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FINAL: CHILE 0 (4) ARGENTINA 0 (2)

Copa América: Chile hace historia sobre otra performance fantasma de Messi

domingo 05 de julio de 2015, 03:39h
Actualizado el: 05 de julio de 2015, 05:10h
Copa América: Chile hace historia sobre otra performance fantasma de Messi
La Roja levantó el primer título de la historia de su país tras dominar a Argentina en juego y ocasiones. La lesión de Di María condicionó el guión de una albiceleste que, como pasara en el Mundial, volvió a añorar la versión blaugrana de su estrella. Los penaltis (4-2) decidieron la final de una de las ediciones del torneo más competitivas que se recuerdan.
La atmósfera arquitectónica del Nacional de Santiago, contaminada ad aeternum por la pretérita condena que constituye haber albergado el excremento político de una dictadura al servicio de los antojos experimentales de la Escuela de Chicago, ejercía en este 2015 de último peldaño en una de las versiones de Copa América de mayor altura global. Chile y Argentina arribaron a través del embriagador aroma a tradición de chacra y pelota que emanaba cada gambeta, cada reaparición material de la imagen del enganche en extinción, del marcaje al hombre sobre el 10 rival. Sorteando cada pliegue de la actitud competitiva que en esta latitud no olvidó el uniforme de patada territorial, vocabulario en escorzo para desquiciar y sacar de eje al estilista y rocoso orgullo individual y colectivo. Y vinieron los supervivientes a comparar inercias estructurales y coyunturales. Así, y en primer término, los locales buscaban su primer título y los visitantes, recuperar el paladar de la gloria -olvidado desde el 93 en la Copa de Ecuador y de Batistuta-. Los vecinos argentos confrontaban, en segundo término, urgencias. Frenesí por que la generación actual coseche algo que llevarse a la boca al fin, al igual que la liderada por el Niño Maravilla y el Mago chilenos. El campo magnético del genio se reencontraba con la enésima opción de convertir a los paganos que todavía le contemplan como sucesor, y no sustituto, de Diego Armando Maradona.

Configuró Jorge Sampaoli una reproducción de su guión predilecto: balón, vértigo e intensidad. Para ello entregó el centro del campo a los habituales. El ordenado despliegue de Marcelo Díaz volvía a sentar a la clase del Cabezón Pizarro, con el fin de permitir el vuelo de los bregadores con visión y llegada Aránguiz y Vidal. El cerebro del último pase, Valdivia, volvería a disponer en la ofensiva del conducto alimenticio de Vargas y Alexis, la dupla dinámica. Medel y el Gato Silva formarían en el centro de la zaga para afrontar la velocidad combinativa y anatómica de lo que se les venía encima. La altura de Isla, mejor lateral derecho del torneo, y Beausejour marcaría la intencionalidad. Tapar líneas de pase, ayudar para nublar a Messi, desplegar seguridad con la pelota y morder en transición, elementos capitales amén de la intensidad sin pelota.

Gerardo Martino expuso su once tipo desde que descubrió el jugo táctico de acompañar a Mascherano por otro mediocentro equilibrado, en este caso Biglia. Messi y Pastore tomarían las riendas entre líneas para lanzar a Di María -en el papel de repliegue madridista- y a Agüero. Por detrás del Jefecito figuraban Demichelis -presunta "cintura de Aquiles" de la zaga-, Otamendi -mejor central del campeonato junto a Murillo- y Rojo y Zabaleta en los laterales, con igual pronóstico que el de sus homólogos chilenos. La gestión de la pelota, la eficacia en la circulación en estático y la creación de espacios a la contra, puntos básicos amén de la cohesión entre líneas en la fase defensiva.


Subió el telón esta final de sistemas simétricos respetando el libreto al milímetro. No obstante, la charla ofreció desde su arranque un intercambio de ejercicios intensivos de presión. Como resultado, la salida de pelota quedaba ahogada en un envite de ritmo altísimo que se extendería hasta la primera media hora. Por el camino se cocinaba una batalla de exquisitez táctica, con la medular local tejiendo una red solidaria que eliminaba de la partida a los creativos argentinos. Por contra, los pupilos del Tata reflejaban la intencionalidad y Di María, con centro chut en transición sin éxito, anunciaba el escenario que penalizaba el fallo en el pase con susto consiguiente.

Bajo este nivel de exigencia fue ganando huecos de legitimidad Chile, que empezaba a imponer su argumento en el manejo del cuero y punzar a la contra. De esta primera inyección de auto afirmación surgieron los dos intentos de Vargas en torno al 10 de juego, ambos sin encontrar diana. La capacidad organizativa en la brega y salida de Vidal y Aránguiz generaba una victoria parcial en la batalla por el centro del campo un esbozaba el agujero a la espalda de Rojo, perenne. Un robo por cierre colectivo a Messi en el 22 catapultó la efervescente contra que colocó a Vargas en la mejor opción, aunque su intento se fue arriba.

