ENTRE ADOQUINES
El arrepentido que acabó con el reinado de Blatter
miércoles 03 de junio de 2015, 20:31h
La del arrepentido es, sin duda, una figura controvertida. Lo es, ya para empezar, por el propio término. Porque en la inmensa mayoría de los casos, los arrepentidos no son tipos que de pronto han visto la luz y, conscientes de su criminal trayectoria, deciden acudir a las autoridades judiciales para confesar e intentar reparar el daño cometido a través de una estrecha colaboración con la fiscalía. Alguno de esta categoría seguro que habrá, como de todo tiene que haber en la viña del Señor, pero lo habitual es que hayan sido detenidos empujando el carrito del “helao” y, ante la oferta de ver sus culos con posibilidad de ser preservados, deciden cantar con su mejor tono de voz y, a veces – es verdad – jugándose el cuello, señalar a los máximos responsables de esa trama u organización corrupta o mafiosa.
No voy a poner en duda que su colaboración sea la mejor baza con la que pueden contar un juez y un fiscal para enchironar, por fin, a los cabecillas que suelen creerse intocables, pero tampoco deberían pasar por héroes absolutos quienes se “arrepienten” cuando ya les han cogido. Casos de arrepentidos, los hay a montones aunque por motivos de seguridad se intente no sacar a la luz la identidad de quien se pasa al otro lado, al bando de los buenos. Falciani, por ejemplo, lleva camino – si es que no ha traspasado ya la meta – de ser ejemplo de integridad en la lucha contra el dinero negro, cuando lo cierto es que el ex empleado de banca se había hecho con la famosa lista bautizada con su apellido para, presuntamente, chantajear a los millonarios que figuraban en ella o a sus propios jefes. Al parecer, el plan se fue al traste en cuanto lo intentó poner en marcha y, reclamado por las autoridades helvéticas, la policía española lo cazó en Barcelona. Comenzaba su peripecia, su transformación del negro al blanco. Por eso, frente a la posibilidad de ser extraditado a Suiza, se ofreció a desvelar el contenido de la lista donde aparecían fortunas de ciudadanos de más de medio mundo. A Falciani le llovieron pretendientes hasta del otro lado del océano. Gracias a él, se descubrieron fraudes fiscales e, incluso, dinero procedente del blanqueo de capitales. Sin embargo, todo parece indicar que su primer fin no era precisamente “robinhoodiano”.
Como tampoco lo era el del último arrepentido que se ha hecho famoso por su hazaña. Y si Falciani hizo temblar las paredes de los bancos suizos y de las mansiones de los titulares de las cuentas cuyos datos creían a buen recaudo, lo de Chuck Blazer ha llevado a la dimisión, tan solo cuatro días después de su reelección y por sorpresa, del monarca de la FIFA. Joseph Blatter llevaba días presionado desde varios frentes y, al final, nadie es intocable. Mucho menos, insustituible. La fiscal general de Estados Unidos, Loretta Lynch, ha insistido, además, en que las detenciones en Zúrich de la pasada semana no son más que el principio de lo que se avecina para erradicar la corrupción existente en la FIFA, que no dudó en calificar de “rampante y sistémica”. Y el nombre de Blatter estaba en bocas de enjundia, como las de los principales líderes mundiales, Angela Merkel, Barak Obama, David Cameron y, por supuesto, la de Vladimir Putin, aunque en su caso fuera para acusar a Estados Unidos de creerse la policía del mundo, excediéndose en sus competencias. El mandatario ruso veía peligrar cada vez más el Mundial que ya ha empezado a organizar para 2018. Y con razón, porque son el Mundial con sede en Rusia y el previsto en Qatar para 2022, dos de los procedimientos abiertos que se van a mirar – por fin – con lupa.
Y digo por fin, porque el recorrido para llegar hasta aquí ha sido muy largo. También, como suele ocurrir al principio, impensable. Pero con lo de impensable no me refiero a que nadie imaginara que pudieran existir ciertas de esas prácticas irregulares que, a veces, dominan cierto tipo de negocios o intereses. Lo que quiero decir es que quienes lo hacían parecían sentirse amparados por la poderosa organización, es decir, que lo impensable era que les investigaran. Que llegara alguien y se metiera en asuntos que mueven tanta pasta para unos pocos, tanta pasión para muchos. Hasta que alguien cantó desde dentro. Y volvemos al arrepentido. Chuck Blazer engordó tanto sus cuentas en Bahamas y las Islas Caimán – aproximadamente 20 millones de dólares – que debían de salírsele los billetes por las orejas. Excéntrico y endiosado – también estúpido – compró dos pisos en Manhattan, según la prensa local uno estaba destinado en exclusiva a sus gatos, y durante años no pagó impuestos. Y como la suerte no dura eternamente, un inspector de Hacienda inició un proceso para investigar a tan peculiar personaje. Después, el funcionario comparó sus conclusiones con los informes que ya estaba elaborando, a su vez, el FBI. Principio del fin. Aunque el primero en alertar de esa corrupción rampante fuera, en realidad, el periodista escocés Andrew Jennings en su libro “Omertà: la FIFA de Sepp Blatter, familia del crimen organizado”. En él denunciaba a los principales cabecillas, el mencionado Blazer y su socio, Jack Warren, pero aseguraba al mismo tiempo que “Blatter siempre lo supo”.
Blazer, por supuesto, se agarró con premura a la mano que iba a mecer la cuna: la de la fiscal general Lynch, primera mujer afroamericana en ocupar tan alto cargo, que, por su parte y desde su anterior puesto en la fiscalía de Nueva York, ya investigaba más de un caso de posible soborno relacionado con el futbol en su jurisdicción. Blazer, además, no solo entregó a Lynch todos los documentos que tenía, también accedió a llevar un micrófono en su llavero para grabar a otros altos ejecutivos de la FIFA. Las más jugosas, al parecer, las logró durante los Juegos Olímpicos de Londres y enseguida se convirtieron, junto al montón de papeles, en la base de la investigación que ha permitido la detención de varios directivos de la FIFA en su hotel de Zúrich y la renuncia, este martes, del poderoso Blatter. El mandamás del futbol convocará un Congreso Extraordinario, nunca antes de diciembre, y solo entonces dejará de cobrar su sueldo de dos millones de dólares – pocos presidentes de grandes multinacionales cobran tanto – aunque, quizá, no sea el aspecto económico – solo – lo que más le esté doliendo a quien se veía revestido de un aura filantrópica. “La FIFA comparte la mayor parte posible de sus ingresos con la comunidad global del futbol”, llegó a declarar en más de una ocasión. Algunos de sus devotos incluso lo comparaban con Abraham Lincoln y Winston Churchill. A sus 79 años, Blatter se irá a casa dentro de seis meses despojado de su prestigio e, incluso y como mínimo, marcado por la sospecha.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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