Saber perder, la tercera novela del escritor, guionista y director de cine David Trueba (Madrid, 1969), obtuvo en 2008 el Premio de la Crítica. Sin duda, muchos de los lectores de Trueba esperaban su vuelta a la narración, ocupado en estos años en otros menesteres, como el rodaje del filme Vivir es fácil con los ojos cerrados, que el pasado año se alzó con varios premios Goya, entre ellos el de Mejor Película. Ahora este regreso no solo no defrauda, sino que afianza su labor como novelista en la que va creando un mundo propio con inequívocas señas de identidad.
Blitz significa “relámpago” en alemán. Y es precisamente un verdadero relámpago el que cae sobre la vida del treintañero Beto, protagonista de la novela, quien en primera persona nos narra su peripecia en un momento trascendental de su existencia. Ese relámpago, no obstante, aunque al principio parezca devastador, no será finalmente como el bombardeo, conocido como blitz, que la Alemania nazi lanzó contra el Reino Unido entre el 7 de septiembre de 1940 y el 16 de mayo de 1941, y que afectó a varias ciudades, especialmente Londres, dejando un reguero de miles y miles de víctimas, si bien no consiguió su objetivo de la rendición de Inglaterra.
Los problemas comienzan para Beto cuando le llega un mensaje a su móvil que dice: “aún no le he dicho nada. me cuesta tanto. uff. tq”. Resulta que ese mensaje no iba dirigido a él. Marta, su novia, se lo ha enviado por error, o quizá por sentido de culpa, aunque su destinatario era una antigua pareja con la que Marta ha vuelto. Beto y Marta se encuentran en Múnich, donde Beto, arquitecto paisajista, ha sido invitado a participar en el congreso “Jardines de Vida”, donde presenta a concurso un proyecto. Si gana el premio, sería un gran alivio para su maltrecha situación de paro. En Múnich, Marta le abandona y Beto se queda “fuera del sistema solar, sin brújula, a la deriva, en proceso de congelación sin un calor que salvara”.
Sin embargo, llega ese calor encarnado en Helga, traductora que se ocupa de los asistentes al congreso. Con Helga, una divorciada que le dobla la edad y que tiene cinco nietos, entabla Beto una tórrida relación sentimental y erótica, que se convierte en el eje de la trama. Helga le guía como una especial cicerone por Múnich, y le lleva a una exposición del pintor expresionista Otto Dix -se incluyen reproduciones de algunos de sus cuadros en el libro-, uno de sus preferidos, que reviste una especial significación. “Los óleos presentaban rostros enigmáticos y algunas cumbres de su pintura, con presencias femeninas temerosas, imperfectas, gastadas y frágiles. La mujer desnuda pelirroja que protege su vientre y su pecho con los brazos resguardando unos grandes senos caídos y yertos, […] mujeres mayores y desmadejadas, en la más elaborada expresión de lo que los nazis consideraron Entartete Kunst o Arte Degenerado. Pero lo degenerado era su mirada, no la pintura, su rechazo a la fiereza de lo real en el sueño de alcanzar la pureza y la perfección”.
La “fiereza de lo real”, sin embargo, no puede eliminarse. Siempre está ahí, pese a que nos la quieran hurtar: “¿Pero no te molesta que sea todo tan perfecto?, me preguntó Helga. ¿No tienes la sensación de que todo es amable ahora? Hay algo de mentira en cada producto. Los cuchillos tienen que aparentar que no cortan, las sartenes parecen objetos decorativos, nada tiene aristas y luego la gente, se roza con la realidad y se siente desamparada”.
La novela de Trueba, en sus poco más de ciento cincuenta páginas, encierra una lección que va a contracorriente y que resulta muy necesaria. Una lección en la que el encuentro entre Helga y Beto, con su gran diferencia de edad, sobrepasa el hecho concreto -muy bien abordado- para constituirse en una metáfora que cuestiona muchas de las ideas que rigen nuestro mundo, ese mundo que persigue lo impoluto, que oculta las inevitables decadencia y muerte, y que arrumba todo -incluidas las personas- lo que no se ajusta a unos cánones de belleza, de comportamiento… que nadie sabe a ciencia cierta quién ha estipulado. Pero que pesan y perturban: “La besé y cuando la besé me había quitado de encima la mirada de los demás, la opinión de los otros y las convenciones. No me molestaba sentir la rugosidad encima de sus labios, puede que en lugar de estar volviéndome loco me estuviera volviendo cuerdo”.
La enseñanza de Blitz, sin embargo, no es simplista moralina ni supone en absoluto, sino todo lo contrario, que sea una novela pesada o altisonante. David Trueba narra con agilidad y soltura y no deja de servirse de un peculiar sentido del humor y una ironía que desdramatiza sin quitar importancia a un trasfondo social y humano que está muy presente: la crisis y su precariedad laboral, la soledad, la incomunicación, las dificultades de las relaciones… Una novela que es un radiante blitz.