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Claves de la resurrección de la Semana Santa madrileña

jueves 02 de abril de 2015, 14:42h
Actualizado el: 02 de abril de 2015, 16:50h

El auge de las procesiones que se celebran en Madrid ha ido consolidándose durante la última década hasta convertirse en un destino a tener muy en cuenta a la hora de planificar la escapada propia de estas fechas.

Como cada año, Madrid sigue quedándose desierta a partir del Viernes de Dolores. Los madrileños más afortunados disponen de toda una semana para cambiar los atascos por la tranquilidad del pueblo, el asfalto por la arena de la playa. Quizás, por el asfalto de alguna otra gran ciudad europea o por la nieve que aún pueda quedar en las montañas. Y, a partir del Miércoles Santo, la desbandada es de tal calibre que quienes se quedan - obligación, gusto o devoción - disfrutan de unas calles vacías como ya no suelen encontrarse ni siquiera en pleno mes de agosto. Con una excepción: el centro histórico, donde es mejor no aventurarse en coche sin consultar antes los itinerarios de las procesiones que, especialmente Jueves y Viernes Santo, recorren numerosas calles hasta bien entrada la noche. Por supuesto, si la lluvia lo permite. Y este año todo indica que las nubes, escasas según las previsiones, se limitarán a formar parte del paisaje sin llegar a amenazar las preciadas imágenes que muchos, cada vez más, esperan con fervor o curiosidad para participar en un espectáculo que no suele defraudar. Tanto es así que las procesiones madrileñas han ganado en estos últimos tres lustros miles de seguidores y la atención de los medios, que antes solo dedicaban espacios en los informativos a las procesiones sevillanas o de Castilla León. Las agencias de viajes no han tardado en incluir en sus paquetes turísticos, junto a las obligadas visitas al Prado o al Thyssen, la posibilidad de ver alguna de las procesiones que tienen como excepcional escenario las calles y plazas más típicas del Madrid de los Austrias, de los Borbones o el de Las Letras.


El auge de la Semana Santa madrileña ha sido, en todo caso, progresivo. Hasta ponerse tan de moda, que improvisar a última hora empieza a ser misión imposible. Las procesiones más famosas, como la de Jesús de Medinaceli o el Cristo del Gran Poder, requieren una calculada espera, aunque no son las únicas que han visto crecer el número de personas que buscan un hueco a su paso. Vuelta a la tradición o moda pasajera, lo cierto es que Madrid ha recuperado el esplendor de las procesiones que se había extinguido a lo largo de los diferentes periodos históricos y políticos. Fue en 1561, cuando Felipe II instaló la corte del reino en Madrid, el momento en el que las cofradías conocieron su primer periodo de gloria, coincidiendo con el desarrollo del Concilio de Trento que apoyaba abiertamente este tipo de manifestaciones públicas de devoción a las imágenes como forma de oposición a las ideas protestantes. Durante los siglos XVII y XVIII se organizaban en la capital solemnes procesiones con la participación activa de profesionales de diferentes actividades, que habían empezado a asociarse formando gremios o hermandades para defenderse de otros gremios y de los nobles. Hasta que llegó la primera gran decadencia, en parte debida al abandono de los gremios por resultarles muy costosas las procesiones y, en parte, por la irrupción de la nueva mentalidad ilustrada muy influyente en la corte. En 1777, Carlos III suprime las manifestaciones de penitencia externa de los disciplinantes y el abandono de la Semana Santa madrileña parece llegar a su punto álgido cuando en 1805 el Consejo del Rey decide unificar todas las procesiones existentes en una sola, que recorría las calles la tarde del Viernes Santo. Esta única procesión se mantuvo hasta el siglo XX, acentuándose el profundo declive de la Semana Santa capitalina a causa de otro hecho de relevancia: la desamortización de Mendizábal, que desposeyó a las cofradías aún resistentes de muchos de sus bienes, empeorando todavía más su situación económica.


