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ENTRE ADOQUINES

Las víctimas ideales para liarse a palos

miércoles 17 de junio de 2015, 12:17h

Decir que no es fácil sobrevivir en la calle es una perogrullada que pretendía haberles ahorrado. Sin embargo, no se me ocurre mejor forma de llamar su atención acerca de las agresiones que cada día - mejor sería hablar de noche porque es cuando la mayoría se producen, al amparo de la oscuridad – padecen los que no tienen techo. De acuerdo con los datos que se desprenden de una investigación pionera en España para conocer la prevalencia de los delitos de odio contra personas sin hogar, el 47% de las más de 300.000 personas que pernoctan en la vía pública ha sufrido algún tipo de delito o incidente provocado por la intolerancia o los prejuicios hacia su exclusión social de carácter extremo.

El perfil de la víctima “ideal” es, agárrense, el de mujer de origen español con problemas de alcoholismo y un largo periodo de estancia en la calle. Carne de cañón en toda regla para los cobardes que solo se atreven con el más débil de entre los débiles. María del Rosario Endrinal, por ejemplo, reunía todos los requisitos para ser atacada por un grupo de gallitos que, sin saber nada de ella, la despreciaban hasta el punto de encender una pira y quemarla viva. Tres individuos – uno menor de edad en el momento en que se cometió la terrible agresión – la atacaron mientras dormía a refugio del frio en el interior de un cajero automático de Barcelona. Solo a causa del impacto que produjeron las imágenes de la mortal agresión, se puso nombre a quien ya había sido engullida por el anonimato de la calle. Como si las aceras, los soportales, las esquinas, lo primero que quitasen fuera la identidad. Igual que roban el pasado, porque en ocasiones ni se quiere recordar. ¿Para qué? Normalmente, ha sido el que, poco a poco o de manera abrupta, lo ha lanzado a uno al presente que malvive. De Charo Endrinal, supimos que fue secretaria de dirección y que lo acabó dejando todo – empleo y familia – para seguir hasta París a un tipo que, a su vez, más tarde la dejó a ella. Después, muchas de las historias suelen converger en depresiones, rechazos, nuevos fracasos y, por supuesto, adicciones o enfermedades mentales.

Por lo que se refiere al perfil del agresor, el citado estudio asegura que el 87% de quienes cometen este tipo de delitos de odio e intolerancia son hombres. De este porcentaje, el 57% tienen entre 18 y 35 años. Lo habitual es que vayan en grupo, envalentonados por la compañía y embriagados de un patético sentimiento de superioridad, aunque solo demuestren en realidad un odio gratuito y salvaje que los coloca en la categoría más ínfima del ser humano. Quizás por ello, para tratar de apartar sus propios complejos, riegan las agresiones con insultos y vejaciones: “Eres una escoria humana” o “Vete a dormir al vertedero”, son al parecer algunas de las “favoritas”. Más significativo aún es el hecho de que, por lo general, van armados. Palos, porras, piedras o botellas para agredir a quien duerme en el suelo, entre cartones o bajo raídas mantas. En definitiva, sin otra defensa que la de sus propios brazos para protegerse la cabeza, con las piernas encogidas escondiendo el abdomen. Y a esperar a que esos tipos que no conoce de nada acaben por aburrirse antes de haberlo matado.

En todo caso, con estos datos, las diferentes asociaciones que atienden a las personas sin hogar lo que pretenden es dar la voz de alarma ante el peligroso aumento experimentado en este tipo de agresiones. Porque – perogrullada más, discúlpenme -, detrás de cada cifra, de cada porcentaje, hay siempre una persona. También, por la otra parte, un prejuicio, un odio que amenaza con convertirse de nuevo en el peligroso virus que nos segrega, convirtiendo en amos a quienes nos arengan para que nos creamos mejores que otros, para que echemos las culpas de nuestros males a quienes no parecen ser de la manada. También por eso, muchas de estas agresiones no dejan rastros policiales ni judiciales. El 63% de los agredidos no presenta denuncia, ni siquiera acude a un hospital. Son delitos cometidos por cobardes que, para colmo, muchas veces quedan impunes. Víctimas invisibles, miradas que evitamos cruzar con las nuestras, a pesar de que el éxito y la indigencia estén separados por una línea mucho más delgada y quebradiza de lo que nos empeñamos en pensar.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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