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EN EL CENTENARIO DE GINER

Giner y la Generación del 68

jueves 14 de mayo de 2015, 17:20h

Empleamos la etiqueta generacional para identificar a grupos de personas nacidas en años próximos, formados en tal caso en circunstancias vitales e históricas similares, y con una serie de rasgos comunes, siendo habitual emplearla para agrupar a intelectuales. La más conocida es la Generación del 98, y entre los filósofos, aunque no limitada a ellos, destaca la Generación del 14, que tuvo como figura emblemática a Ortega y Gasset. La historiografía reciente no ha conservado, sin embargo, otra etiqueta que se formó y devino habitual durante la decadencia finisecular de la Restauración, la de «Generación del 68»; con ella se aglutinaba a políticos destacados del Sexenio Revolucionario pero, sobre todo, a los filósofos, juristas y científicos que impulsaron la Revolución de 1868 y actuaron social y políticamente durante el mismo Sexenio, los cuales, además, y a pesar de su marginación institucional al reinstaurarse la monarquía borbónica en 1874, mantuvieron una intensa e influyente actividad política, social y científico-intelectual a lo largo de toda la Restauración con el fin de lograr una pacífica renovación nacional; fue esto último lo que les granjeó un especial prestigio y convirtió en líderes emblemáticos al precipitarse la crisis de la propia Restauración. La Generación del 14, que detestaba el periodo restauracionista, tomaba directamente el testigo de aquellos intelectuales ya envejecidos, como prueba la necrología que escribió Ortega en 1917 con motivo del fallecimiento del que venía a ser considerado el último miembro generacional, Gumersindo de Azcárate: «Y acontece que en el regazo de cada época conviven siempre tres generaciones: los abuelos, los padres, los hijos. Así hemos habitado el mismo girón el tiempo los hombres de la República, los hombres de la Restauración y los que aún tenemos blanco y sin armas el escudo. Pues bien, nada acaso indica mejor cuál será el futuro español, como notar el hecho de que los hombres con el escudo blanco sentíamos mayor afinidad con los hombres de 1869 que con los restauradores». De ellos no atraía tanto la época concreta que les daba nombre, esto es, la frustrante experiencia del Sexenio, cuanto lo que rodeó su acción antes de él, durante el mismo y, sobre todo, en el periodo siguiente de la Restauración; de ellos, dice Ortega también, «no era, ciertamente, su República lo que nos atraía», sino «su sentido moral de la vida, su anhelo de saber y de meditar». Ellos eran para los del 14 «supervivientes de una época que nos parecía más heroica, más enérgica, de mayor frenesí espiritual, sobre la cual había venido luego un diluvio de corrupción, cinismo y desesperanza».

A pesar de las buenas relaciones que mantuvieron con los integrantes de la Generación del 98, los de la del 14 echaban en falta en ellos una acción social y política comprometida así como un proyecto específico compartido basado en unos principios filosóficos y científicos comunes; los del 98 eran, al fin y al cabo, producto mismo de la Restauración. Así lo refleja el pedagogo institucionista Luis de Zulueta en un artículo de 1924, cuando en plena Dictadura de Primero de Rivera confiaba en la formación de una nueva generación que él preveía para 1828; en «1868-1898-1928. Tres Generaciones» señalaba que la del 98 no fue una generación «política, como la anterior, la generación del 68. No ha creado un partido ni tampoco una escuela filosófica. Sus hombres», continuaba, «han actuado con personal independencia o se han adscrito, eventualmente, a muy diversos bandos»; ella fue, en resumen, una generación «crítica, individualista y literaria». En cambio, los del 68 son quienes «conservaron la fe entusiasta o, por lo menos, la integridad de sus convicciones a través de la prosaica etapa de la Restauración y la Regencia, mientras la mezquina política de turno sacrificaba el ideal interior al orden externo».

Fue ésta una generación emprendedora, con libre acción colegiada y eminentemente científica. Si algo destacó de ella, era su compromiso común en la forma que Ortega lo planteaba en Misión de la Universidad: «la historia no la hace un hombre, por grande que sea. La historia no es un soneto ni es un solitario. La historia es hecha por muchos: por grupos humanos pertrechados para ello». La Generación del 14 añoraba y quería revitalizar esa generación que ya en 1905 describía Zulueta con nostalgia por la vejez de sus integrantes: «¡Aquella generación del krausismo y la revolución de septiembre!... Aún vive entre nosotros… Aquellos hombres están todavía en pie y en la brecha, encarnan todavía la última palpitación nacional; todavía tienen una palabra que decirnos… Ellos tuvieron lo que precisamente nos falta a nosotros: un ideal común, una fe colectiva. Unamuno dice que hoy hay jóvenes, pero no hay juventud. Pues cuando esos viejos fueron jóvenes, hubo juventud. […] Era toda aquella generación ya envejecida, ya pasada; pero que no puede morirse, porque nosotros, colectivamente, no hemos traído nada que la sustituya. Aún vivimos de Sanz del Río y de la jornada de Septiembre. ¿Qué sería de España sin los Calderón, los Salmerón, los Giner, los Azcárate?». El jurista Rafael Altamira, en esa misma época, transmitía impresiones similares pero con una mayor confianza en el futuro: «tras los de la generación de Septiembre, hay otras generaciones menos granadas que de aquella derivan y que, en la fructificación, muchas veces original, de sus ideas, que abren nuevos horizontes, perpetúan el sello de “la juventud de 1868”, y lejos de rehuir la confesión de ser hijas espirituales de aquella, se complacen en afirmarlo y aspiran a ser dignas de una filiación».

