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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Salvator Rosa, de Francisco Nieva: el artista frente al poder político

sábado 04 de abril de 2015, 13:33h
Salvator Rosa, de Francisco Nieva: el artista frente al poder político
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Al fin el texto más representativo de Francisco Nieva -quizá la quintaesencia de su estética y de su idea de cómo ha de ser el arte y el teatro-, pasa del libro a la puesta en escena. Un vacío obligado a completar. Un nuevo acierto del Centro Dramático Nacional respecto a la dramaturgia española contemporánea.




Salvator Rosa,
de Francisco Nieva

Director de escena: Guillermo Heras

Escenografía: Gerardo Trotti

Intérpretes: Nancho Novo, Isabel Ayúcar, Alfonso Blanco, Juan Meseguer, Juan Matute, Gabriel Garbisu y Beatriz Bergamín, entre otros.

Lugar de representación: Teatro María Guerrero (Madrid)

Lo ha confesado el propio autor, Francisco Nieva: “Salvator Rosa es –después de La señora tártara- la comedia más ambiciosa, de fondo y forma, que he escrito jamás.” Un texto sin duda soberbio, una escritura con mayúsculas, un ejercicio de estilo deslumbrante, que personalmente colocaría como el número uno de la prosa de Francisco Nieva y en la cúspide de los grandes textos de la dramaturgia española del siglo XX.

Algo extraño debe suceder -algo anómalo, obviamente-, en las artes escénicas de nuestro país cuando una obra magistral del calibre de Salvator Rosa se publica en 1988 y necesita aguardar hasta 2015 para que pueda ser disfrutada en los escenarios. Ni la desidia, ni las envidias vengativas, ni la miopía estética justifican una dilación de esta naturaleza. Pues aunque un texto dramático como Salvator Rosa o El Artista genere un incuestionable placer de lectura, su verdadera intensidad vital, su sangre y su alma, solo se pueden admirar con plenitud sobre las tablas. Y el siglo XXI ha sido muy cicatero con Francisco Nieva, ya que únicamente tres obras suyas han recibido la sanción del público en los escenarios: Manuscrito encontrado en Zaragoza (2003), adaptación de la célebre novela gótica de Jan Potocki, seguido de Tórtolas, crepúsculo y… final (2010), y ahora Salvator Rosa, que debería constituir un aldabonazo para montar una copiosísima provisión de obras, admiradas en libro, pero aún incomprensiblemente sin estrenar.

En su línea, Francisco Nieva rastrea en Salvator Rosa la jugosa expresividad del lenguaje popular, sus desgarros coloquiales, sus flechas efusivas, sus vehemencias afectivas y sus veloces sarcasmos, para aplicarle el hechizo verbal de transformarlo todo en un lenguaje tan sonoro como el bel canto. De igual modo, una magia análoga para involucrar la vida plebeya con una sarcástica y alucinada belleza operística se aprecia en la acción. Una alquimia, pues, para metamorfosear lo vulgar y grosero en una magnificencia repleta de ironía que es lo que constituye el sello singular y asombroso de Nieva en sus creaciones. Están presentes los esquemas rápidos y corales extraídos de la libretos de la ópera, el efectismo visual y la velocidad de escorzos y perspectivas propios de su Teatro Furioso, solo que ahora el tratamiento psicológico de sus personajes, su imprevisible crecimiento hasta alcanzar el carácter de personalidades arquetípicas, hacen que Salvator Rosa o El Artista resulte la máxima expresión de esa categoría que Francisco Nieva denominó “Teatro de farsa y calamidad” para designar a sus textos más desarrollados.

Al comienzo de la función, un cuadro de Salvator Rosa actúa como piedra de toque para desvelar las distintas actitudes mentales de los múltiples personajes del drama. El protagonista central, Salvator Rosa, artista durante la revolución napolitana de 1640 contra el virreinato español en el reinado de Felipe IV, se demora en salir a escena. Le precede uno de sus cuadros, exhibido en la puerta del judío mercader de arte Cebadías. Cebadías, que es un judío optimista, interpreta de un modo positivo el lienzo, mientras que Batuel, judío pesimista, posee una opinión despectiva ante los mismos desnudos representados en él. La hija rebelde de Cebadías, Gezabel, lo comenta desde su propia óptica vital, del mismo modo que su joven amiga Rubina. Otro parecer bien distinto tendrá el pintor español Ribera, maestro del tenebrismo que se opondrá a la sensualidad de Salvator Rosa, permanentemente autosatisfecho y enamorado de sí mismo ante cualquier nimiedad que se le ocurra hacer. Incluso el líder de la revolución, Masanielo -apodo del pescador Tommaso Aniello d’Amalfi-, pasará de largo frente a idéntico cuadro sin prestarle la menor atención, ensimismado en sus soliloquios políticos. Un desinterés de los políticos hacia la obra de arte no menos significativo que la obsesiva observación de los demás. Todos se autodesvelan emocionalmente ante la presencia del lienzo.

