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ENTRE ADOQUINES

Le Pen, devorado por su propia criatura

miércoles 06 de mayo de 2015, 20:06h

El ultraderechista político Jean-Marie Le Pen nunca ha debido de hacer mucho caso al dicho de “quien siembra vientos, recoge tempestades”. O quizás, muy al contrario, haya sido precisamente esta su filosofía. Su modo de hacer política desde que en 1972 fundara el polémico Frente Nacional, un partido por el que hace décadas pocos daban un duro, pero que en tiempos de crisis ha logrado, por desgracia, recoger la cosecha de tanto mal viento sembrado a lo largo de los años. Es probable que el viejo dirigente bretón se creyera un visionario, un iluminado, cuando decidió crear 40 años atrás un movimiento para aglutinar a lo que él llamó “la derecha popular y social”, pero que era, en realidad, algo así como un ultranacionalista punto de encuentro para los dogmáticos de la raza que se creen más que nadie, y ahora lo triste es que en sus filas militen cada vez más (repentinamente) iluminados.

Con un partido racista hasta la médula, no era aquella época, sin embargo, momento propicio para que arraigara el odio hacia los “venidos de fuera” en el conjunto de la Francia igualitaria y fraterna. Pero, de forma incomprensible, Le Pen no solo resistió aireando sus ideas xenófobas, sino que, para colmo, fue creciendo en lo que parecía un desatino político, hasta llegar en las elecciones europeas del pasado año a que su partido fuera la fuerza más votada. Dicen los analistas políticos que el éxito no es, en todo caso, suyo. Más bien se le atribuye a su criatura, Marine Le Pen, quien desde 2002 empezó a sacar los pies del tiesto paterno con el objetivo de imprimir un sello nuevo a tan arcaico invento. Renovarse o morir, pensó la hija, a quien Manuel Valls acusa de ser igual de extremista y xenófoba que su padre aunque se vista con ropas algo más discretas. Un disfraz, simplemente, a juicio del primer ministro galo, alarmado como muchos de que los Le Pen, padre o hija, se lleven tantos votos de un electorado descontento y terriblemente despistado. No sólo en Francia, también en otros países europeos cuyos habitantes se dejan convencer por quienes prometen peregrinas soluciones basadas en recetas que nada tienen que ver con la gestión de un país, esa particular “empresa” de la que dependen el presente y el futuro de todos nosotros.

En cualquier caso, Jean-Marie Le Pen, lejos de disfrutar del avance de su formación, ahora está pasando las horas bajas que, con su carácter déspota y altanero, seguramente pensó que nunca le llegarían. A él, no. Pero como los vientos al final siempre pasan factura, el recalcitrante provocador que jamás ha considerado a Pètain como un traidor se encuentra, a sus 86 años, recogiendo inesperadas y violentas tempestades. El comité ejecutivo del partido que él fundó acaba de suspenderle la condición de militante, a raíz de unas declaraciones filonazis que realizó hace un mes en relación a las cámaras de gas utilizadas para exterminar judíos durante la II Guerra Mundial. Aquellas habitaciones de la muerte eran, en opinión del fundador, solo “un detalle de la historia”. Lo que llama la atención es, por supuesto, que después de décadas escuchando desbarrar a Le Pen con declaraciones igual de denigrantes y peligrosas, ahora su partido se lleve las manos a la cabeza y diga no identificarse con dichos postulados. La realidad es que su hija Marine no quiere quedarse en las puertas de una segunda vuelta en las presidenciales, cuando todas las encuestas coinciden en que volvería a ser la formación con más apoyos en la primera si se celebrasen ahora las elecciones. Por eso ha dedicado los últimos años a renovar el discurso patriota de su progenitor, mezclando propuestas clásicas de la ultraderecha, como el férreo control de la inmigración, con proclamas antieuropeas así como ideas antiglobalización tomadas de la extrema izquierda, porque al final son los extremos los que siempre acaban tocándose por muy alejados que se empeñen en mostrarse. De modo que, venganza familiar o no, Marine no estaba dispuesta a que su padre siguiera abriendo la boca para echar por tierra su afán de recolectar votos fuera de esa parte del electorado que comulgaba con las proclamas trasnochadas de su padre. Y le ha cortado la cabeza.

Sin ganas o posibilidad alguna de “relajarse”, Jean-Marie Le Pen ya ha declarado que siente vergüenza de que la presidenta del FN lleve su apellido. “No reconozco ningún lazo personal con alguien que me ha traicionado de manera tan escandalosa”, decía a los medios nada más conocerse la suspensión de quien se creía intocable, repudiando a su hija como acto final o simple batalla crucial en la guerra que Jean-Marie y Marine se declararon en 2011. Al menos públicamente, porque no resulta descabellado pensar que en casa los cañonazos llevarán mucho más tiempo disparándose a mansalva. Y más que se esperan, porque el patriarca ya ha tirado de genes para no quedarse solo frente a la díscola y ambiciosa Marine, quien dentro de no mucho tendrá que batirse con Marion Le Pen, su sobrina y nieta leal, por el momento, a su abuelo Jean-Marie. Nacida en 1989 y diputada con solo 22 años, seguro que de pequeña aprendió en casa a devorar al contrincante. Aunque sea de la familia o precisamente por ello.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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