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LAS HUESTES DE AL BAGDADI DOMINAN AMPLIAS ZONAS DE SIRIA, IRAQ Y LIBIA

Estado Islámico: un año de barbarie yihadista sin apenas oposición

Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 27 de julio de 2015, 17:09h
Estado Islámico: un año de barbarie yihadista sin apenas oposición
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Tras una irrupción fulgurante hace menos de un año, Estado Islámico ha logrado situarse como la gran amenaza yihadista en todo el planeta. De ser apenas un centenar de milicianos bien armados plantando cara a las fuerzas de Baschar Al Assad han pasado a ser un ejército en toda regla que ya controla y somete a su psicosis de violencia bastas extensiones de Siria, Iraq e incluso Libia.
En junio de 2014, una por entonces pequeña facción yihadista incrustada en las fuerzas opositoras al régimen de Baschar Al Assad se declaraba independiente. Su comandante y líder espiritual, Abu Bakr Al Bagdadi, del que pocos habían oído hablar y casi nada de lo conocido puede contrastarse, anunciaba que él y sus acólitos emprendían el vuelo en solitario lejos de Al Qaeda, organización a la que consideraban demasiado suave y a la que hasta entonces rendían cuentas, y autoproclamaban un gran califato. Nacía así Estado Islámico (EI, ISIS o Daesh, según sus diferentes denominaciones), la mayor amenaza terrorista en la actualidad.

Desde que empezaran a operar en solitario, su crecimiento ha sido tan exponencial como frenético. De contar con apenas 200 hombres en el verano del año pasado, Al Bagdadi cuenta en la actualidad con un contingente de fieles seguidores que oscila entre los 40.000 y los 60.000 efectivos.

De corte suní con influencias wahabíes y salafistas, EI comenzó sumando adeptos al acoger bajo su protección a los centenares de militares, algunos incluso de muy alto rango, que habían servido bajo el régimen de Sadam Hussein y que desertaron al no reconocer al nuevo Ejecutivo de Bagdad patrocinado por la comunidad internacional y de corte chií.

Esto proveyó a Al Bagdadi de combatientes muy bien preparados. Una experiencia y conocimientos que no dudaron en poner al servicio de EI, que rápidamente conquistó importantes plazas en el norte de Iraq y empezó a plantar cara seriamente a las tropas de Al Assad en Siria.

Su rápida expansión, cimentada además por la nula respuesta de las Fuerzas Armadas iraquíes, una de las más numerosas del mundo pero totalmente desmanteladas tras años de conflictos y corrupción, hizo que los yihadistas pasaran a controlar una enorme extensión de territorio.

A medida que lograba expandir sus dominios, EI imponía su ley: o la sumisión total al islam más conservador o la muerte. De este modo, cristianos, kurdos, yazidíes y hasta musulmanes chiíes o suníes moderados han tenido que huir de las zonas conquistadas por los radicales o han sido masacrados.

Según las últimas estimaciones, el número de fallecidos a manos de Estado Islámico se cuenta por miles, toda vez que es muy difícil verificar los datos sobre el terreno. Los yihadistas no aceptan ni periodistas, ni observadores, ni ONGs, todos objetivos de sus milicianos. Nada ni nadie que pueda dar cuenta de lo que allí sucede en realidad.

Territorio dominado por Estado Islámico en Oriente Medio.

Un cuadro de psicópatas
Uno de los grandes éxitos de Estado Islámico ha sido afianzar una sólida estructura dentro de la organización que ha evitado atomizar el poder. EI tiene un líder supremo e indiscutible, Al Bagdadi, el gran califa, y, por debajo, cuatro consejos que hacen las veces de pilares: el religioso, la shura o asesor, el militar y el de seguridad.

Teniendo por capital la emblemática ciudad de Mosul, EI divide sus dominios en 16 provincias, nueve en Siria y siete en Iraq, que replican el esquema de poder de la organización matriz y que están gobernados por sus respectivos walis, jefes locales, que suelen ser de origen civil y no militar, pues Al Bagdadi se ha cuidado muy mucho de separar ambas jerarquías.