A la tímida mejora que se produjo durante la Restauración le siguió la Guerra Civil, durante la cual se perdieron muchos pasos. En 1939, las cofradías intentaron devolverle a la Semana Santa madrileña su fulgor perdido a pesar de que la misión no era fácil. Se fundaron nuevas hermandades como la de Jesús del Gran Poder y de la Esperanza Macarena o la del Divino Cautivo, pero durante la recta final del franquismo muchas desaparecieron por completo por falta de participantes. Hubo que esperar a las dos últimas décadas del siglo XX para asistir a la fundación de nuevas cofradías, como la Hermandad de los Estudiantes o la Hermandad de los Gitanos, y a la refundación de otras extintas, como la Congregación del Cristo de los Alabarderos, una de las procesiones más vistosas de la capital gracias a su marco incomparable. Poco a poco, la incorporación de nuevos pasos, la reorganización de las cofradías para mejorar su vida en hermandad y los desfiles penitenciales que se venían haciendo empiezan a dar resultado. La Semana Santa madrileña recupera su brillo perdido – y olvidado – para llegar a 2015 con record de fieles y curiosos, que tienen para elegir entre diversas procesiones e, incluso, para lanzarse a un pequeño maratón sin renunciar a ninguna de ellas.

Así, el Jueves Santo no resulta difícil ver las dos más importantes. La cercanía de los templos de donde parten los pasos y sus largos recorridos entrecruzados hacen posible asistir a ambas en algún punto del centro de la capital. A las 19:00 horas, Jesús Nazareno El Pobre y María Santísima del Dulce Nombre parten de la Iglesia de San Pedro el Viejo – su salida es ya un espectáculo por lo angosto de la puerta y el correspondiente esfuerzo de los anderos - y recorren, desde la Calle del Nuncio, algunos de los rincones con más solera de la ciudad: Puerta Cerrada, Plaza del Cordón, Plaza de la Villa, Calle Toledo, Plaza Mayor, Cava Baja. Una hora más tarde y a pocos metros de distancia, en la Colegiata de San Isidro, ya está todo listo para la procesión de Jesús del Gran Poder y la Macarena, que recorrerá algunos de esos rincones por los que ya ha pasado la procesión que partió una hora antes, y también otros como la Plaza de San Miguel, la Plaza del Conde de Miranda, Plaza del Conde de Barajas o la Calle de Cuchilleros.

El Viernes Santo tiene lugar la procesión que goza de más devoción entre los vecinos de Madrid. La carroza de Jesús de Medinaceli sale a las siete de la tarde de la basílica que lleva su nombre y su recorrido por la Carrera de San Jerónimo, la Puerta del Sol, Calle de Alcalá, Plaza de Cibeles y Paseo del Prado es siempre el más seguido. Mucho más, desde luego, que el trayecto que a la misma hora parte del Palacio Real con los Alabarderos portando su Cristo desde la Plaza de Oriente, pasando por la Calle Bailén, la Calle Mayor, la Plaza de Santiago, Plaza de Ramales, hasta llegar a la Catedral de las Fuerzas Armadas. También a las 19 horas comienza la Procesión del Silencio desde la Iglesia del Santísimo Cristo de la Fe, para recorrer la Calle Atocha, la Plaza de Antón Martín y otros rincones del Barrio de Las Letras, como la Plaza de Santa Ana, la Calle Huertas, Calle Lope de Vega, Calle Quevedo y la Costanilla de los Desamparados. Esa misma tarde, de la Iglesia de Santa Cruz parte la Procesión del Santo Entierro, la del Divino Cautivo y la de los Siete Dolores, asimismo con recorridos por las calles centrales del Madrid más antiguo.

Por último, también la Procesión de la Soledad ha ganado público y resulta, sin duda, una buena opción para volver a acercarse a las procesiones madrileñas o descubrirlas por primera vez. Esta procesión parte el Sábado Santo, a las 16 horas, del Monasterio del Corpus Christi precedida de un desfile de tambores y su amplio recorrido resulta igual de atractivo que el de las procesiones anteriores. Después de atravesar la Plaza de la Villa, la Calle Mayor y Arenal, la procesión llega a la famosa Parroquia de San Ginés. Allí tiene lugar la salida procesional de la Imagen de Nuestra Señora de la Soledad y el Desamparo, mientras que desde el Monasterio de la Encarnación parte la imagen del Cristo Yacente y se incorpora al desfile general por la Calle de San Quintín, la Plaza de Oriente y la Plaza de Ramales, continuando junto a la Virgen de la Soledad hasta llegar de nuevo a San Ginés.

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