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ENSAYO

M.A. Vázquez: “Platero y yo”, de Juan Ramón, y el ideal educativo de Giner de los Ríos

domingo 17 de mayo de 2015, 16:44h
Actualizado el: 17 de mayo de 2015, 18:33h
M.A. Vázquez: “Platero y yo”, de Juan Ramón, y el ideal educativo de Giner de los Ríos

Universidad de Sevilla. Sevilla, 2015. 85 páginas. 9 €

Por Rafael Fuentes

En una reveladora conversación entablada en 1952 por el crítico Ricardo Gullón con Juan Ramón Jiménez, nuestro Premio Nobel certificó de forma rotunda: «Entre krausismo, o mejor dicho, entre krausistas españoles y modernismo hay alguna relación». Un vínculo del krausismo con los jóvenes modernistas españoles en el que desempeñó un papel crucial Francisco Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza (ILE). Sin él no habría sido posible la ética estética que caracterizó a Antonio Machado, ni tampoco el ideal estético-ético del propio Juan Ramón cuya ascendencia krausista comienza a percibirse íntegramente en Platero y yo, cuya primera edición, aún incompleta, pudo disfrutar y valorar Giner de los Ríos pocos meses antes de su fallecimiento. En el centenario de la muerte de Giner –conmemorado tanto por El Espectador, en estas mismas páginas de El Imparcial, así como por Los Lunes de El Imparcial y el número de mayo de Revista de Occidente-, el catedrático de literatura española de la Universidad de Sevilla, Manuel Ángel Vázquez Medel, ha dedicado un exquisito estudio a la decisiva impronta que el ideal educativo de Francisco Giner de los Ríos ejercicio en la inspiración, el anhelo ideológico y el estilo propio de Platero y yo, el libro español más traducido tras El Quijote.

Manuel Ángel Vázquez Medel reevalúa, puntualiza e indaga las anteriores exploraciones realizadas por José García-Velasco, Michael P. Predmore, Víctor García de la Concha, Jorge Urrutia, María Jesús Domínguez Sío o María Luisa Amigo, sobre la trabazón íntima entre el krausismo en España, Giner de los Ríos y la prosa poética de Juan Ramón Jiménez. No deberíamos olvidar que la primera obra publicada, en 1866, por don Francisco Giner, fue Estudios literarios, donde considera que las épocas más elevadas de la humanidad son aquellas que propician la relación entre la realidad exterior y su vínculo con los ideales apreciados a través de la poesía, tarea encomendada a la visión poética. Edades “poéticas por excelencia”, las denomina el egregio pedagogo español. Y piensa -estamos en 1866-, que esa época no pertenece en absoluto a lo poético, que deberá buscarse afanosamente en el futuro como hallazgo de la armonía entre el conocimiento lógico de lo real y la percepción imaginativa de lo ideal.

En 1902, don Francisco Giner, a sus 62 años intuye que se está avecinando aquella “edad poética” cuando le presentan a un jovencísimo Juan Ramón, que acaba de publicar Rimas, y lee en voz alta el poema “Nocturno”: «…es que el mundo está en mi alma; / las ciudades son ensueños…» El viejo maestro proclama: «¡Doy toda la obra de Nuñez de Arce, de Campoamor, por estas ocho líneas!». Por su parte, ya antes de conocer personalmente al brillante reformador, Juan Ramón había entrado en profundo contacto con los krausistas y los institucionistas mediante Manuel Bartolomé Cossío, y más en particular, a través del neurólogo Luis Simarro, que le trataba como a un hijo.

Gracias a todos ellos, el futuro Premio Nobel interioriza el empeño de la Institución Libre de Enseñanza de una formación integral donde se desarrolle no solo la inteligencia lógica, sino también la emocional recurriendo a la educación de la sensibilidad y la exploración de la belleza consustancial a la vida y la verdad. El panteísmo krausista comienza a cobrar fuerza en el poeta de Moguer, y ya en 1906 se plantea iniciar Platero y yo como respuesta -en palabras del profesor Vázquez Medel- «a esa voluntad de vivir la vida en plenitud, de aspirar hacia lo absoluto, alejarse de lo externo y accidental, buscar la belleza incluso en las situaciones más duras, acercarse a la gente sencilla del pueblo y denunciar la injusticia y la hipocresía».

Coincidía, pues, con la fuerza regeneradora del arte, la belleza y la estética, una convicción y una práctica que es vital relanzar con toda su intensidad hoy. Una cultura y una vivencia artística que no se queden en la erudición, en el museo o en el espectáculo banal, sino que tenga su existencia en el interior de la persona y corra por sus venas como una energía regeneradora en esa formación integral del ser humano.

En ese sentido, cobran todo su significado las afirmaciones de Michael P. Predmore cuando señala: «Platero y yo es, en su concepción artística, la expresión de un poderoso mito de regeneración y, como tal, representa una modalidad del mejor regeneracionismo de su tiempo. También cumple plenamente con una función del arte que exige Francisco Giner. Ser una síntesis de ‘la realidad sensible y su concepción ideal en la fantasía’» Algo que, en última instancia, se orienta hacia el Ideal de la humanidad.

Esta “regeneración por la estética”, en afortunada expresión de Víctor García de la Concha, no elude lo dramático de la existencia, y menos aún se queda en lo sensiblero o melindroso, el gran error de los que no han comprendido realmente un libro que cala en la realidad esencial. Miguel Ángel Vázquez reivindica las palabras de Jorge Urrutia: «Platero y yo se entendió, a veces, como una narración amable y delicada, incluso almibarada y ñoña, cuando constituye uno de los textos más hermosos de la literatura, dolorido y doloroso, testimonio lírico de la desarmonía del mundo». Una vía de entrada, pues, en aquella «edad poética» a la que aspirase Francisco Giner de los Ríos donde la aprehensión de lo real conduzca a una intuición de lo esencial, y esa intuición desempeñe un poderoso efecto educativo regenerador. Un libro este del profesor Vázquez Medel, lúcido, exquisito, elegante en su estilo y con la clara sencillez de las cosas bien pensadas.

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