La etiqueta #Bringbackourgirls sacudió con fuerza hace un año las redes sociales, y numerosos personajes públicos, como Michelle Obama, abanderaron una lucha que, como ocurre demasiado a menudo, ya casi hemos empezado a olvidar. En todo caso, las más de 200 niñas que fueron sacadas a la fuerza de la escuela de Chibock el 14 de abril de 2014 no eran las primeras que el grupo yihadista Boko Haram secuestraba. Por desgracia, tampoco han sido las últimas. Aunque ya no se hable tanto de ello. En primer lugar, porque a todo acabamos por acostumbrarnos a pesar del horror inicial que producen hechos tan salvajes como los que Boko Haram perpetra de manera continuada en el noroeste del país más poblado de África. Y en segundo, porque este último año ha venido plagado de actos terroristas en diferentes lugares de todo el mundo, moviendo el foco de atención informativa casi sin tiempo a demorarse en ninguno. De manera que, a pesar de la amplia campaña internacional puesta en marcha entonces para exigir la inmediata devolución de las niñas de Chibok, la mayoría de ellas continúan sin regresar a casa con sus familias. Y las noticias que han trascendido acerca del estado de las 57 chicas que lograron escapar de los captores por sus propios medios, solo sirven para poner, aún más si cabe, los pelos de punta. Muchas de ellas han llegado contagiadas de VIH y otras, además, embarazadas a causa de las violaciones múltiples a las que fueron sometidas de manera continuada. En casos aún peores, algunas padecen evidentes síntomas del Síndrome de Estocolmo y una de ellas, incluso, intentó asesinar a su madre, quien sabe si emulando las atrocidades “aprendidas” durante su brutal cautiverio.
Mohammadu Buhari, que ganó las elecciones del pasado 28 de marzo con mayoría absoluta y, además, con el resultado histórico de haber logrado la primera alternancia democrática del país, aseguró, nada más conocerse su victoria en los comicios, que su prioridad es la de terminar con el grupo terrorista que ha asesinado a más de 15.000 personas desde el año 2009. El gobierno de Nigeria, en realidad, lleva años luchando contra el grupo terrorista que percibe la occidentalización como la principal causa de corrupción en el país y, aunque todavía no se haya logrado el objetivo de erradicar por completo a los violentos, los de Boko Haram, encabezados por Abubakar Shekaku, se han visto obligados a concentrarse en las zonas montañosas del norte del país. Y allí, lejos de los cargos e instituciones públicas, sus objetivos solo pueden alcanzar a los civiles. Por supuesto, siempre a los más débiles. A los niños se los recluta a la fuerza para que combatan en sus filas, mientras que mujeres y, sobre todo niñas, acaban convertidas en esclavas sexuales, sumisas esposas de yihadistas o, simplemente, mercancía para vender o intercambiar. También existen clases entre las víctimas, de modo que cuando el pasado mes de julio la milicia yihadista secuestró a la mujer del viceprimer ministro camerunés, lo que se puso en marcha fue una operación para pagar cuanto antes el correspondiente rescate: tres meses después fue liberada sin que se hiciera pública la cuantía del pago.
El hecho de que el nuevo presidente sea musulmán y, además, del norte, donde llegó a ser gobernador, supone que cuenta con un especial conocimiento del problema que se vive en aquella zona amenazada a diario por el terrorismo sanguinario de los yihadistas. Él mismo salió ileso de un intento de asesinato perpetrado por Boko Haram en 2014 y, en todo caso, los expertos aseguran que Buhari no contempla ningún tipo de diálogo con los terroristas. Lo que se propone este militar de carrera es, muy al contrario, redoblar los esfuerzos para acabar con ellos por las armas. Sus colaboradores más cercanos aseguran que el exgeneral siente como propia la humillación de que los países vecinos, como Chad o Níger, hayan tenido que acudir en ayuda de Nigeria y lo único que parece probable es que, a partir de ahora, Buhari quiera ocuparse del asunto recurriendo únicamente a su propio ejército para proteger a la población civil de la remota zona del norte de Nigeria. Alli, Boko Haram sigue empeñado en proclamar un califato como el del EI, estado del que se han declarado oficialmente leales vasallos. El nuevo presidente es consciente, por otra parte, de que sus ciudadanos llevan tiempo preguntándose cómo es posible que el ejército más poderoso de África Occidental, con aproximadamente 88.000 efectivos, no haya sido capaz de frenar el avance de los yihadistas y su cada vez más desarrollada capacidad operativa.
El otro frente que Buhari debe enfrentar sin dilación y con mano firme es el relativo a la endémica corrupción que lleva años campando a sus anchas. Durante la campaña electoral, una de las frases más pronunciadas por el candidato fue: “Si Nigeria no acaba con la corrupción, la corrupción acabará con Nigeria”. Sin embargo, para los más escépticos se trata de una misión imposible. Pero también hubo muchos que estaban convencidos de que tampoco esta vez se lograría desbancar al Partido Democrático Popular (PDP), en el poder desde que Nigeria se convirtió en una democracia en 1999, y, en cambio, por fin ha sido posible. La coalición de cuatro partidos de oposición y el gesto del anterior presidente admitiendo la derrota – hecho poco común en la Historia de África – han conseguido que Nigeria disponga ahora una nueva oportunidad para que la primera potencia del continente haga limpieza de todo lo que perjudica su crecimiento - corruptos y asesinos - en un periodo en el que la caída de los precios del petróleo ha venido a abrir más la brecha entre ricos y pobres. Buhari, defensor de la intervención estatal, se propone fomentar un reparto más justo de la riqueza en un país en el que dos de cada tres habitantes viven por debajo del umbral de la pobreza. Entre sus anunciadas medidas, se encuentra asimismo la de crear empleo en todas las zonas del país a base de diversificar la economía, apostando no solo por el petróleo, también por la agricultura, el comercio y la industria local. Y, por supuesto, recuperar la normalidad en todos los rincones del país para que las niñas puedan volver a ir al colegio sin miedo a ser secuestradas y tener que afrontar un cruel destino decidido por quienes solo ven en la mujer su condición de esclava.