“Don Francisco hablaba mucho, pero siempre como interlocutor, jamás como catedrático. Sus principales empeños eran: despertar el anhelo y la curiosidad intelectuales; segundo, formar de cada uno de nosotros la capacidad personal de reflexión, y, por último, infundirnos el sentido de lo científico, que, a su parecer, era inseparable de la incesante autocrítica, jamás plenamente satisfecha”, apunta Fernando de los Ríos, recordando las clases del creador de la Institución Libre de Enseñanza. Asimismo, Antonio Machado, que también fue su discípulo, certifica: “En su clase de párvulos, como en su cátedra universitaria, don Francisco se sentaba siempre entre sus alumnos y trabajaba con ellos familiar y amorosamente. El respeto lo ponían los niños o los hombres que congregaba el maestro en torno suyo. Su modo de enseñar era socrático: el diálogo sencillo y persuasivo. Estimulaba el alma de sus discípulos -de los hombres o de los niños- para que la ciencia fuera pensada, vivida por ellos mismos”. Por su parte, Miguel de Unamuno, gran amigo de Giner de los Ríos, consigna: “Nunca olvidaremos nuestras conversaciones con él, con nuestro Sócrates español, con aquel supremo partero de las mentes ajenas. Inquiría, objetaba, obligaba a pensar. Y después de una de aquellas intensas charlas con él volvíamos a casa […] habiendo descubierto en nosotros mismos los puntos de vista que ignorábamos antes, conociéndonos mejor y conociendo mejor nuestros propios pensamientos […] Éste era el maestro”.
Estos tres testimonios no son, evidentemente, los únicos que se conservan de quienes trataron a Francisco Giner Ríos de los Ríos. Pero sí resultan especialmente significativos al coincidir en destacar algunas de sus más reveladoras características, sin cuya base no habría sido posible la puesta en marcha de un proyecto, la Institución Libre de Enseñanza, que marcó profundamente la vida política, cultural, social, intelectual y educativa de nuestro país durante más de medio siglo (1876-1936), e ilusionó y aglutinó a destacadas personalidades de distintos ámbitos. Recordemos, por ejemplo, que el fundador de El Imparcial, Eduardo Gasset y Artime -abuelo de José Ortega y Gasset-, adquirió acciones de la Institución y formó parte de su primera Junta Directiva. La Guerra Civil -mejor “incivil”, como decía Unamuno- truncó que persistiera en su natural y ejemplar desarrollo e impulso modernizador, pero su impronta no desapareció totalmente ni siquiera en la inclemente postguerra, pese a los ataques del régimen, y hoy sus presupuestos mantienen una absoluta vigencia. Por eso, resulta preciso no solo que se tengan muy presentes, sino que se continúe profundizando en ellos. Y que mejor momento que este 2015 cuando se cumple el primer centenario de la muerte de Francisco Giner de los Ríos (Ronda, Málaga, 1839-Madrid, 1915), que El Espectador conmemora en este periódico, aniversario al que se suma Los Lunes de El Imparcial recogiendo las últimas publicaciones dedicadas al gran pedagogo y pensador español.
En La Institución Libre de Enseñanza y Francisco Giner de los Ríos: nuevas perspectivas nos encontramos ante la más ambiciosa y rigurosa propuesta sobre el asunto, que nos ofrece en los tres volúmenes que componen la obra un completo acercamiento, de la mano de un numeroso grupo de especialistas, al estado de la cuestión, a la vez que, como reza su título, abre novedosas vías para seguir investigando en una figura y una empresa tan ricas y tan proclives a abordarse desde diversos y variados ángulos. Con su publicación, la Fundación Francisco Giner de los Ríos y Acción Cultural Española, en colaboración con la Residencia de Estudiantes -asociada a la ILE-, se adelantó al centenario, como ya dimos cuenta de ello en este mismo suplemento.
Los dos primeros tomos se articulan en torno, respectivamente, a la relación de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) con la política española y la cultura y la enseñanza. En el primero, coordinado por Javier Moreno Luzón y Fernando Martínez López, apreciamos cabalmente cómo, según resaltan los propios coordinadores, el proyecto matriz de la ILE puede calificarse de “liberal-democrático, secularizador, republicano o monárquico, hasta socialista, a veces”, pero albergando siempre “un núcleo inconfundible: la centralidad de la educación”. No es de extrañar, pues, que el segundo volumen, del que son responsables José García-Velasco y Antonio Morales Moya -vaya desde aquí nuestro recuerdo a este último, fallecido a finales de enero de este año-, centrado en la educación y la cultura, se lleve la parte del león.
Una estructura de la obra, acorde con la propia entraña de la aspiración institucionista, pues, tras unas primeras actuaciones, “insistir -como sintetizan con acierto García-Velasco y Morales Moya- en la acción política en estas condiciones no tenía sentido. La política inmediata era en aquel momento el reino del envilecimiento. Solo quedaba, entonces, asumiendo la doctrina krausista en todo su rigor, la vía de la enseñanza, de la pedagogía. Formar hombres, no había otro camino si se quería resolver ‘el problema de España’. Las revoluciones son negativas. Para Giner, ‘donde hay que hacer la revolución es en las cabezas, es decir, en los espíritus’. Había, pues, que lograr el ‘hombre interior’, la persona, el individuo, único generador de la vida colectiva, que será siempre la expresión del ser y de la condición social de aquél”. Nos brinda así este volumen, en primer lugar, solventes reflexiones sobre la base krausista de la ILE, pues, como bien explica Morales Moya en su contribución, el krausismo tuvo en España una significación que fue mucho más allá de su condición de ser un complejo sistema filosófico, ideado, como es sabido, por el alemán Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), y traído a la Universidad española por Julián Sanz del Río, maestro de Francisco Giner de los Ríos. Igualmente, se examinan, entre otras cuestiones, la implantación de la ILE en diferentes regiones españolas, el proyecto institucionista de educación popular, su relación con los movimientos pedagógicos europeos, sus innovaciones, o la educación de la mujer, ámbito en el que la ILE es tajante, considerando que la incorporación femenina a la vida activa ha de ser plena, desde la escuela, y con total igualdad ante la ley.
Y si de enorme interés son los dos primeros tomos, encierra sin duda un especial atractivo el tercero, coordinado por Gonzalo Capellán y Eugenio Otero Urtaza, al facilitar a los lectores una amplia selección de textos del propio Giner de los Ríos y de personalidades vinculadas a la ILE, que revelan las inquietudes y afanes institucionistas. Por otro lado, la profusión de material gráfico que se incluye en cada tomo contribuye a hacer esta obra imprescindible y no solo para un cabal conocimiento de la ILE y de su fundador. Como aseveró Manuel Bartolomé Cossío, sucesor de Giner, “para hacer la biografía de Giner habría que hacer la historia de la Institución y para hacer ésta, habría que hacer la historia de España”.
La Fundación Francisco Giner de los Ríos [Institución Libre de Enseñanza], creada el 14 de junio de 1916, y que al entrar en vigor la Constitución de 1978 recobró su patrimonio y su capacidad de acción -aunque desde 1936 hasta esa fecha el proyecto de la ILE siguió vivo a través de institucionistas exiliados, mantiene hoy una gran actividad. Su actual secretario y coordinador del segundo volumen del ensayo objeto de esta recensión, José García-Velasco, ha anunciado en las páginas especiales de El Imparcial dedicadas a Giner, que pronto saldrá una antología de sus textos y que se está trabajando en la reedición de su obra completa. Sin duda, más allá del centenario, la figura de Francisco Giner de los Ríos ha de ser un referente continuo.