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TRIBUNA

El cortijo se mantiene

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 23 de marzo de 2015, 19:52h

En Andalucía –que ha sido siempre una comunidad que ha ido a su aire, poco sensible a los movimientos y expectativas del conjunto de España- ha funcionado a pleno rendimiento la red clientelar urdida cuidosamente a lo largo de tres largas décadas por el socialismo hegemónico. Una sociedad subsidiada, sobre todo en las amplias zonas rurales, pero también en determinados sectores urbanos profesionales, que prosperan a la benéfica sombra de la Junta, ha apostado una vez más por el sabroso status quo, sorda a las aplastantes realidades de una España que bracea para dejar atrás una crisis asfixiante, de una Europa que se enfrenta con el reto de tomarse en serio a sí misma o perecer y de un mundo global en el que los cortijos, como el que allí subsiste, no tienen ningún futuro.

El aparente triunfo del PP en 2012, sin la indispensable capacidad de gobernar, fue como un lejano relámpago, sin trueno, fruto del todavía reciente triunfo de Rajoy en las generales, unos meses antes. Ante el riesgo de un hipotético desmontaje de la estructura de reparto de beneficios desde las alturas del poder autonómico, los numerosos y agradecidos receptores de sus favores han hecho causa común y han logrado mantener la fábrica del subsidiaje, no sin patentes desconchones, visibles en la cifras de votantes perdidos, de los porcentajes de votos y de la incapacidad de superar el número de escaños obtenidos en 2012. La corrupción, que ha sido la atmósfera en que se ha movido ese socialismo hegemónico, no cuenta para nada. Se perdona todo, más allá de la retórica para uso de los más escrupulosos. Nunca se había visto un aval tan amplio a tantos bochornosos casos como el que representa el voto andaluz del pasado domingo.

El propicio ambiente creado por los comentaristas, no sólo los andaluces sino los de carácter nacional, ha recibido como un aplastante triunfo –que desde luego no lo es- la indudable victoria de Susana Díaz, a la que han perdonado una campaña insustancial y sin contenido en la que ha mostrado lo peor y menos presentable de sí misma, como quedó a la vista en el bochornoso segundo debate. Utilizando recursos con resonancias del nacionalismo pujolista, la candidata socialista se ha envuelto en la bandera andaluza, presentándose como encarnación única e indiscutible de “nuestra tierra” y sin intención ninguna de romper los estrechos vínculos que la unen con la larga trayectoria anterior del socialismo andaluz, ha prometido un “cambio”, que un número suficiente de electores andaluces la ha comprado, en una actitud que recuerda el viejo “que me quede como estoy”, del discapacitado del cuento. Ni siquiera estamos aquí en el lampedusiano “que todo cambie para que todo siga igual”, porque, sin más, se apuesta porque nada cambie, no vaya a ser peor. El cortijo se ha convertido en “susanato”, y está por ver cuánta cuerda tiene y qué pasará cuando la cuerda se acabe.

Susana Díaz quería tener una victoria electoral propia, a efectos internos del PSOE y por lo que pueda pasar en el futuro. Y eso lo ha conseguido, aunque haya sido dejándose muchos pelos en la gatera, perdiendo el incómodo apoyo de IU y sin que se sepa ahora en qué muletas va a apoyar su mayoría minoritaria. También decía querer más estabilidad y en esa cuestión el tiro le ha salido por la culata, pues un Parlamento más fragmentado, necesariamente produce más inestabilidad. Aunque tampoco es para tanto, no hay tanta novedad. Congreso y Senado andan aquí con siete grupos parlamentarios y a todo el mundo le parece normal. El Parlamento andaluz pasa ahora de tres a cinco grupos, lo cual no es, precisamente, una revolución.

El bipartidismo español –que siempre ha pertenecido a la categoría de los “imperfectos”, como hemos explicado en esta columna- ha recibido, evidentemente un palo, pero no el golpe mortal que algunos desean. En el Parlamento andaluz entre PSOE y PP reúnen 80 escaños de 109, lo que no anuncia ningún hundimiento, aunque la pérdida por el PP de 17 escaños, respecto a lo conseguido en 2012, sea un serio descalabro. Pero estas cifras no son trasladables al conjunto de España, porque Andalucía solo hay una y el PP sigue disponiendo de bases sólidas en la mayor parte de las comunidades autónomas. Quien tiene problemas en el resto de los territorios, a nivel nacional, es un PSOE que no acaba de creerse su papel de alternativa de gobierno y anda jugando con radicalismos sin sentido.

Porque uno de los rasgos más sorprendentes y preocupantes del presente panorama político español es que aquí el discurso antiausteridad y antieuropeo de Syriza y su líder Tsipras, no solo es el de IU y Podemos, que tiene una enorme lógica por las posiciones de izquierda radical de estos dos grupos. Lo sorprendente es que ese discurso es también el del PSOE. Y no solo en el PSOE de Susana Díaz, como se ha visto en la campaña, sino en el Pedro Sánchez. Ningún otro partido socialista europeo está en esa línea, ni el co-gobernante SPD, alemán, ni Valls en Francia, ni siquiera Renzi en Italia, pese a ciertos gestos para la galería. Por no hablar de socialistas holandeses, como Timmermans o Dijselbloem, que ocupan cargos de responsabilidad, como vicepresidente de la Comisión y presidente del Eurogrupo, respectivamente en la UE. ¿A qué juegan los socialistas españoles? He ahí una pregunta cuya respuesta sería clave para entender dónde estamos. Sería saludable que los socialistas se enteraran de que si Andalucía es diferente al conjunto de España, España no puede ser diferente al conjunto de Europa. A la UE le basta –y le sobra- con una Grecia. Helenizar a España, que parece ser el objetivo común de Podemos, PSOE y lo que vaya quedando de IU, no sería en absoluto positivo. Por eso no es deseable.

La novedad más comentada de las elecciones andaluzas han sido, desde luego, los quince diputados de Podemos y los nueve de Ciudadanos. Pero creo que es una novedad que hay que situar en su contexto. En una situación como la que España ha pasado en estos tres últimos años, con un Gobierno tomando medidas necesarias pero nada populares, era lógico que aparecieran este tipo de nuevos partidos, tratando de aprovecharse del desgaste. Sobre todo contando con el entusiasmo mediático que, con escaso fundamento, por decir algo, atribuye a la novedad facultades salvíficas como quien, cuando tiene una enfermedad se encomienda al médico nuevo que se hace mucha publicidad en vez de al especialista acreditado. Pero si estos grupos pueden desempeñar una función de acicates, que pueden tener incluso aspectos positivos a muy corto plazo, sería bastante ingenuo estimar que ahí radica la salvación y el futuro. En esta columna, sin jugar al profetismo y pensando en el plano nacional, dábamos a Podemos un 12% y, añadíamos, si las cosas le van muy bien poníamos un 15% como tope. Y de Ciudadanos hemos dicho que difícilmente llegaría al 10 % . En Andalucía Podemos se ha quedado en el 14 y pico por ciento y Ciudadanos en un 9 y pico por ciento. Algunos pensarán que eso es solo el principio, por mi cuenta yo pienso que son sus cifras “naturales”, por las condiciones y estructuras de esta sociedad española, que no es Grecia ni Venezuela. ¿Que me puedo equivocar? Sin ninguna duda. La novedad y la sorpresa son la sal de la vida. Unas veces para bien y otras, inevitablemente, para mal. Paciencia y barajar, que decía el clásico.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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