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TRIBUNA

La Universidad no forma parte del debate electoral

miércoles 20 de mayo de 2015, 19:52h

Entre los muchos temas que podrían haberse tratado en estas elecciones, hay uno que clama al cielo pero apenas nadie ha dicho nada. Me refiero a la Universidad. Creo que ese invento medieval y estudiantil, que es la Universidad, todavía dará muchos quebraderos de cabeza a los mortales hasta que desaparezca totalmente, o quizá se transforme en otra cosa radicalmente diferente de lo que era hasta ahora. Lo cierto es que la Universidad en España no está en crisis sino al borde del abismo. Muchos son los responsables de esta crisis, pero, seguramente, el triunfalismo de ciertos profesores que viven de lo que matan son los principales culpables de esta decadencia. Los tipos más triunfalistas, que pueblan las universidades, la Conferencia de Rectores, las Consejerías de Educación y el Ministerio del "Asunto", repiten y repiten que la Universidad española es viable a través de sus actuales leyes y, sobre todo, respetando su famosa "autonomía". Mentira.

Pero hay algo peor que las leyes inservibles. Me refiero a esos profesores que, después de haber colaborado al destrozo de grandes universidades en el pasado, mantienen que tenemos la mejor universidad de todos los tiempos. Cuando escuché tal majadería de labios de alguien sin corazón y sin cabeza, en la presentación de un número especial de una revista perteneciente a una universidad privada, que trataba precisamente sobre el estado de esta institución en España, me levanté de mi asiento y me fui a tomar el fresco. Salí a escape del palacio de Linares, lugar donde se perpetró tal tropelía, y me puse a releer a Ortega. Sosegó mi cabreo y me impulsó a escribir algo sobre el particular. Han pasados ya dos meses de este suceso y aún sigo dandole vueltas a esa declaración; en efecto, cómo alguien hoy, casi mi años después de la fundación de la universidad, puede seguir defendiendo la Universidad medieval, después de inventada la imprenta e Internet.

Ayer por pura casualidad me encontré a uno de los responsables de esa revista, quien con tono amable me inquirió sobre cómo podría cambiarse el lamentable estado de nuestra universidad. Mi respuesta fue inmediata: lean los alumnos, o mejor, enseñen los profesores a leer a los alumnos y la transformación será inmediata y radical. "La verdadera Universidad hoy", como dijera Carlyle en el siglo XIX, "es una colección de libros". Un profesor universitario debe enseñarnos, como un maestro de primaria, a leer esos libros. Hay, además, dos grandes cambios en la sociedades contemporáneas que hacen inviable la universidad "clásica" o medieval. Los títulos que esta expenden apenas sirven para conseguir un empleo digno. Sin embargo, la Universidad se obstina en mantener que sólo quien tiene credenciales universitarias podrá sobrevivir en el mercado laboral. Falso. Es menester separar, como ha demostrado hasta la saciedad Gabriel Zaid, dos funciones distintas: educar y credencializar, para concentrarse en educar. "En muchos países ya existen organismos oficiales que no permiten ejercer (aunque se tenga un título universitario) sin aprobar exámenes uniformes. También existen asociaciones de especialistas que certifican los conocimientos de sus miembros. Que las universidades certifiquen a sus graduados deforma su misión fundamental: educarlos. Si cobraran lo que cobran por dar los mismos cursos, pero sueltos y sin otorgar un título final, la demanda se desplomaría, reducida a los que quieren aprender, no sacar credenciales."

Quizá haya un tercer aspecto que resulta clave para entender la crisis de la Universidad, a saber, la educación no está acotada a un periodo determinado de la vida de una persona, sino que la educación es un asunto de toda la vida. También aquí el humanista Zaid, que es uno de los grandes seguidores de Ortega, nos aconseja flexibilizar contenidos y calendarios en los planes de estudio para combinar educación y trabajo. Entrenar para el autodidactismo, y en particular: enseñar a leer libros completos, a resumirlos por escrito y discutirlos.

La educación, en fin, no es un negocio sino un asunto vital. Quizá, por eso, este asunto no ha formado parte del debate electoral.

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