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TRIBUNA

Don Quijote ante los restos de Cervantes

domingo 22 de marzo de 2015, 20:19h
El presunto hallazgo de los restos de Cervantes es un buen pretexto para adentrarse de nuevo en el Quijote. Sus notables imperfecciones formales sólo han contribuido a consolidar su carácter de obra maestra. Si hubiera respetado el canon de la literatura renacentista, ajustándose a los principios de la Poética de Aristóteles, no se habría convertido en símbolo de nuestro carácter nacional. Al igual que los españoles, el Quijote es anárquico, caótico y digresivo. Sería un disparate ponderar su estilo como modelo a imitar, pues carece de la inspiración, la belleza y la agudeza de la prosa de Quevedo, pero la humanidad de sus personajes ha soportado los cambios de época, conmoviendo a generaciones sucesivas, con sensibilidades y valores diferentes. ¿Qué escritor no ha fantaseado con emular ese milagro? ¿Cuántos no han deseado ser Pierre Menard, el personaje de Borges que asumió “el misterioso deber de reconstruir literalmente su prosa espontánea”? La sombra de un viejo hidalgo y un pobre aldeano ha recorrido más de cuatro siglos y ya se confunde con nuestros sueños. Alonso Quijano es un incansable lector de ficciones que se ahoga en la rutina de la vida provinciana. Sancho es un hombre sencillo que se deja embaucar por la promesa de gobernar una ínsula. Podrían aceptar su destino, pero deciden cambiarlo, con grandes dosis de ingenuidad y heroísmo. Con ese propósito, recorren las polvorientas tierras de Castilla, con la mente incendiada por el espíritu de la orden de los caballeros andantes, que ordena auxiliar a doncellas, huérfanos, viudas y menesterosos. Sus andanzas son cómicas, dramáticas, poéticas, peripatéticas. Intercambian reflexiones y sentencias mientras peregrinan de venta en venta, luchando con la realidad para que se adapte a sus quimeras. Se enfrentan a gigantes y ejércitos que sólo existen en la ardiente imaginación de Don Quijote, sufriendo toda clase de descalabros. Los duques de Villahermosa confían al fiel escudero el gobierno de la ínsula Barataria, ubicada en Alcalá de Ebro, con la intención de burlarse de sus escasas luces, pero Sancho se revela como un hombre ecuánime, con un entendimiento preclaro y un sentido innato de la justicia. Cervantes sugiere que la grandeza no es un título hereditario, sino una cualidad del alma. Sancho ha asimilado la locura de Don Quijote y actúa como un rey-filósofo, administrado paz y justicia. Su pequeño reino se convierte en una efímera Utopía. Sólo es un villano iletrado, pero su sensatez y ternura contrastan con las intrigas de unos nobles ociosos y desalmados.

Se ha discutido mucho sobre el trasfondo erasmista del Quijote. La locura de Alonso Quijano sería la locura de un humanismo cristiano que reivindica la pureza evangélica. Frente a la superstición y el culto a las reliquias de una Roma hambrienta de poder terrenal, el hidalgo participaría de esa espiritualidad que infundió en Santa Teresa de Jesús la determinación de reformar el Carmelo y en el Cardenal Cisneros la iniciativa de financiar la Biblia políglota complutense. Marcel Bataillon escribió: “Si España no hubiera pasado por el erasmismo, no nos hubiera dado el Quijote”. Discípulo del humanista Juan López de Hoyos, Miguel de Cervantes vivió en la época de la Contrarreforma y tal vez sólo pudo acceder a las enseñanzas de Erasmo por medio de fuentes indirectas, como Ariosto y Baltasar de Castiglione. El Quijote es una sátira de las novelas de caballería, pero poco a poco el sarcasmo se muda en exaltación del hombre como artífice y creador de un mundo nuevo. El realismo de Sancho litiga con el idealismo de Alonso Quijano, cuyo descenso a la cueva de Montesinos se ha comparado con el mito de la caverna. No son visiones opuestas, sino complementarias, que delatan la influencia del neoplatonismo. La estancia en la cueva de Montesinos puede compararse con un ejercicio de introspección o con la “noche oscura del alma” de San Juan de la Cruz, pero esta vez el fruto será amargo, pues el idealismo inicia su viaje hacia el desengaño.

Cuando regresa a su aldea natal, Don Quijote sólo es un viejo con los huesos baldados. No tarda en caer enfermo y, ya en su lecho de muerte, se lamenta de dejar fama de loco. Deplora que la lucidez se haya demorado tanto y pide excusas por sus desvaríos. Dirigiéndose a Sancho, encomia su sencillez y lealtad, disculpándose por los males que le ha causado: “Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo”. No sin poder contener las lágrimas, Sancho responde: “¡Ay! No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía”. El hidalgo se conmueve, pero las fuerzas le abandonan poco a poco: “Ya en los nidos de antaño no hay pájaros de hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui Don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno”. Alonso Quijano expira con resignación y sosiego. Escribe Cervantes: “…dio su espíritu, quiero decir que se murió”. Borges señala que la expresión es redundante e innecesaria. Es una torpeza estilística dictada por el dolor de la despedida. El autor le dice adiós a su criatura, con el dolor de un padre que pierde a un hijo. Otros opinan que Cervantes se limita a utilizar una distinción clásica del neoplatonismo, según la cual el cuerpo muere, pero el espíritu se entrega a Dios.

¿Cuál es el mensaje del Quijote? ¿Desacreditar los libros de caballería, un género que en 1560 ya sufría una notable decadencia? ¿La locura de don Quijote no es la ética del caballero cristiano, según el Enchiridion Militiis Christiani, el famoso tratado de Erasmo de Rotterdam publicado en 1526 en Alcalá de Henares? ¿No hay una fina ironía en todo el libro, corroborada por un final ambiguo? El escribano que copia el testamento del hidalgo comenta que ningún caballero andante murió en su lecho, pero sabemos que Tirante el Blanco rindió su alma en las mismas circunstancias. ¿Qué habría dicho Cervantes sobre la exhumación de sus huesos? Probablemente habría comentado que sólo son huesos, que su alma está en las páginas del Quijote, un canto al heroísmo de los hombres que no se resignan a vivir en una sociedad, donde la vieja sentencia de Plauto (“el hombre es un lobo para el hombre”) teje victoriosa la urdimbre de nuestras vidas. Don Quijote no era un loco ni un insensato. Los molinos de viento eran gigantes y aún agitan sus brazos, desafiando a todos los que se atreven a soñar con un mundo diferente.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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