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Reino Unido: la cara oscura del nacionalismo

Juan José Solozábal
martes 12 de mayo de 2015, 19:07h
Son legítimas todas las lecturas que puedan hacerse de las elecciones británicas, siempre que utilicen argumentos atendibles. Desde este punto de vista la interpretación que resalta los réditos electorales de una política económica exitosa es plausible. Sin embargo desde otras perspectivas los resultados de los recientes comicios en el Reino Unido son bastante preocupantes, sobre todo si se piensa en una extrapolación, aunque sea cautelosa, a nuestra situación política.

Creo que han sido unas elecciones resueltas en clave nacionalista, siendo el argumento de este tipo especialmente nocivo por su irracionalismo y carácter retrógrado, preñado como está además de insolidaridad, y enemigo como es de la estabilidad política. En nacionalista se ha votado obviamente en Escocia, donde el apoyo al SNP ha sobrepasado, en virtud también de un sistema electoral perverso que ha dejado sin representación alguna a los conservadores escoceses y reducida a la mínima expresión a los laboristas, a los que votaron a favor de la independencia en el reciente referendum, pues como se recordará esta opción resultó derrotada. Parte del electorado escocés ha podido pensar que votar laborista era colocarse en el lado perdedor, mientras que el apoyo al partido nacionalista, con una clara orientación socialdemócrata, no tratándose de la independencia, era reforzar las opciones de un posible gobierno progresista en Escocia. Son ciertamente votos prestados a los nacionalistas, lo que muestra una capacidad polivalente que a veces es descuidada por quienes reparan solo en el componente retardatario del nacionalismo identitario. Otra parte del electorado ha podido creer que el apoyo al nacionalismo puede espolear el cumplimiento del programa devolution max que el insensato de Cameron hubo de prometer finalmente para salvar el tipo con ocasión del referendum. Por cierto que de la federalización de Gran Bretaña, más difícil de lo que parece, frente a lo que puedan creer autores como Timothy Garton Ash o el editorialista del The Economist, no se ha sabido nada desde entonces. El nacionalismo escocés copa ya todas las estructuras de poder en Escocia y, prescindiendo por ahora de la amenaza del referendum, pasará a la fase de la construcción del país(¿les suena, no?), adelantando de hecho una diferenciación de la sociedad que solo necesitará de un pequeño empuje para la culminación política, esto es, la independencia, dentro de una Confederación británica. Una visión pragmática de la independencia, para nada por tanto agónica, que muchos ven como inevitable e incluso deseable(“bastantes problemas actuales desaparecerían si una amistosa Escocia ocupase su lugar en una confederación británica”, dice Neal Ascherson en el último número de The Observer).

Pero en nacionalista se ha votado también en el resto del Reino Unido, quiero decir en Inglaterra, principalmente. Muchos ingleses han rechazado la posibilidad de que un débil gobierno laborista quedase en manos de los nacionalistas escoceses, dependiendo de su apoyo parlamentario. Ante esta humillación (otros preferirían llamarlo chantaje), al orgullo inglés algunos ciudadanos han rebajado su lealtad partidaria y han confiado en la capacidad de dique del partido conservador. Sin duda la apuesta por introducir el argumento nacionalista en el debate político ha teñido de irracionalidad la contienda electoral (primero la nación es un argumento simplista y claramente perturbador dado su componente básicamente emocional, también cuando lo utiliza el estado); pero sobre todo ha reforzado al nacionalismo escocés, pues los nacionalismos perecen, según se sabe, sin antagonismos mutuos. El antídoto al nacionalismo, si existe, no es la intransigencia, esto es, “el pararlos en seco”, sino la flexibilidad y la integración: la apertura del discurso político a actitudes inclusivas y complejas. Cada vez el partido conservador (¿solo de Inglaterra?) se aleja más de la moderación, presionado como está por el empuje de sus propios ultras y las oportunidades que da el nacionalismo de enfrente.

En esta clave nacionalista hay que ver la explotación electoral por el partido conservador de la promesa de un referendum sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea para el 2017, que en modo alguno debe considerase como un ejercicio de democracia, siendo como es una muestra de irresponsabilidad y deslealtad. Cameron no ganó el referendum contra la independencia verdaderamente, pues su consecuencia fue un nacionalismo escocés reforzado y una descentralización problemática, y en cualquier caso disponible antes del referendum. El referendum de Septiembre de 2014 constituyó una apuesta oportunista con un alto riesgo para la estabilidad británica y para el propio sistema europeo, que reposa sobre el mantenimiento de la integración territorial de los estados de la Unión. De un verdadero líder ha de esperarse un esfuerzo por encontrar una solución razonable de los problemas políticos, de modo que, en este caso, se encare correctamente el sentido de la pertenencia del Reino Unido a la Unión, que no puede ser forzada a la opción entre la rendición y la aceptación de su desmembramiento. Lo que Gran Bretaña requiere es un debate sobre los términos de su permanencia en la organización política europea, que no se lleva a cabo convirtiéndolos en un tema de contienda política. De otro lado un líder responsable no puede ignorar los costos que para la Unión tiene su cuestionamiento por un miembro que constitutivamente lo integra, como es, con todas su peculiaridades, el Reino Unido. La Unión europea ha de dar pasos en su integración, para convertirse en un sistema federal, alejándose de replanteamientos que sitúan la cuestión nuevamente en el terreno de la soberanía nacional.

Un último apunte sobre una problemática que nos afecta en este momento en que la frivolidad puede estar aconsejando a algunos incrementar los rasgos mayoritarios en el sistema electoral, por ejemplo en la composición del Senado federal que proponen. En países con fragmentación territorial como el Reino Unido, el sistema mayoritario otorga la representación a la fuerza ideológica local y disminuye el peso de los partidos nacionales que, de este modo, no pueden contrapesar los estímulos particularistas nacionalistas. Esto no solo es injusto, al llevar a la insignificancia política a sectores importantes de la sociedad-conservadores y laboristas se quedan prácticamente sin representación en Escocia; como de otro lado ha ocurrido con el UKIP el partido ultranacionalista británico que con casi cuatro millones de votos ha conseguido solo un escaño-, sino potencialmente explosivo desde el punto de vista de la integración territorial.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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