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POESÍA

José Manuel Caballero Bonald: Desaprendizajes

domingo 10 de mayo de 2015, 13:45h
José Manuel Caballero Bonald: Desaprendizajes

Seix Barral. Barcelona, 2015. 128 páginas. 17 €. Libro electrónico: 9,99 €.

El nuevo poemario del Premio Cervantes redobla su sabiduría y brillantez en estos 110 poemas en prosa donde el yo lírico realiza un desaprendizaje de lo ya consabido.

Por Francisco Estévez

Tras la reciente concesión del Premio Cervantes en 2012 nos llega ahora nuevo poemario de José Manuel Caballero Bonald. De cierto, estamos ante uno de los libros notables del año en curso. No solo por la talla poética del andaluz, que firma una obra cada vez más acendrada, sino quizá más aún por la constancia del esfuerzo, esa pugna reiterada con el lenguaje. O si no de qué manera podría superar ese testamento lírico que supone Entreguerras (2011) quien ya había reunido el mismo año su poesía en Somos el tiempos que nos queda. Obra poética completa 1952-2009. El retrato de su producción advierte de un escritor que rebasó estéticas, a pesar de ser uno de los poetas del medio siglo pasado. (¿Abandonamos de una vez por todas esa acuñación manida de generación del 50?). No está de más subrayar lo evidente: José Manuel Caballero Bonald es ante todo poeta.

Por más que sea notable narrador ya desde el resonante estudio sobre el destino aciago del hombre en Dos días de septiembre (1962) y las logradas Ágata ojo de gato (1974) y Campo de Agramante (1992). Tampoco debe despreciar el buen lector sus memorias agrupadas ahora en La novela de la memoria (2010), donde por encima de temas y argumentos resulta continua la reflexión sobre la escritura desde una profunda conciencia temporal y espacial de la voz lírica deseosa de formular otros lenguajes. Precisamente de este nutrido deseo parte y vive su poesía con asiento mítico en la tierra andaluza de Argónida, que esconde la recreación del Coto de Doñana. Ya sus primeras adivinaciones metapoéticas revelaron la constante búsqueda lingüística de raíz juanramoniana y carácter aleixandriano.

Con Pliego de cordel (1963), empapado de existencialismo, viró hacia el compromiso social con la mirada puesta en el “vosotros”. El relieve crítico alcanza plenitud en Descrédito del héroe (1977) y con los poemas en prosa de Laberinto de fortuna (1984) se antoja ya una complicada remembranza de laberintos y ocultos callejones a explorar. El poeta jerezano es representante de cierto barroquismo, pero entendido como pugna sintáctica con el lenguaje a contraposición. De ahí se puede entender su invocación al concepto de obra en marcha juanramoniano, pues conviene advertir: Bonald reescribe siempre sus poemarios con afán de perfilar mejor. Lo cual, sin duda, moderniza poemas que de otro modo serían cosa muy distinta.

Es legítimo pero ello no debe falsearnos la importancia histórica y el alcance estético de cada poema en su momento de publicación. Al reeditar siempre revisa. Pero no solo. Buena muestra en este libro es la nueva versión del poema “El retrato” ya aparecido en Anatomía poética (2014), escrito junto al pintor José Luis Fajardo. El poema en cuestión es una penetrante écfrasis psicológica del Góngora velazqueño donde “el pintor es ya el poeta y, al revés, el poeta ya es el pintor”.

Desaprendizajes son 110 poemas en prosa divididos en tres secciones donde el yo lírico se sabe todavía a tiempo para reconstruir y reescribir “desaprendiendo al fin lo consabido”. Como no puede ser de otra manera la voz resulta crepuscular y valorativa del recuento de haberes vitales. Tiene la certeza de que para poder olvidarlo todo se precisa antes evocarlo todo, verbalizar la experiencia, dar carne humana a la dicción para que con el tiempo no se angoste a diferencia de nuestros cuerpos (“Estoy oyendo el límite del signo”). Pues toda escritura desdobla al buen escritor en otra alteridad textual: “El que soy y el que fui se juntan, se interfieren a menudo y fingen ser el mismo”.

Caballero Bonald es poeta de pensamiento y “escritor discontinuo, o a rachas”, como admitió hace tiempo. En estas páginas se nos presenta como aquel monje absorto con el trino del pájaro, en la tradición de la silva de Quevedo “una pluma canora, un canto alado”. La modernidad, la reflexión, la traducción y obsesión del signo poético, el diálogo vivo con su obra son otras vetas presentes (obsérvese, notas todas de urdimbre juanramoniana). Hay de todo, bien variado y de distintas calidades. Incluso las imposturas de nuestra tierra española tan maltratada también tiene cabida en el libro (“Su oscuridad, su luz”) y también si, ¡ay!, la actualidad bélica de nuestro planeta en “Casus belli”. Hay una elegante reflexión lingüística sobre la condena que supuso la diáspora de Babel en “Todo lo subterránea tiene un orden”.

El desalojo de la memoria lo muestra con excelencia en “Y quedeme no sabiendo” con imágenes fulgurantes como esa “alacena que ha sido desposeída al amanecer por la desesperación”. El hechizo del arte poético queda consignado en “Poemas heroicos” o en “Idioma de Poseidón”. Tropezará el lector hasta con un Credo laico en “Antídotos que el tiempo inutiliza”. “Al acabar el día” expresa claros repudios: “Ese maldito bar que en noches deplorables se reencuentra conmigo, cuando ya no es posible que el rencor cierre las puertas de la madrugada”, del mismo modo en que a Pablo Neruda el olor de las peluquerías le hacía llorar a gritos. Pero conviene destacar que el tema poético es ya accidental en Caballero Bonald como bien expresa “Opera omnia” a sabiendas de que las certezas son solo recurso para el dogmático. Para el poeta acaso el más humano de entre todos los seres “nada es palmario ni veraz, todo es versátil y azaroso”. Búsquese pues en otro lado las respuestas aquí solo hay “preguntas imprecisas, volubles, provisorias” ya que “más que la percepción de la palabra importa el silencio que ocupa”.

Tengo por central el poema “Desposesión” donde Caballero Bonald ahorma con mayor precisión el tono del libro entero: un aligeramiento de carga, un destierro del propio cuerpo que debe acompañar ese desaprendizaje hasta “el ascenso hacia vivir de lo incorpóreo” en busca del otro, del doble, para encontrarse a sí mismo. Sabedor de que “lo intransitable de la historia nos impide volver al peligroso punto de partida”. Rematan el libro unas notas finales a ciertos poemas que esclarecen o bien su biografía o sus ecos literarios. Con Desaprendizajes se extrema el conocimiento de la vivencia poética sin alharaca ni nostalgias de repertorio. Muy al contrario se aviva en la certidumbre del que habita la noche (léase “Pernoctaciones” y recuérdense los Himnos de Novalis). En definitiva, la voz de Caballero Bonald con timbre legendario adquiere en este poemario su autenticidad más plasmable. Encontramos aquí la hermosa “palabra de irredenta fugacidad” y junto al poeta se podrá “reconstruir tu casa, reescribir tu historia, desaprendiendo al fin lo consabido”.

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