Hasta hace bien poco, Albert Rivera y su invento de Ciudadanos se han llevado ovaciones y elogios casi unánimes. Y con razón. El político catalán tiene carisma, eso que los sociólogos tanto valoran para el liderazgo de un partido; es simpático, con cara de buen chico, camisas y dientes blanquísimos, sonrisa abierta, un tipo encantador y con la cartera llena de relevantes propuestas políticas que han encandilado a muchos.
Esas propuestas que ha ido espigando suenan bien, aunque tampoco las haya desarrollado más allá del enunciado, del titular. Ni siquiera su tótem, la lucha contra la corrupción. Pues parece evidente que cualquier partido político, y más si es de nuevo cuño, debe enarbolar la bandera de la limpieza y transparencia de la Administración. Pero tampoco se trata de montar un tribunal inquisitorial si algún político tiene un cuñado que no ha pagado el IVA un trimestre.
El problema con el que tropieza Albert Rivera no es otro que pasar de las buenas palabras a los hechos. Y ya tiene armas políticas (escaños y concejales) para defender esos ideales que a tantos han deslumbrado. Pero, de momento, su pose resulta pejiguera. Amaga, pero no da. Un día dice que apoya a Susana Díaz y a Cristina Cifuentes; y, al otro, se pone farruco por una dimisión que otra.
Mientras tanto, su amigo de novatadas Pablo Iglesias anda cenando, tomando birras, hablando de baloncesto y cambiando cromos como loco con el que ya se denomina Pedro Sánchez, el breve; pues le va a durar la secretaría general del PSOE lo que tarde su colega de buen rollete en comerle la merienda.
De momento, han cambiado los cromos de las dos grandes ciudades españolas, Madrid y Barcelona, por los de las Comunidades de Castilla-La Mancha, Extremadura y Valencia. Y ya preparan el asalto a las de Madrid, Castilla-León, Aragón y Andalucía. Sin olvidar, que entre bocado y bocado Pablo Iglesias se ha abrazado a los proetarras de Bildu para que gobiernen nada menos que en Navarra, tanto en la Comunidad como en la alcaldía de Pamplona.
No se trata de que vayan a cambiar el color político del mapa de España. Es que no van a dejar piedra sobre piedra. Pero hay que reconocerles que, aunque poco les importa el futuro de la nación, están acaparando poder como posesos. Para Pedro Sánchez supondrá engordar para morir. Para Pablo Iglesias, el comienzo del gran banquete.
Mientras tanto, Albert Rivera ni come ni deja comer. Parece que encandila a Susana Díaz para presidir la Junta de Andalucía y cuando la baronesa empieza a preparar el banquete, el líder de Ciudadanos se encuentra una mancha en el mantel. Y ahí no come. Faltaría más. Primero tiene que pasar la prueba del algodón. Y, claro, el algodón siempre arrastra algo de polvo.
Con Cristina Cifuentes, más de lo mismo. ¡Qué corrupción hay aquí!, dicen que dijo. Pero han dimitido los consejeros imputados (no se sabe porqué estaban imputados) y el hombre de la camisa blanca sigue viendo manchas por todas partes. Ahora exige primarias; mañana, ya se verá. Suena a chantaje en toda regla.
Quizás más que limpiar la corrupción, lo que pretende Albert Rivera es gobernar. O imponer su programa de Gobierno, pese a haber obtenido un tercio de los votos de sus presuntos coaligados. Y una cosa es que sea nuevo y otra que no sepa que hasta que no se ganan unas elecciones no se gobierna. Bien es cierto, que a su lado tiene a Carmena que va a ser alcaldesa tras perder las elecciones y a García Page que lleva el mismo camino. Pero ambos se han quedado cerca de la victoria y Ciudadanos lo más cerca que ha escalado el 24-M es al tercer puesto de alguna Comunidad o alguna ciudad. Por lo visto, Pablo Iglesias quiere el poder para ejercerlo. Rivera, para exhibirse en la pasarela.
Pero mientras se bruñe los zapatos, debe reflexionar si los millones de votantes que han depositado su papeleta en la urna de Ciudadanos van a aceptar que Albert Rivera pierda el tiempo en andar de Torquemada por ahí, mientras España cae en manos de Pablo Iglesias. Porque si Ciudadanos pone encima de la mesa los escaños y concejales que ha obtenido, logrará frenar en buena parte la embestida de la extrema izquierda que se avecina. Y, desde luego, contribuir a defender, como siempre ha hecho, la unidad de España, la democracia y la estabilidad. Pero si sigue repanchingado en el limpiabotas, el país se llenará de pocilga; y, en buena parte por su culpa. Por no haber sabido hacer política. Porque, hasta ahora, solo ha jugado con fuegos artificiales, mientras le ovacionaban. Pero hay que bajar a la arena y pringarse. Si no, y quizás es lo que más le preocupa, en las elecciones generales no le va a votar ni el que inventó el logotipo naranja.
Albert Rivera debe espabilar. No se puede uno pasar la mañana almidonando la camisa, porque el vecino, aunque porte coleta estropajosa y camisa desteñida, te levanta la novia en un descuido Y, sobre todo, hay que mojarse. Y el líder de Ciudadanos no se moja ni en el agua. Pues limpieza en seco. A la tintorería que llega Pablo Iglesias del bracete del ingenuo Pedro Sánchez para llenarlo todo de basura.