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LA ETAPA DE PARÍS FUE PARA GREIPEL

Tour de Francia: Froome toca el cielo de París por segunda vez

Efe
domingo 26 de julio de 2015, 19:56h
Actualizado el: 28 de julio de 2015, 12:43h
Tour de Francia: Froome toca el cielo de París por segunda vez
El británico Chris Froome (Sky) se ha proclamado vencedor de la 102 edición del Tour de Francia una vez finalizada la vigésima primera y última etapa, entre Sèvres y París, de 109 kilómetros, en la que se impuso al esprint el alemán Andre Greipel (Lotto).


Greipel, que logró su cuarta victoria, ganó con un tiempo de 2h.49.41, por delante del francés Bryan Coquard (Europcar) y del noruego Alexander Kristoff (Katusha).

Froome, en una jornada tranquila alterada por una caída en la recta de meta, alcanzó su segundo triunfo en el Tour de Francia, después del logrado en 2013.

En el podio parisino, Froome subirá a lo más alto escoltado por el colombiano Nairo Quintana y el español Alejandro Valverde (Movistar, segundo y tercero, respectivamente.

Completaron el cuadro de honor el propio Froome como rey de la montaña, el eslovaco Peter Sagan (Tinkoff), ganador del maillot verde por puntos, Quintana, maillot blanco al mejor joven, y el Movistar, líder por equipos.

Froome, el campeón detestado
El británico Chris Froom ganó su segundo Tour de Francia, pero pese a su humildad, simpatía y accesibilidad, no logró conquistar a las masas, que le mostraron su animadversión con insultos, abucheos y agresiones a lo largo de las tres semanas de competición.

El ciclista nacido en Kenia, criado en Sudáfrica pero que reivindica su condición de británico, paga con su victoria la imagen de superioridad que ejerce su equipo, el Sky, que con sus métodos modernos y sofisticados ha dado la vuelta a tradiciones muy afincadas en el pelotón.

Froome ofrece la imagen de un ciclista demasiado robotizado, programado para ganar, en ocasiones inhumano, alejado del referente que busca el público, de la épica que persigue el ciclismo, del sufrimiento y la emoción.

Su pedaleo desgarbado, sus ojos mirando el monitor de su manillar, la práctica ausencia de gestos sobre la bicicleta, de emociones que lleguen al público, han convertido a Froome en un ciclista frío, un arquetipo que el británico se esfuerza en combatir.

Pocas veces el Tour ha tenido un campeón tan accesible, amable, respetuoso con los informadores, con el público y con las tradiciones del Tour. Pero, pese a todo ello, Froome pagó la factura del maillot amarillo, que en su día pesó sobre otros campeones, como Jacques Anquetil, Eddy Merckx o, más recientemente, Lance Armstrong.

Froome notó el peso del amarillo de forma particular a partir de la décima etapa con meta en la cumbre de la Pierre Saint-Martin, donde destapó su poderío y sentenció un Tour que se esperaba abierto.

El punto álgido del desamor entre el británico y el público se vivió el pasado 18 de julio, cuando en el transcurso de la decimocuarta etapa un espectador lanzó orina a su rostro al grito de "dopado".

Visiblemente triste, algo decepcionado, el ciclista señaló a la prensa como culpable, por haber publicado artículos que ponían en duda su limpieza y se interrogaban sobre su fortaleza.

El llamamiento al respeto desde los organizadores no calmó las aguas. El Sky siguió recibiendo insultos, Froome fue escupido, abucheado. A su paso por los puertos, la masa que generalmente aclama a los ciclistas casi sin mirar su maillot, le recibía con cortes de mangas.

"Es desolador, no creo que nos lo merezcamos. Trabajamos duro para llegar donde estamos", aseguraba el ciclista nacido en Kenia.

Froome combate su mala imagen con la épica del sacrificio. No se le conocen veleidades ni caprichos, no sobrepasa los límites.

"La preparación, el sacrificio, el entrenamiento es lo que me hace levantarme cada mañana de la cama, es la parte que adoro del ciclismo. No practico este deporte por ganar muchas veces el Tour, ni por la gloria. Es la pasión por el ciclismo. Adoro llevar mi cuerpo al límite", asegura el corredor de 30 años.

Froome no es un ciclista clásico. No nació en un entorno de ciclismo, aunque desde niño adoraba la bicicleta. En su infancia keniana la practicaba en el campo a través, pero fue cuando sus padres le llevaron a un internado de Sudáfrica cuando tomó contacto con la carretera.

En las noches solitarias de su habitación descubrió el Tour y quedó atrapado por su leyenda, por el público que abarrotaba las cunetas y aclamaba a los campeones.

Fue ahí, confiesa ahora, cuando decidió que un día quería vivir en sus carnes esa sensación. Así comenzó su carrera, que se hizo profesional en el Barloworld, donde pronto vieron sus condiciones excepcionales.

Mermado por un virus del que se contagió en África, el ciclista tuvo que seguir un tratamiento particular que todavía continúa actualmente, pero que a partir de 2011 no le limita físicamente.

Fue ese año cuando dio el gran salto en la Vuelta a España, donde acudió como gregario de lujo de su compatriota Bradley Wiggins, pero acabó mostrando una mayor fortaleza que su jefe de filas. Segundo en el podium, fue en ese momento cuando se dio cuenta que tenía condiciones para ganar una gran vuelta.

Pero aun tuvo que esperar para dar el gran salto. En el Tour de 2012 también estuvo enrolado a la sombra de Wiggins, programado para ganar. Para muchos observadores, Froome tuvo que frenarse para no desbancar a su líder. Desde el segundo escalón del podium, el británico nacido en Kenia ya atisbaba que el Tour sería suyo.

Lo fue al año siguiente, cuando lo dominó con mano de hierro, heredero de una tradición del Sky donde la ciencia adquiere un punto central.

En 2014 una sucesión de caídas le impidieron renovar el título pese a que era el principal favorito. Este año regresó para ganar y triunfó. Aunque no saboreó el aplauso del público que había conocido en aquel internado de Sudáfrica.
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