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EN EL CENTENARIO DE GINER

Francisco Giner de los Ríos y los redentores de buena fe

jueves 14 de mayo de 2015, 17:15h

El sábado 6 de julio de 1907, Francisco Grandmontagne abría la primera página del diario El Imparcial con un punzante artículo sobre “El redentorismo nacional”. La redención nacional se había convertido, en sus palabras, en el centro de las elucubraciones de oradores, publicistas y “los filósofos de periódico”, que por desgracia eran –a su juicio– los únicos que quedaban, porque nada grande existía ya en una “época chica” como la que vivía España.

Pero el verdadero problema no radicaba en el hecho de que “Nuestros redentores políticos son vehementes de boca y fríos de corazón”, sino en que “Entre la malicia y el desengaño tienen inerte al entusiasmo público”. El pesimismo había corroído, como el cuervo de los mil picos de Schopenhauer, la voluntad colectiva, de manera que “El pueblo no cree ya en los redentores, ni en los malos ni en los buenos”. Era un problema bifaz, de corresponsabilidad, porque si “Mal andamos de predicadores, aún andamos peor de sentido auditivo general”.

Y es justo en ese punto donde Giner de los Ríos entra en escena. A “el más alto y altruista de nuestros redentores” apela el periodista porque Giner no esperaba nada de los redentores, sino de la acción colectiva. Es en el pensamiento sociológico de Giner, que entronca con la moderna ciencia social, donde encuentra Grandmontagne el quid de la cuestión: “En la sociedad –organismo psico-fisico– dice el querido maestro el impulso y la orientación general nacen del fondo de la vida, no de su órganos particulares, de una institución, de un determinado individuo”.

Las grandes transformaciones sociales no podían venir, como sostenían importantes pensadores de la época ni de los genios, ni de las grandes individualidades. Giner en su creciente cultivo de la ciencia social desde finales del siglo XIX se desmarcó tanto de las minorías selectas (la élite de Le Bon) como de la moral de los señores de Nietzsche, cuya crítica abordó específicamente en varios trabajos en la última etapa de su vida. En 1904 escribía en Alma Española que aquella “fuerza directora que no aspire ante todo a despertar la energía siempre latente en las raíces de la sociedad, fracasará sin remisión”. Y remataba su aserto con una gráfica metáfora: “Si no hay vapor, ¿qué importa el maquinista?”.

Desde la convicción de que “todo es obra de todos” y de la necesidad de generar esa energía social capaz de redimir –en sentido literal– a su patria, a sacarla del dolor y la penuria en la que en su opinión se encontraba, es como llegó a la idea de la educación como verdadera obra regeneradora. La enseñanza –decía al inaugurar el curso 1880-1881 en la ILE, aún separado de su cátedra universitaria– es la fuerza civilizadora que ejerce el mayor y más íntimo influjo en la sociedad.

No era un iluso en esto. Giner sabía que esa era una semilla de lenta germinación, y que partía de un campo cultivado aún de forma paupérrima. Pero era la senda clara por la que había que caminar si de verdad se deseaba la mejora del hombre y el progreso de la sociedad. El camino podía ser más lento o más rápido, pero –aseveraba– “Lo único seguro es que no hay otro”.

Camino que, a su vez llevaba aparejada otra redención no menos importante, la interior, la que parte de la conciencia de cada individuo y alcanza una plenitud moral de la que carecían los propios redentores. En palabras de Giner había que “redimirse por dentro” lo primero.

Esa es la razón por la que desde las columnas de El Imparcial se miraba hacía “nuestro gran Giner”, porque él había puesto su esperanza “en el vórtice del espíritu colectivo, en el centro del torbellino vital, en la conciencia, en fin, del pueblo”.

Para Giner, desde su pensamiento de juventud, junto a la nueva ciencia política había que edificar una ciencia social. El centro de ésta era la sociedad, diferenciada del Estado, como fruto de la natural sociabilidad del hombre, no como fruto de ningún pacto pragmático para salir de supuestos estados de violencia en los que los hombres luchen entre sí como lobos o de un contrato social.

En la superación de las antinomias sociopolíticas que caracterizó el pensamiento de Giner, el individuo y el Estado no estaban frente a frente –como aseguraba Spencer–, ni eran antagónicos. En el tenso equilibrio entre ambos, a la vez que superando el individualismo o el egoísmo a él asociado –que Giner criticaría siempre con dureza–, se situaba la sociedad de donde debía partir buena parte de la actividad en todos los órdenes de la vida. De ahí la importancia concedida a la libre asociación de los individuos para perseguir sus fines, que solo se podían cumplir integralmente en colaboración con los demás, socialmente.

Quizá este sea un aspecto menos conocido del pensamiento de Giner que su pedagogía innovadora, pero no reviste menor importancia, ni deja de tener una fructuosa lectura actual. Quizá porque tampoco hubo nunca exclusivamente esas dos Españas arraigadas en una visión dicotómica que no se ajusta a la realidad histórica.

Quizá porque no tuvieron gran éxito quienes como Giner construyeron un pensamiento político y social que pretendía sustituir el conflicto entre elementos creados en el discurso para polarizar –y simplificar– la realidad, luchas de clases o entre pobres y ricos, tradición y progreso, reacción y revolución, etc. etc. El lenguaje de la exclusión se impuso frente al de la conciliación, al que proponía la armonía social, pero eso fue debido a un cúmulo de circunstancias históricas, no a la imposibilidad inherente a otra pluralidad de opciones, de visiones y de pensamientos.

También hubo redentores de buena fe. Giner de los Ríos fue uno de ellos y por eso merece la pena su recuerdo.

Gonzalo Capellán

Doctor en Filosofía y Letras

GONZALO CAPELLÁN es doctor en Filosofía y Letras y profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de la Rioja

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