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JORNADA 28: BARCELONA 2 REAL MADRID 1

El Barça arranca un pedazo de Liga al mejor Madrid de 2015 | 2-1

domingo 22 de marzo de 2015, 23:01h
Actualizado el: 23 de marzo de 2015, 01:17h
Los goles de Suárez y Mathieu cercenaron el golpe de confianza madrileño. Dominio del sistema de Ancelotti en el primer acto con un 4-4-2 que complicaba la posesión local y fluía a la contra. Reaccionó a partir del segundo tanto el club culé, que rozó la sentencia en varias ocasiones, tras el bajón físico visitante.


El Camp Nou, el balompié español y la masa social que mueve este deporte alrededor del planeta engalanaron pasión y atención para recibir este Clásico. Uno de los que definen puntos de inflexión, que confirman y deshacen inercias y que, por el camino, empiezan a decidir Ligas. Porque esta batalla gozaba de la versatilidad que le es propia a sus contendientes para disparar su relevancia hasta alcanzar, en el extremo, la categoría de adjudicador de sentido y legitimidad a los arquitectos aposentados en ambos banquillos. Sobre el papel, el Barça disfrutaba del cartel de favorito, obligado a llevar el ritmo y posesión del duelo a través de su liderato, de sus seis victorias consecutivas, de los 16 goles encajados hasta esta altura de calendario y porque Messi, el factor determinante del colectivo, arribaba iluminado -17 tantos en las 10 últimas fechas domésticas-. El Madrid, por contra, se aferraba a la esencia de catarsis que envuelve estos enfrentamientos, en busca de la recuperación de la identidad y solvencia abandonadas en este 2015. Aún así, el regreso de Ramos y Modric, los 39 tantos cosechados a domicilio -referencia en este apartado- y el orgullo herido del campeón del viejo continente, ilustrado en la especificidad del 7 madrileño.

Despejó Luis Enrique su única incógnita entregando la titularidad a Mascherano y obligando a Busquets, recuperado in extremis para la causa, a ver el arranque desde la banca. Apostaba Lucho por la capacidad de cobertura del Jefecito a la espalda de su centro del campo, vital para maquillar la endeblez en el repliegue local. Mathieu acompañaba a Piqué en el centro de la zaga -asumiendo el riesgo al espacio- e Iniesta y Rakitic equilibrarían y engrasarían la fluidez asociativa. Arriba, Messi, Neymar y Súárez, cada cual cómodo en su rol, recibían, en exclusividad, la jurisdicción del desborde. La velocidad en la combinación y la verticalidad, amén de la fosforescencia de la Pulga, claves ofensivas. La altura de la presión, duda a resolver por Ancelotti.

El técnico italiano apostó por mantener el esquema y sus ilustres nombres -solo James faltó en este once de gala-. La jerarquía del central sevillano y la lucidez en la conducción y batido de líneas de la novedad croata debían inyectar consistencia al colectivo visitante. Bale, adalid del contragolpe, fijaría su posición como cuarta pieza de la medular en labores defensivas, para tratar de evitar la superioridad en banda catalana. Kroos e Isco deberían ganar peso en la circulación con Marcelo y Carvajal midiendo sus incorporaciones. El contraataque, la calma con el esférico y las ayudas en el repliegue, elementos básicos de la estructura del técnico italiano.

Bajo este cruce de intenciones, que no de estilos, subió el telón una batalla que susurró, desde sus primeros estertores, que el ritmo no iba a resultar templado. Salió el Barça dispuesto a imponer su vehemencia en el cortejo de la pelota, buscando fisuras al ordenado esquema de Ancelotti, con su viraje hacia el 4-4-2 en defensa. Así, con los dos gigantes tuteándose, cada cual reforzando su guión inicial, saludó este combate en la cima del fútbol nacional a un pentagrama de llegadas a portería que solo tomarían un respiro con el intermedio.

Abrió fuego Benzema en pleno aviso capitalino: remató desviado al culminar una transición vertiginosa dirigida por Bale -minuto 7-. El Barça forzaba su circulación intentando no caer en la horizontalidad, todavía sin encontrar fisuras en la red de ayudas merengue, al comprobar que los vigentes subcampeones de España no contaban con complejos. La amenaza tras pérdida estaba servida y susurrada: Ronaldo encontró el larguero tras un envió que recolectó Benzema, con freno en el área y centro al segundo poste. Segundo después, en el 13, Isco y Ramos confirmaban el escenario con sendos intentos que no encontraron portería, uno en acción individual desde la frontal y el segundo, con testarazo desviado.

Se sacudió el Barça la inquietud con Messi en el carril central -no tardó demasiado en abandonar la banda- y atisbos de activación de la presión arriba. Pero el Madrid salía, apoyado en Modric y Kroos, con más lucidez de la esperada. El argentino cabeceó desviado un centro de Neymar -ausente en el primer acto- en el 17, como preludio del primer huracán del partido. Pepe desconectó su concentración en el intervalo que discurrió entre el 19 y el 21 de envite. Su balance se saldó con amarilla por falta intrascendente a Suárez y, lo más venenoso para los merengues, con un derribo de utilidad debatible al charrúa en el pico del área. Messi tomó la pelota y la puso en la cabeza de Mathieu, que abrió el marcador tras ganarle la mano a Ramos.

