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El pactismo y los extraños compañeros de cama

David Felipe Arranz
martes 09 de junio de 2015, 20:06h
Actualizado el: 06/12/2015 09:05h

El monstruo no se ve a sí mismo como monstruo: contemplando su monstruosidad en el espejo de la tele y en la primera plana de los periódicos, el monstruo se congratula y sus defectos y faltas se hipertrofian. Se han perdido las referencias claras, pero no solo en España. En el extranjero reina la confusión política: el Frente Nacional (FN) francés saluda con vítores el triunfo de la izquierda radical en Atenas; Rusia acoge en San Petersburgo una concentración de la extrema derecha europea; e Italia ha aupado a Mateo Renzi, un obediente palafrén de la patronal italiana, un instalado en el sistema con traje de Armani, un demagogo que interpreta bajo toneladas de maquillaje el papelón del insurgente –el fenómeno del pedrosanchismo a la boloñesa–, y que dice proteger a los jóvenes del “precariato” laboral.

El juego a varias bandas, el concurso de amalgamas, la confusión indescifrable, están a la orden del día y hacen de la caja tonta una versión friolenta y ofidia de El Jardín de las delicias de El Bosco o de las pinturas de Valdés Leal. Los cazadores de votos se adentran sin escrúpulos en el coto del adversario y no a favor de la opción progresista, precisamente. El monstruo de cinco o seis cabezas es desesperadamente frívolo y ambicioso: ya ni siquiera ansía engordar su cuenta corriente, sino amasar cuanto más poder, mejor. El político con opulencias en su adolescencia se matricula como tal en la vida y ya se sabe que será el que arengue a las multitudes desde los late night y se siente a dormitar en el escaño para tomarse después las croquetas en Casa Manolo y a comprarse el chalet en la costa con el dinero de los contribuyentes.

El objetivo no es otro que negociar contra reloj pactos que garanticen el acceso al poder: en materia económica, la política de Rajoy es la misma que la de Pedro Sánchez o Albert Rivera porque ninguno de los tres cuestiona los mandatos económicos de la Unión Europea. Si Ciudadanos dice ser de izquierdas y no la marca blanca del PP, ¿qué hace metiéndose en la cama con la derecha? Si el PSOE ya es neoliberal desde el tándem Felipe-Bono, ¿por qué se aviene a pactar con él Podemos recogiéndose en un moño la coleta, presto a darle un beso de tornillo y con lengua? Vivan las puertas giratorias, que solo se atascan cuando bajas corriendo al súper, que se nos ha olvidado el cartón de leche o la mayonesa. Entre estos personajes no hay más que una hoja de papel secante: la de la firma del pacto entre bambalinas, a espaldas del ciudadano. Tenemos unos políticos sin fuerza, como el champán sin burbujas. Antes éramos estructuralistas –decía Sartre que el estructuralismo es la ideología de los tecnócratas–; ahora ni eso. Mucho jaleo de prosa de gabinete sin sentido para salir del paso, mucha cara alquilona y “jetual”… y por ahí.

Proclamas sociales propias de una izquierda que frena su empuje combativo a la entrada de la Moncloa se avienen estos días con menús económicos del electorado de derechas que harían volver a estremecerse al mismísimo periodista John Reed, pero en otro sentido distinto al que recoge en su maravilloso libro sobre la Revolución Rusa, que debería ser de lectura obligatoria en todas las facultades de Periodismo.

El objetivo no es otro que el disidente acabe con la cabeza metida en el pesebre, la forma más eficaz de neutralizarlo. La ideología, pues, se ha transformado en marketing. El ciudadano es como ese niño tonto que las viejas llevan al hospicio, a ver qué monstruo de Gutiérrez Solana lo adopta y lobotomiza, y “mire vd. qué niño más rico, que no abre la boca ni se rebulle”.

Es fácil neutralizar una coalición de moderados reformistas porque al sistema no le interesa abandonar los extremos. Como le confesó en febrero de 2008 a Iñaki Gabilondo Zapatero, ese genio planetario del pensamiento –como decía la Pajín, de la que nadie se acuerda–, “nos conviene que haya tensión”, que no es lo mismo que paz, sino lo contrario. El monstruismo hispánico se da mucho por aquí y todos le tenemos una admiración perversa. Como afirma el periodista Jim Naureckas, director del periódico progresista estadounidense FAIR: “El centrismo solo funciona como ideología cuando uno estima que las cosas van más o menos bien y que únicamente se necesitan cambios menores. En caso contrario, cuando uno piensa que hay que hacer transformaciones importantes, lejos de ser ‘pragmático’, el centro está condenado al fracaso”. Son las polarizaciones las que de verdad garantizan el funcionamiento del sistema tradicional.

Subyace el vacío abismal de los respectivos proyectos políticos de los candidatos que han dejado tirada la ropa interior en la alfombra para meterse en la gran cama redonda y orgiástica que es la configuración del mapa político español: los tríos, los cuartetos y los quintetos constituyen la prueba de un estrepitoso fracaso ético. La solidaridad, la justicia o los derechos humanos son los grandes ausentes en estas negociaciones del cambalache “clandestino” e institucional. Que Bildu HB se haga con la alcaldía de Pamplona por mor del pactismo y que todavía se resista a condenar a ETA y sus crímenes sanguinarios –857 personas, según las cifras que maneja la Fundación Víctimas del Terrorismo, 829 según el Ministerio del Interior– es una broma cósmica, frívola y trágica.

Está en juego la democracia. Está en juego la soberanía ciudadana. Mientras, casi el 25% de los contratos laborales que se han firmado en los últimos cuatro primeros meses del año han durado siete días… o menos, subiendo hasta el 28,7% si incluimos los suscritos a tiempo parcial. La temporalidad parece haber llegado para instalarse definitivamente, pero los políticos se conoce que se sienten vitalicios en todo, hechos unas destrozonas de las clases medias. Los que defienden a unos y a otros se convierten en extraños compañeros de cama. No nos extrañaría que de la coyunda diesen a luz a los nueve meses un chivo bicéfalo. Hemos desarrollado mucha resistencia al monstruo. Tendremos que habituarnos al culto a la ternera de dos cabezas, pero no pasa nada, somos un país de aguante, educado en las barbaridades ajenas y en las propias: desde Fernando VII los españoles tenemos muchas tragaderas, mucho nihilismo de verbena revestido de mística. Mucha idiocia voyerista, en definitiva, mientras ellos se meten en la cama.

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