Se desperezaba Argentina de la concentración defensiva gracias a una falta lateral de Beausejour a Zabaleta regalada por el colegiado. Messi botó la infracción para encontrar el remate de Agüero que Bravo sacó como pudo. Respiraba la doble campeona del mundo aunque su resuello quedó cortado en la carrera en solitario de Di María del 25 de partido. El Fideo, decisivo en esta Copa y en el pasado Mundial, tomó un despeje en campo propio para probar su anatomía en una conducción de 50 metros. El resultado de la aislada aventura, dramático: grito muscular y cambio. Lavezzi, también dotado con velocidad y trabajo sustituía a la pieza nuclear de la estructura.

Tardó cinco minutos en mutar el paisaje, pero finamente lo hizo. Los de Martino, que pareciera que buscaban ganar el descanso, encontraron en el cansancio local -tras la exhibición de entrega táctica- los pasillos para cortejar la pelota a través de la circulación lógica del nivel técnico de sus peones. También subió líneas para indigestar los primeros pases de la ofensiva local.

Sobrevino el intermedio con otra percepción de la relación de fuerzas. Gary Medel regaló una patada en el pecho a un Messi desconectado del juego en el 33, antes de que Alexis se estrenara con un chut cruzado que atajó Romero en otra transición. Y el primer y único fogonazo de Pastore cerró el primer acto. El enganche del PSG se desmarcó hacia la banda izquierda, recibió, recortó con la cintura a su par y cedió, clarividente, ante la llegada de Lavezzi. El Pocho chutó a las manos de Bravo y los futbolistas y aficionados del Nacional tomaron aire tras un esfuerzo de 45 minutos ilustres. Chile dominaba la pelota (57% a 43%), las ocasiones generadas (7 a 3) y las sensaciones.

Sin modificaciones arrancó el segundo tiempo. La vigilancia sin balón hacía aguas del lado argentino pero Martino no buscó alternativas en el banquillo, simplemente intentó retrasar líneas para responder con la misma moneda: robo y salida. Medel -omnipresente, a su altura sólo estuvo Mascherano-, Silva y Marcelo Díaz estaban apercibidos y había que intentar explotar ese mermado flanco central del repliegue chileno. Sin embargo, el ritmo cayó desde el pitido y la Roja aceptó el reto del monopolio del esférico, con más espacios en zonas intrascendentes.


En coherencia con la tesitura y decisiones técnicas, antes del 51 ya habían ejecutado dos cabezazos en las testas de Vidal y Valdivia. La presión local sí había sufrido un incremento en mordiente, relegando a los visitantes al envío en largo, sorprendentemente inocuo ante una zaga de talla tan discreta. Sí consiguió sacudirse la brisa Argentina con experiencia. Las interrupciones tomaron protagonismo y el balón parado provocaba cierto crecimiento en el peso conversacional albiceleste. Otamendi remató desviado un córner botado por Lavezzi en el 57 y se constataba que el duelo volvió a virar. La inseguridad aérea chilena cultivaba lagunas en el mando del partido y los pupilos de Tata empezaban a sentirse cómodos en al medular. Con balón.

A falta de un cuarto de hora para el final, el equilibrio se tornaba en incertidumbre y se movieron los banquillos. Higuaín ocupaba el lugar de Agüero -con lo que eso significa respecto a calidad y resolución- para ganar respiro en el pelotazo y Mati Fernández sustituía a Valdivia -único faro privilegiado chileno, agotado por sus atribuciones defensivas-.

Llegó, entonces, el último ascenso de revoluciones local, un punto de inflexión que tocaría el desenlace de los 90 minutos. Chile había impuesto su superioridad numérica y técnica en el centro del campo, con un nuevo ejercicio afinado de presión y Martino quiso matizarlo dando entrada en el 80 a Banega por el desasistido Pastore. Más control, menos transición. Se negaba una ruta de salida de la situación para tratar de cambiar el paradigma.

Se abrió, como colofón a una segunda parte replegada en sí misma, el apartado de las llegadas claras a portería, con dos situaciones destacadas. La primera encontró a Alexis desmarcado en el centro del área y descubrió la estética volea bien dirigida del 7 que lamió el poste de Romero en el 82; la segunda, sobre la hora, desnudó por primera vez la cohesión chilena con una conducción en vuelo de Messi, que divide y cede ante la velocidad de Lavezzi, que centra y encuentra el remate, a portería vacía, de un Higuaín sin oposición en el segundo poste. Para desgracia de la sombra que arrastra el Pipita, se estrelló en el lateral de la red. El partido se iba a la prórroga en igualdad. Y lo hizo en el apartado numérico porque el árbitro perdonó a Rojo la segunda amarilla por un solemne plantillazo a Isla.

