la V República. Y además el gobierno del partido victorioso en otras instancias electorales. Francia recuperó la estabilidad y el sistema ha funcionado con notable eficacia en las últimas cinco décadas.

En la mayor parte de las naciones europeas, las leyes electorales priman a los dos primeros partidos y robustecen de hecho un bipartidismo que con las debidas adherencias ha funcionado de forma razonable. La vieja máxima política -“que mande uno aunque sea mediano que dos muy buenos”- se acentúa cuando no son dos, sino tres o cuatro, incluso cinco, los que participan en el Gobierno. El interés del partido suele imponerse entonces casi siempre sobre el interés general. Hay excepciones, claro, pero en líneas generales la gobernabilidad de una nación exige fortaleza en el que manda.

El descrédito de los partidos políticos en España y su voracidad trufada de corrupciones han debilitado tanto al PP como al PSOE y han favorecido el crecimiento de nuevas formaciones, en un par de casos de forma acelerada aunque tal vez provisional. Como la reforma de la ley electoral para garantizar el bipartidismo es, hoy por hoy, prácticamente imposible, Mariano Rajoy ha desbrozado el camino, tras un acuerdo discreto con el Partido Socialista, según algunas fuentes monclovitas. “Que gobierne el que gane”, ha declarado el presidente del Gobierno. Eso significa que si Susana Díaz queda en primer lugar, podrá contar con los votos o la abstención del Partido Popular para continuar al frente de la Junta de Andalucía. Ciudadanos y Podemos quedarían chasqueados porque sus escaños no serían necesarios para la investidura.

No será fácil que PSOE y PP respeten el acuerdo en todas las Autonomías y Municipios de España, pero la fórmula, con Felipe González en la sombra, despejaría los horizontes, desdeñando las facturas que podrían pasar los partidos diminutos. Un destacado dirigente socialista me recordaba hace unos días cómo el escuálido CDS de Adolfo Suárez consiguió que Agustín Rodríguez Sahagún fuera alcalde de Madrid, cuando José María Álvarez del Manzano, vencedor en las elecciones pero sin mayoría absoluta, superaba de forma escandalosa el número de concejales de la agrupación centrista.

Las declaraciones de Mariano Rajoy habrán tranquilizado al PSOE andaluz, que permanecerá gobernando su feudo si las encuestas no yerran y Susana Díaz se convierte en la primera fuerza política de la comunidad andaluza tras las elecciones del próximo domingo. Se trata de una apuesta arriesgada que altera de hecho la ley electoral sin modificarla de derecho. Los partidos pequeños, que se las prometían muy felices, sobre todo Ciudadanos y Podemos, Alberto Rivera y Pablo Iglesias, están que braman ante la nueva finta del bipartidismo reinante”.