A partir de aquí, el furor revolucionario arrastrará a cada uno de ellos a un torbellino impredecible, obligándoles a ejecutar contorsiones de aquelarre en clave precisamente de farsa y calamidad. Una de esas enloquecidas ráfagas de vehemencia será la que enfrente al pintor español Francisco Ribera con Salvator Rosa, poniendo alternativamente la vida de uno en las manos del otro. En el tenebrismo de Ribera, Nieva hace escarnio contra la tradición pictórica ascética y realista española, como una maldición de la que hay que escapar. Ribera conecta estética, intereses y colonialismo: “No me voy a andar con chiquitas. Aquí, bajo la protección española, no se ha de pintar de ese modo. Se hace realismo. Y, si no, se está demostrando ser enemigo declarado del virrey Duque de Arcos y del impuesto de la fruta.” A lo que Salvator Rosa replica con insolencia: “Ahora compruebo que no solo sois aquel eximio pintor de San Andrés cortándose las uñas de los pies, sino una especie de policía que hace del realismo un impuesto.”

Ni decir tiene que las simpatías de Nieva se inclinan sin titubeos hacia Salvator Rosa. No duda en calificarlo como “emérito artista y extravagante ciudadano”, una definición que reproduce casi literalmente la que el dictador Primo de Rivera hizo de don Ramón del Valle-Inclán, al ser detenido en una trifulca bohemia: “Egregio escritor y extravagante ciudadano.” Aunque tras la admirada máscara de Valle-Inclán, se puede adivinar el rostro y las convicciones del propio Francisco Nieva. El teatro, el arte, son para Nieva un vendaval de imaginación, una exuberancia de la fantasía, una fabulación que avasalla la moralidad y las exigencias de lo real, creando universos fantásticos que nacen de los sueños, las pesadillas y los deseos más cambiantes e incontrolables. Salvator Rosa es precisamente el arquetipo de esta cosmovisión del auténtico artista.

El otro vendaval que hace girar las espirales barrocas de Salvator Rosa es la contraposición entre el revolucionario político frente al revolucionario artístico, explorando la naturaleza del arte frente al poder. Masanielo es el que lo encarna. El soliloquio de su primera aparición marca su delirante utopía: “Nada apesta tanto como una muchedumbre que no quiere ser libre. Yo os prometo esa libertad y seréis tan libres, tan libres… que dejaréis de ser muchedumbre.” El tema de las muchedumbres deja entrever una concomitancia con las ideas expresadas en Masa y poder por Elias Canetti. Especialmente de esas masas abiertas y rítmicas, que crecen de forma fulgurante y dan la impresión de acrecentarse sin límites hasta que la fatiga las aboca al vértigo, la fugacidad y una extinción donde parecen devorarse a sí mismas.

Esa volubilidad ya está anunciada por Spadaro: “Hago un partido conmigo mismo y me llevo un tercio de las masas.” Esa fascinación comienza siendo total en Masanielo: “Se ha procurado una caña como vara de mando y el populacho se le rinde como si fuera un rey mago. Y todos gritan lo mismo: ¡abajo los impuestos, viva la abundancia!” Salvator Rosa admira y secunda ese espíritu de sublevación. Pero la llegada al poder de Masanielo le convierte en un tirano arbitrario, alcoholizado por su propia autoridad. Toda una alegoría. Cuando alguien se asombra de que aún así se sostenga su enloquecido poderío: “¡Qué escándalo! Y aún es Masanielo dueño de las masas”, alguien responderá con toda precisión: “Es que las masas son muy adueñables.”

Pero como entusiasmar al pueblo y gobernarlo al mismo tiempo es tarea imposible, la vorágine se volverá contra el ídolo encumbrado por la muchedumbre. Es entonces cuando entra en juego la astucia de artista. Salvator Rosa fingirá ser Masanielo, lo imitará con esa destreza para la falsificación y la mixtificación intrínsecas al creador. Masanielo caerá como un héroe trágico, en tanto que Salvatore Rosa sale victorioso en el huracán de insensatez y pulsiones volcánicas desatadas. Siempre el artista es el vencedor último. A fin de cuentas, la revolución será lo que reflejen los pinceles libres y caprichosos de Salvatore, una vez que los hechos se hayan esfumado y convertido en historia.

Guillermo Heras dirige con mano maestra las volutas de este creciente ciclón, manteniéndose fiel al espíritu barroco de la pieza a través de una paradójica economía de medios. En el amplio elenco descuellan los contrapuntos hebreos de Isabel Ayúcar como la inútilmente malvada Gezabel, Juan Matute en su grotesca recreación de Batuel, y la enérgica fluidez de Juan Meseguer como Cebadías. Pero la obra no alcanzaría toda su intensidad escénica sin la magistral interpretación de Nancho Novo como Salvator Rosa, engrandeciendo sus registros actorales a niveles que desconocíamos hasta hoy. De él nace ese galán egocéntrico y generoso, el artista obcecado y lúdico, el fingidor de sí mismo, el altanero lleno de autoironía, el cobarde que arrostra todos los peligros para salir con bien de todos ellos. Un gran personaje tan arquetípico como tridimensional, lleno de infinitas facetas.
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