Con el físico en clara emergencia abrió fuego una prórroga que ofreció la voluntad inicial argentina de manejar la posesión. Hasta que Chile recuperó el centro de su hoja de ruta, Sampaoli sacó a Vargas para incluir el fresco vigor de Henríquez y Marcelo Díaz lanzaba fuera su disparo tras otro robo y salida. Se empequeñeció Argentina, centrada en no encajar y frotar la lámpara de su Pulga para arrancar el oro de Santiago. Pero no era el día. El cansancio jugaba en contra del bloque que más corrió sin pelota y la Roja, valiente, llegaba con muchos peones arriba.

La tuvo Alexis antes del entretiempo. Un pelotazo desde la cueva descubrió el sorprendente fallo garrafal de Mascherano en el despeje como último hombre -quedaría justificado posteriormente con una lesión muscular- para colocar a Sánchez a 50 metros de carrera de la meta de Romero. Zabaleta corrió sin lograr obstaculizar un mano a mano que el Niño Maravilla envió a las nubes.

El epílogo en juego saco de escena a Argentina, que sollozaba por alcanzar los penaltis replegada, al tiempo que Vidal bajaba con terciopelo y en la frontal un balonazo terrible. Porfió y cedió ante el chut desviado de Aránguiz, con todo a favor. Minutos más tarde, Mati probaba suerte en falta de larga distancia que Romero acertó a despejar con más inquietud propia que ajena. Quedaba la suerte de las inercias descritas reservada al control de los nervios y la puntería en los penaltis.

Allí, en la soledad del observado por millones, Mati, Messi, Vidal y Aránguiz exhibieron calidad ajustando sus remates a diestra y siniestra, pero Higuaín mandó su reputación a las nubes y Banega despertó del letargo a Bravo. Alexis, gris en el torneo y en el último partido, disfrutaba de esta inesperada oportunidad para inscribir su nombre en al leyenda del balompié chileno. Y lo hizo. A lo Panenka. El Nacional estalló de jolgorio por el primer título en la historia del fútbol del país mientras que Messi se sacaba de encima otra medalla de segundo clasificado. Otro recordatorio de su distancia con el 10 argentino, en el imaginario colectivo del país de los dieces.

Los datos al final de la competencia describieron la victoria del mejor en la fase ofensiva (56% a 44% de posesión y 18 a 8 en ocasiones generadas), con el goleador del torneo (Vargas, que comparte título con el coloso peruano Guerrero) y en la fase defensiva (Bravo fue nombrado mejor portero). La continuidad de Martino, que repudió la relevancia de Tévez -líder del campeón de Italia y subcampeón de la Champions-, en tela de juicio. El mejor de los suyos en el partido decisivo, de nuevo, fue Mascherano. En un vestuario con semejantes artistas. La reflexión es argentina, la alegría, sin una arista, chilena.




Ficha técnica:
Chile: Claudio Bravo; Mauricio Isla, Gary Medel, Francisco Silva, Jean Beausejour; Charles Aránguiz, Marcelo Díaz, Arturo Vidal; Jorge Valdivia (m.74, Matías Fernández); Eduardo Vargas (m.94, Angelo Henríquez) y Alexis Sánchez.
Argentina: Sergio Romero; Pablo Zabaleta, Nicolás Otamendi, Martín Demichelis Marcos Rojo; Lucas Biglia, Javier Mascherano, Javier Pastore (m.80, Éver Banega); Lionel Messi, Ángel Di María (m.29, Ezequiel Lavezzi) y Sergio Agüero (m.73, Gonzalo Higuaín).
Goles (Penaltis): 1-0: Matías Fernández (gol). 1-1: Lionel Messi (gol). 2-1: Arturo Vidal (gol). 2-1: Gonzalo Higuaín (fuera). 3-1: Charles Aránguiz (gol). 3-1: Éver Banega (para Bravo). 4-1: Alexis Sánchez (gol).
Árbitro: Wilmar Roldán (Colombia). Amonestó a Francisco Silva, Gary Medel, Marcelo Díaz y Charles Aránguiz de la selección de Chile y a Marcos Rojo, Javier Mascherano y Éver Banega de Argentina.
Incidencias: 45.693 espectadores en la final de la Copa América 2015 disputada en el estadio Nacional de Santiago. Antes del inicio del partido se guardó un minuto de silencio en honor al piloto de rallys chileno Carlo De Gavardo, fallecido hoy debido a un infarto.
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