www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

NOVELA

María Dueñas: La Templanza

domingo 10 de mayo de 2015, 13:35h
María Dueñas: La Templanza

Planeta. Barcelona, 2015. 544 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 12,99 €

Por Rafael Narbona

Alguien ha comparado a María Dueñas con Jane Austen; otra pluma -no recuerdo el nombre- ha citado a Virginia Woolf. Me temo que ambas comparaciones son extravagantes y desmedidas. Jane Austen hizo literatura con un material de escasa originalidad: romances, desengaños e idilios improbables, protagonizados por la clase media inglesa de finales del XVIII e inicios del XIX, con la vida rural de telón de fondo. Sin su increíble talento para la trama, el clímax y los personajes sus novelas resultarían pueriles, y habrían caído en el olvido. Austen es un raro ejemplo de virtuosismo técnico, capaz de transformar lo banal y cotidiano en prodigio estético. Woolf es una escritora completamente distinta. Su prosa innovadora y poética se despeña por los abismos de la psique humana, desintegrando la razón y pulverizando las reglas de la novela realista. No advierto ningún parecido entre María Dueñas y Virginia Woolf, y solo alguna semejanza superficial con Jane Austen.

La Templanza narra la historia de Mauro Larrea, un indiano que hace fortuna en México con la minería. Ambicioso y emprendedor, proyecta incrementar su patrimonio, explotando la mina de las Tres Lunas con maquinaría norteamericana, pero la Guerra de Secesión malogra sus planes. Completamente arruinado, se traslada a La Habana, donde un golpe de suerte en una partida de billar le convierte en propietario de “La Templanza”, un finca con viñedos ubicada en Jerez de la Frontera. Viudo y con dos hijos, regresa a España, con la intención de recobrar su posición social. Las bodegas se hallan en un estado ruinoso, pero Larrea se propone devolverles su esplendor. La aparición de Soledad Montalvo introduce un giro inesperado en los acontecimientos. Casada con un comerciante de vinos inglés, Soledad vivía en “La Templanza” hasta que su familia comenzó su declive económico y social. No es menos ambiciosa que Larrea y no le causa ningún problema prescindir de los escrúpulos para conseguir sus metas. Ambos son amorales, soñadores, turbulentos, apasionados.

Austen urdía tramas menos truculentas, pero sus novelas se sostenían igualmente sobre los conflictos sentimentales, cuyas tensiones se resolvían elegantemente con un final que no dejaba ningún hilo suelto. María Dueñas logra mantener la expectativa del lector, pero carece de la penetración psicológica de la escritora inglesa. Sus personajes son planos y previsibles, y el tono melodramático resta credibilidad a las situaciones. La documentación minuciosa y el estudio de los escenarios donde se despliega la acción solo contribuyen a fomentar la sensación de obra prefabricada, sin una pizca de originalidad o riesgo. Los diálogos acumulan un tópico tras otro, reproduciendo la atmósfera de las teleseries. No hablan los personajes, sino los estereotipos y los convencionalismos.

La prosa de La Templanza es pobre, funcional, sin una chispa de belleza. Quizás deba atribuir mi severo juicio a que yo identifico la literatura con Pedro Páramo, El Jarama, Tiempo de silencio, El siglo de las luces o las Sonatas de Valle-Inclán. Desgraciadamente, vivimos en la época de Harry Potter y Ken Follet. Solo un puñado de lectores se adentra en las páginas de Sebald, Coetzee, Samuel Beckett o Thomas Bernhard, con su áspera interpretación de la condición humana y su nihilismo irreductible. Creo que María Dueñas pertenece a la estirpe de Margaret Mitchell e Isabel Allende, pero está muy lejos de Virginia Woolf o Jane Austen. Por técnica, profundidad y capacidad intuitiva. Imagino que estas cuestiones no le quitan el sueño a las editoriales ni a los lectores hambrientos de evasión y entretenimiento. La literatura es una aventura, no una manera de matar el tiempo debajo de una sombrilla de playa. España ha producido un Siglo de Oro y una Edad de Plata. Sería inútil buscar en el panorama contemporáneo un García Lorca, un Antonio Machado, un Valle-Inclán, un Juan Ramón Jiménez o un Ortega y Gasset.

Pienso que la literatura española necesita una profunda renovación, una especie de Modernismo, un término que Ricardo Gullón extendía a los escritores del 98 y la Generación del 14. El Modernismo no fue una síntesis del simbolismo y el parnasianismo, sino un reencuentro con la belleza que cristalizó en grandes hallazgos verbales y narrativos. Solo en 1902 se publicó la Sonata de Otoño, de Valle-Inclán; Camino de Perfección, de Pío Baroja; La voluntad, de Azorín; Amor y pedagogía, de Miguel de Unamuno; Soledades, de Antonio Machado; Arias tristes, de Juan Ramón Jiménez. Todos estos libros expresan una búsqueda, un riguroso ejercicio de introspección y reflexión canalizado por medio del lenguaje. Sin esa motivación, no hay literatura, sino negocio y esparcimiento, como es el caso de La Templanza. No hay nada que objetar, mientras se deje claro este hecho.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.