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TRIBUNA

No sin mi madre

Juan José Vijuesca
miércoles 06 de mayo de 2015, 20:09h
Que se celebre el Día de la Madre me parece una buena idea, es algo que traemos de antiguo y no se hable más. Ahora bien, que a las madres, a las buenas madres, se entiende, se las dedique una ofrenda de tan sólo 24 horas al año, me parece un crimen. El homenaje a una madre no puede caer en el mismo saco que cualquier otro tópico de los que inundan el calendario festivo. Por poner ejemplos tomados al oído: Día sin humo; Día sin ruido; Día sin Remedio; Día de la Marmota; Día de la Bestia; Día de la Bicicleta; Día del Peatón; Día de Mañana; Día de Star Wars; Día de las habas contadas.., y así hasta que ustedes quieran. Ya me dirán qué flaco favor hacemos a quienes nos dedican 365 días, con sus noches y su canesú para tenernos como auténticos pinceles y como unos ejemplos de degustación, no sólo por el barrio, si no allá donde vayamos e incluso en el más allá, pues nunca nos dejan de aconsejar que la camiseta es una prenda de abrigo, incluso en el verano más tórrido de la sabana africana, que luego a buen seguro refresca y no hay que confiarse.

Una madre merece el subsidio de la gratitud de por vida, es decir, siempre. Matizo por si acaso alguien aún no se ha percatado de aquellas madres que estén ausentes. Una madre no se desgata jamás. Una madre cuando te lava la ropa, el aclarado lo hace con lágrimas de ternura para que la camisa te acompañe con su perfume. Una madre duerme con tus mismos sueños por si a media noche te despiertas. Una madre, cuando te arropa por las noches, lo hace por consideración al frío. La cocina de una madre nunca amenaza al comensal ni quebranta la ley del paladar. Una madre te dona el recetario para que sus sabores te aproximen a los que han de venir. Una madre guarda para sí cualquier ruido que venga del otro lado. La sonrisa de una madre carece de vertidos tóxicos. Una madre envasa al vacío el aurea de sus hijos para perpetuar su luz. Una madre hace suya la enfermedad de sus hijos para curar los desvelos; todo eso y más, sin contar que la chistera de una madre almacena más recursos que IKEA. En definitiva, una madre es el mejor invento de la humanidad.

Me quedo corto en definiciones, lo sé, pero la fatiga de contemplar que el calendario marca un convite tan poco intuitivo con las madres, me obliga a tomar aire para no callar. Así pues, de todas las celebraciones, conmemoraciones o festejos de un solo día, éste me parece abrasivo, no porque no deba hacerse, que sí, pero con generosidad de trato para siempre, o sea, con un reloj que no marque las horas.

Y tras el conciso resuello, permitan que continúe. Una madre no necesita un día, ni uno solo para demostrar su osada valentía, su arrojo, sus ovarios –con perdón- cuando se trata de crear familia, reunirla, unirla y salvarla de cualquier naufragio. Una madre transfunde toda su sangre a la propiedad de sus hijos para luego alimentarse solo a base de caricias. Las canas de una madre son en realidad espigas de plata en donde el crepúsculo flirtea con los destellos. El silencio de una madre guarda el secreto de lo bienamado, por eso en ella no cabe otra cosa que amar y no dejar nunca de amar aunque sea a escondidas. Una madre, por poner un reciente ejemplo, es como la señora Toya Graham, la “supermadre” de Baltimore, que nada más ver a su hijo por la televisión lanzando piedras contra la policía, salió a la calle y lo sacó a tortas de la violenta manifestación. “Él tiene 16 años y está en la calle, pero no quiero esto para él” añadió en una entrevista. “No es un chico perfecto, pero es mi hijo” agregó.

Créanme, soy padre y también fui hijo. Les contaré que nací en casa, rodeado de la comadrona, mi padre, mi hermano, una tía mía y unas cuantas vecinas. Por aquél entonces no existía aún lo del selfie, de manera que tanta expectación me resultó chocante; sin embargo, les confieso que nada más nacer lo primero que vi fue el rostro de mi madre. Sus manos sobre mi cuerpo me dieron la piel que ahora tengo. Sus ojos son ahora mi vista. Su calor es ahora mi abrigo. Su bondad es ahora mi madurez. Su cariño será mi vejez; en definitiva, su vida será siempre mi eternidad.

Con amor para todas las buenas madres, en un día cualquiera, faltaría más.
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