Reaccionó al gancho el Madrid sin descomponerse. Es más, no cedió en el orden y equilibrio mostrado hasta entonces y cedió, hasta el descanso una sola presencia peligrosa blaugrana en el área de Casillas. Eso sí, una ocasión capital. Luis Suárez forzó su acción y disparo, la pelota salió repelida al centro dl área y Neymar, en soledad, cedió a las manos de Iker en lugar de rematar a gol. En el 29 disfrutó el carioca la opción de abrir hueco, pero lo que sobrevino fue la complacencia en la asociación local, que buscaba anestesiar la intensidad rival, que entró en confluencia con el paso al frente en garra y lógica del Madrid.

Modric empezaba a romper entre líneas cuando conectó con Benzema, que ganó el desmarque a Mathieu para ceder, con un tacón de seda y al primer toque, para la llegada y remate, a placer, de Ronaldo para empatar el Clásico. En media hora de partido, el sistema de Ancelotti se imponía por lo inesperado de su seriedad colectiva e iba a acelerar hasta la conclusión del primer acto. La línea defensiva subió y la presión para ahogar la salida de pelota local surtía efecto. El Barça, en consecuencia, se descomponía quedando su medular en inferioridad por la inactividad sin pelota del tridente.

Piqué salvó a los suyos saliendo al cruce de Bale en un 2 para 2 generado por Benzema, con su esquema partido, habían perdido el mando y, fuera de eje, buscaban capear las transiciones, cada vez mejor aliñadas pos posesiones inteligentes blancas. Con el paisaje contrario a la hoja de ruta de Luis Enrique, el Madrid dominó el tramo final de primer tiempo, con el gol anulado a Bale -por fuera de juego de Ronaldo, pieza que dio la asistencia-, como mejor oportunidad de cosechar lo sembrado. La superioridad merengue en la ocupación de los espacios era palpable pero ni Ronaldo, que obligó a Bravo a estirar su anatomía para detener el obús de larga distancia, ni Bale, que remató fuera un balón suelto en el área tras córner, movieron el electrónico. Se cerraba los 45 primeros minutos de mayor brillo de madridista en este año. Posesión discutida -55/44- y más ocasiones creadas -7/9-.


Apareció Bravo en la reanudación para taponar el remate claro de Benzema -artista más afinado de la orquesta merengue- en el 47, como desenlace de una transición puntiaguda conducida y concluida por el galo. Pero apuñaló Suárez en el peor momento del Barça, que traspasaba el descanso. Sin posesión, replegados para no ceder, confiaban a la contra. Y recogieron réditos de manera notable en el 55: un balón muy largo de Alves eliminó la mala colocación de Ramos para el control y remate cruzado, sublimes, del delantero charrúa. Casillas, vencido en su salida, no estuvo cerca de interceptar la pelota.

Trató de reaccionar con celeridad el Madrid con remate alto de Ronaldo, pero la fluidez cambiaba de bando y, al espacio, el Barça abrazaba el robo y salida como modelo ante un Madrid en declive físico y rozó la sentencia en varias acciones muy claras. Todas ellas con Neymar en el papel protagonista y con el slalom individual como fórmula. La amarilla a Modric y las fisuras en lo compacto del repliegue complicaban la escena de un equipo visitante que pagaba el esfuerzo. Ney y Messi gozaron de sendas ocasiones claras bajo el esquema de contraataque fulgurante.

Entró el duelo a falta de 20 minutos para el final en una conversación de posesiones sin profundidad madridista y búsqueda de presión que cortaba la comodidad del Real Madrid en la salida fluida de su área. Introdujo Luis Enrique a Busquets para configurar un doble pivote que resistiera el presumible arranque a oleadas visitante. Una búsqueda decidida que no llegó. Varane -por Pepe-, Xavi -por Iniesta-, Jesé -por Isco- y Rafinha -por Neymar- fueron de la partida de cara al epílogo de un partido de altura.

Con la eficacia en el repliegue blaugrana como muro sin respuesta con el emerger de Piqué -Isco y Bale quedaron vacíos por el esfuerzo en el achique-, el Barça ganaba terreno ante los espacios a la espalda de la medular rival y Casillas emergió, al fin, para negar la sentencia a Alba y Messi. Bravo surgió para taponar, con una estirada sensacional, el último remate peligroso madridista en las botas de Benzema, en el 77.

Ancelotti se guardó el último cambio, Lucas Silva por un Modric agotado, para el 87 de duelo, perdiendo el fuelle necesario para configurar la escalada hacia el empate que no llegaría. La pelota volaba en la circulación azulgrana para cerrar el despliegue. Sin la versión más afinada del 10. Suspiraba por última vez el Clásico con tres puntos vitales para el Barça en la carrera hacia el consecución de la Liga.

Desdobló su propuesta el club de la ciudad condal, cediendo terreno y posesión, para ganar la segunda parte en un enfrentamiento que contó con un dueño de cada tiempo. Paso hacia adelante en el reencuentro de la identidad perdida por parte del colectivo de Chamartín, que no mejoró con los cambios, de nuevo. Xavi puede haberse despedido de este tipo de partido ante su enemigo íntimo en el día en que los colosos españoles reforzaron su candidatura al cetro continental. Con intensidad, con y sin pelota, complementado con seriedad en el repliegue y con amenaza ofensiva. La igualdad en la cima del fútbol invita a degustar lo que queda de calendario.

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