Palabras del Gobierno frente a realidades del país
viernes 30 de mayo de 2008, 00:06h
La manipulación mediática de Zapatero y su Gobierno de la crisis económica ha sido gradual, medida y digna de estudio en las facultades de Comunicación y Publicidad, como ejemplo de manejo ejemplar de una situación de -nunca mejor dicho- crisis. En la campaña electoral había que disimular la existencia de la misma por miedo a que el adversario sacara provecho electoral de una realidad económica aceleradamente deteriorada. Una vez logrado el objetivo, es decir, disimular la realidad para revalidar el poder, el Gobierno podía permitirse reconocer lo evidente, eso sí, en dosis, sin asustar a su público, que es, de hecho, en quien recae el peso del problema. Y así, hemos pasado de estar en una situación económica envidiable, a vivir una etapa de “desaceleración transitoria” (crisis, ¡jamás!) y esta semana, por fin, el vicepresidente primero, Pedro Solbes, reconocía con la boca pequeña -una vez que el Euribor ha alcanzado la cifra más alta de los últimos seis años y la inflación ha llegado a su mayor índice en once años- que en 2009 puede haber déficit. Zapatero ha dado un paso más y afirmaba el miércoles que su Ejecutivo se ha “equivocado” en sus previsiones económicas y que, aunque en plena desaceleración, España está “más preparada” que otros países para salir adelante.
Zapatero sabía, como todo aquél medianamente informado, que la crisis económica es una realidad desde hace tiempo. La cuestión es que el marketing político -fundamental para entender su trayectoria- le obliga a ser cauto en sus declaraciones y su portentosa capacidad de representación y simulación le permiten construir discursos envueltos por una nebulosa de palabras vacías, moldeables y resbaladizas, con las que consigue maquillar la realidad. Y es que las palabras en política cumplen una función mágica, en detrimento de la meramente comunicativa: sirven para crear nuevas realidades o modificar las ya existentes. Las palabras cumplen una función escurridiza y sibilina ya que los expertos en su uso y manipulación no mienten: persuaden e hipnotizan a través ellas. Los políticos envuelven las realidades en ropas de vocablos y, como el mejor prestidigitador o ilusionista, consiguen que el público sólo vea una paloma saliendo de un sombrero, mientras la otra muere aplastada por el artefacto metálico que se esconde tras la magia del espectáculo.
El Gobierno de Zapatero es experto en este uso. No es lo mismo decir trasvase que "conducción urgente del agua", porque, según tratan de convencernos los magos de la palabra oficial, no hay trasvase, en tanto que el líquido elemento no fluye de manera permanente; es decir, lo que antes llamábamos desviación del cauce. Tampoco es lo mismo asumir la existencia de una “crisis económica” -expresión que tan malos recuerdos trae a los españoles- que una “desaceleración” -concepto mucho más ambiguo y con menos connotaciones emocionales-. No es lo mismo exhortar, con tono suave y voz meliflua, a que “los vascos se pongan de acuerdo” que reconocer que el resultado de la política nacionalista del Gobierno está mixtificando la naturaleza de la soberanía nacional al cambiar ciudadanos por territorios. Zapatero no es el único político que utiliza las palabras en su propio benéfico, pero sí uno de los que más arte tiene, en ajustada competencia con los nacionalistas vascos. Sin embargo, la hipnosis continuada resulta difícil de mantener cuando la realidad es aplastante y acuciante. Por más uso que se haga del diccionario de sinónimos, por más dominio que se tenga de la retórica o por muchas habilidades sofistas, es difícil ocultar una crisis cuando la gente no llega a fin de mes, dar de beber a una comunidad cuando el agua se resiste a llegar o consolar a una familia cuando el muerto es algo más que “el lado más triste y doloroso de un contencioso político”. Y ante eso las palabras se quedan en nada. Por eso, cada día son más quienes empiezan a comprender el auténtico lenguaje que se esconde tras la teatralidad de Zapatero: parole, parole, parole... pero la realidad termina por surgir implacable.