Emilio Lledó (Sevilla, 1927) acaba de ser galardonado con el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. El año pasado recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas. Los premios se olvidan, pero las obras perduran. Emilio Lledó no ha elaborado un pensamiento filosófico sistemático. No es un dato que reste importancia a su trabajo intelectual. Simplemente refleja un cambio de época. Con la caída del Muro de Berlín, la ilusión de explicar el mundo mediante un sistema se desvaneció, imponiéndose una perspectiva más libre y creativa. Se habló de “pensamiento débil”, de “posmodernidad”, pero la corriente que prevaleció fue la Hermenéutica, una escuela fundada por Hans-Georg Gadamer a partir de la lectura de Dilthey y Heidegger. El marxismo y el estructuralismo se desmoronaron, mientras prosperaba la idea de consolidar una forma de comprensión alternativa a la verificación empírica de las ciencias naturales. Las ciencias del espíritu no puedenprobar sus tesis, pero sí pueden comprender lo que resulta inaccesible para el conocimiento científico. Dentro de ese planteamiento, el lenguaje desempeña un papel fundamental, pues es el medio que posibilita nuestra inserción en el mundo. Al igual que Ortega y Gasset, Emilio Lledó ha abordado la realidad mediante la palabra, aprovechando su elasticidad. Los conceptos no son despreciables, pero condicionan nuestra percepción de las cosas, obligándonos a pensar de acuerdo con sus prejuicios.
El prejuicio es necesario, pero sólo es una forma de pre-comprensión, que se completa mediante la intuición, la metáfora o la escucha. No es posible releer a los clásicos, sin adoptar esta actitud, que implica una apertura a lo nuevo, insólito o impredecible. Pensar es una aventura, que requiere un punto de partida, y el ser humano sólo puede partir de su “memoria colectiva”, plasmada en su tradición escrita. La escritura es la huella del hombre en la Naturaleza y el inicio de la Historia como una sucesión de hechos e interpretaciones. El lenguaje no es una realidad unidimensional, sino el horizonte donde el otro deja de ser simple alteridad para devenir interlocutor. La ética y la política surgen cuando el otro no es concebido como una resistencia a nuestros deseos, sino como el polo necesario para constituir un diálogo. Oponerse no es estrangular la voluntad ajena, sino exigir que surja un concierto entre las diferentes voluntades. A fin de cuentas, filosofar es hablar, discutir, polemizar, sin transformar la discrepancia en odio o encono. En esta época de crispación y nuevos –en realidad, viejos- radicalismos, conviene tomar como referencia a pensadores como Emilio Lledó, que han trabajado a favor de la libertad y la convivencia democrática.
Lledó no es un filósofo puro como Heidegger, que se dejó seducir por el nazismo, sino un maestro. Hace más de una década, asistí a un seminario que impartió en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Era verano y el calor se hacía particularmente penoso a primera hora de la tarde, provocando cierto aturdimiento. Los salones del Palacio de la Magdalena recogían el rumor del mar, que rompía suavemente en las playas del Sardinero. La península parecía flotar sobre el Cantábrico como una embarcación ociosa, con nostalgia de viajes y peripecias. En ese escenario, que no favorecía la concentración ni el estudio, Emilio Lledó conseguía disipar el sopor de julio, hablando serenamente de Platón, Kant o Nietzsche. Su voz, lejos de ser monótona, transmitía cercanía, borrando la distancia entre profesor y alumno. Nadie cuestionaba su autoridad o saber, pero su pedagogía presuponía el diálogo, incitando a la conversación y la controversia. Su manera de argumentar y escuchar evidenciaba que era un hombre bueno, un Juan de Mairena que espoleaba a las ideas y se burlaba de la retórica, con sus absurdos convencionalismos. Nos habló de Nietzsche, comentando que su Zaratustra hablaba por las narices. Sus aforismos no eran fruto de la razón, sino de la respiración, la función fisiológica que mejor refleja la actividad del espíritu. Lledó cedía la palabra con generosidad, agradeciendo todas las intervenciones, con la tenacidad del maestro que pone los cinco sentidos en fortalecer la autoestima de sus alumnos.
Cuando finalizó el curso, entregó un centenar de diplomas uno a uno, abrazando a todos los que nos habíamos enriquecido con sus enseñanzas. No recuerdo esa experiencia como una lección académica, sino como una vivencia, que estimuló mi vocación docente y mi confianza en el género humano. Gadamer afirma que el ser es conversación. El universo es algo oscuro y confuso que se hace inteligible mediante la palabra, inconcebible sin otro hablante. Es la única manera ética y racional de ser hombre. El silencio no es la negación de la palabra, sino diálogo con uno mismo. La negación de la palabra es el exabrupto, la violencia, la crueldad, la estupidez. La filosofía retrocede en los planes de estudio, favoreciendo el ascenso de los charlatanes, los demagogos y los césares. Si olvidamos el saber filosófico, dañaremos gravemente nuestra capacidad de comprender, convivir e incluso amar. Lledó advierte que pensar, leer, hablar, interpretar, significa “crear esperanza”. Esperanza de felicidad, de intelección, de fraternidad, incluso con el pasado, que revive con nuestro trato. “Cualquier postura insolidaria es un atentado contra el hombre”, afirma Emilio Lledó. Desgraciadamente, cada vez se escucha menos a los filósofos y a los poetas. Se les premia, tal vez con cierta mala conciencia, pues sabemos que la sociedad industrial y tecnológica les ha arrojado a los márgenes. Sin embargo, son nuestros clásicos, lo único que quedará en pie, cuando el bullicio del presente se haya apagado como un mal sueño.