La Generación del 68 fue también una «Escuela», término que utilizamos cuando se da una progresión que traspasa los límites cronológicos del fenómeno generacional, esto es, cuando varias generaciones sucesivas comparten principios y proyectos. En su caso, el nombre que recibieron fue el de «Escuela Krausista», puesto que aquella generación se nutrió de la filosofía de Krause y sus discípulos más destacados, Ahrens, Tiberghien y Röder.

Y si alguien representó esa Generación, a la vez que a la misma Escuela, por ejercer, además, de líder ejemplar de toda ella, fue Francisco Giner de los Ríos. Varias razones se dieron para constituirse en figura emblemática: poseía la más sólida y amplia formación filosófica de la Generación, lo cual demostró con una intensa y variada producción científica que se compiló pronto en unas obras completas; mantuvo siempre una filiación krausista neta, basada en una filosofía espiritualista de corte armónico; desarrolló también una inigualable actividad práctica, que se concretó en la obra generacional por excelencia, la Institución Libre de Enseñanza; y, por último, fue una persona considerada ejemplar, fiel a sus principios y respetuoso con las consecuencias que le acarrease esta fidelidad. «“Austero” fue el adjetivo que mejor circundaba la noble frente de aquellos varones», señalaba Zulueta de los integrantes de la Escuela; «tolerante» era el adjetivo con el que Altamira destacaba a Giner con ocasión de su fallecimiento. Fue, sobre todo, la forma de vida de quienes conformaban la Escuela, que sus enemigos y detractores preferían descalificar con la palabra «secta», lo que les hizo ganarse el respetuoso aprecio de la Generación de 1914; aquellos ya ancianos representaban lo más opuesto a la España de componendas, superficial e injustificada soberbia intelectual. Giner representaba, por ello mismo, lo que más necesitaba España, el rearme moral de todas y cada una de sus personas e instituciones.

Giner fue traductor de obras de Krause y krausistas e interlocutor español con los krausistas alemanes una vez fallecido el promotor del krausismo, Julián Sanz del Río; él fue, además, fideicomisario de la herencia que éste donó a la Universidad de Madrid para financiar una cátedra en su Facultad de Filosofía y Letras. Labró una densa obra filosófica basada en los pilares teóricos del krausismo que ejerció una gran influencia durante todo el periodo restauracionista. Sus Principios de Derecho Natural, diseñados conforme a la concepción jurídica expuesta por Krause en su Compendio de Filosofía del Derecho, no sólo fueron un manual empleado en las cátedras universitarias españolas de Jurisprudencia sino también en las de universidades de Hispanoamérica, región con la que el krausismo, en general, y el propio Giner, en particular, tendió los puentes destruidos tras la independencia colonial; esa obra, de hecho, fue traducida al alemán por el propio Röder. Las Lecciones sumarias de Psicología recogen, igualmente, su teoría del ser humano de acuerdo con la concepción antropológica del armonismo krausista. En todas estas obras representaba los resultados de una filosofía «espiritualista», que, como él mismo definía en «Espíritu y Naturaleza» de acuerdo con ese armonicismo, consiste en concebir «los procesos de la conciencia como irreductibles a todo otro proceso e inexplicables por las fuerzas físicas, estableciendo entre ambos órdenes una solución de continuidad»; este principio rector de cualquier metafísica que se preciase espiritualista comportaría, a su vez, una concepción moral específica, a saber, «toda concepción biológica, que se representa la aparición de la psiquis, sus fenómenos, fuerzas, fines e intereses como el momento más elevado de la vida en el mundo», a saber, que lo humano, surgido de la constitución corporal del hombre mismo, no puede ser reducido, sin embargo, a explicaciones materialistas y tomar las decisiones sólo de acuerdo con éstas. Esta concepción «espiritualista» del krausismo llegó hasta el siglo XX y representó una victoria sobre la filosofía que había acompañado la Restauración, el positivismo, calificado despectivamente por «Clarín» como «filosofía de boticarios», pues ella garantizaba, como señalaba Giner, salvaguardar lo intrínsecamente humano, ya fuese el derecho, la política, la comunicación, la ciencia, el arte, etc.

Su concepción política la esbozó en La política antigua y la política nueva, redactada en pleno Sexenio, donde repasaba críticamente los defectos de las distintas teorías socio-políticas de la época como el doctrinarismo, el liberalismo económico, el socialismo y el comunismo; todas ellas adolecían de dos defectos fundamentales, primero, carecer de una filosofía fundamental, y, segundo y como consecuencia de esto mismo, enfocar al ser humano y sus producciones desde una única dimensión social, sin englobarlas a todas ellas, dimensiones tales como la familia, la amistad, la ciencia, la economía, el derecho, etc. Fue esta concepción, desarrollada por Krause en el libro que tradujo Sanz del Río de Ideal de la Humanidad par la vida, la que estableció la concepción social con la que los krausistas quisieron hacer frente al problema que marcó el siglo XIX y sigue determinando el XX, la «cuestión social», a saber, el problema de la pobreza y desigualdad creciente en una sociedad cada vez más rica. Y aunque al propio Giner nunca le agradaron las etiquetas por el corsé que suponían a la libertad de pensamiento, los krausistas finiseculares dieron a esta propia concepción social que Giner expuso en dicho obra con el nombre de «liberalismo organicista».
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