Para ganarse el favor de la población civil, un factor imprescindible si se quiere dominar a largo plazo un territorio de un tamaño tan grande, equivalente a la mitad de la Península Ibérica, EI ha invertido importantes sumas de dinero en dotar a las ciudades ocupadas de escuelas, juzgados, tendido eléctrico, hospitales y comedores, así como de proveer de los bienes básicos a aquellos que se suman a su causa. Su poder también les hace controlar los precios de los productos o los sueldos de los trabajadores. Todo está supervisado, todo está medido.

A pesar de autoproclamarse los verdaderos defensores del islam puro y primigenio, lo cierto es que un gran porcentaje de milicianos y efectivos de EI son exdelincuentes que aplican la sharia, la ley islámica, a conveniencia. La interpretación sesgada del Corán les vale para asesinar, robar, violar, secuestrar o extorsionar a discreción siempre y cuando les beneficie y siempre en nombre de Alá como excusa.

Todo acompañado de una imponente y hasta ahora desconocida campaña de propaganda en Internet y las redes sociales, donde se cuelgan periódicos vídeos de promoción de sus "hazañas". Desde toda clase de ejecuciones propias de la Edad Media, algunas a manos de niños, hasta mensajes llenos de odio y rencor.

Los contados testimonios de yihadistas que han logrado desertar de la organización hablan de una violencia aleatoria sin nada que ver con la religión. A los mandos se les describe como "un cuadro de psicópatas" que tienen sometidos a los combatientes, muchos de los cuales van a la guerra sabiendo que de no hacerlo les espera una ejecución inmediata y brutal.

¿De dónde sacan el dinero?
Otra de las grandes claves para entender su funcionamiento es saber cómo se financia Estado Islámico. Averiguar de dónde saca la cantidad de dinero suficiente para mantener y consolidar semejante maquinaria de guerra, que opera hasta en tres frentes, Siria, Iraq y el Kurdistán, es la piedra angular para entender y conocer los entresijos de la organización.

A pequeña escala, la organización se financia a través de los botines de guerra, el pillaje, el saqueo de ciudades "infieles", la compraventa de obras de arte en el mercado negro o el zakat, una especie de impuesto revolucionario que se le impone a los más ricos o a los que no han querido consagrarse al sunismo.

Sin embargo, todas esas fuentes de financiación son insuficientes para costear el sueldo de los milicianos, sus armas y todo el entramado estatal ficticio que han creado. Es aquí donde entran en juego sus dos grandes recursos. Por un lado, la venta de gas y petróleo extraído del importante número de campos arrebatados al estado iraquí; por otro, la ayuda externa proveniente de patrocinadores, seguidores y regímenes amigos.

En apenas un año, EI ha logrado hacerse con más de una docena de refinerías, plantas de procesamiento y yacimientos petrolíferos y de gas. Esta capacidad para producir decenas de miles de barriles de petróleo al día provee a los yihadistas de una fuente de financiación considerable a pesar del control y vigilancia permanente de la comunidad internacional sobre el mercado negro.

La otra gran entrada de dinero en las arcas de Estado Islámico es la ayuda proveniente de patrocinadores a lo largo y ancho del planeta. El hecho de que EI represente los intereses del sunismo en una región, Oriente Medio, en plena lucha de poderes hace que algunos países vean con buenos ojos ayudar a Al Bagdadi para, de paso, desestabilizar a sus rivales.

Este es el caso de Arabia Saudí. Al tiempo que lidera la coalición internacional contra los yihadistas en Siria e Iraq a instancias de Estados Unidos, no son pocas las sospechas de que la monarquía wahabi, directa o indirectamente, financia a EI para así debilitar a Iraq, dejar fuera de juego a Siria y poner tierra de por medio con Irán, el gran estado chií.

En el mismo halo de sospechas se mueven algunas casas reales del Golfo Pérsico, en especial la kuwaití y la catarí, en el ojo del huracán por su presunta connivencia con la organización de Al Bagdadi.

Influencia 2.0
Pero, si de algo hace gala, y con razón, Estado Islámico, es de su arrollador triunfo propagandístico en Internet. El nuevo yihadismo de EI se ha valido de las redes sociales y de las nuevas tecnologías para ganar adeptos muy lejos de su área de influencia directa.

Así, miles de musulmanes de todo el mundo, desde España hasta Chechenia, desde Paquistán a Reino Unido, han viajado hasta los dominios del califato para unirse a la guerra santa. Se calcula que cerca de 20.000 combatientes extranjeros (126 españoles) están enrolados en las filas de Estado Islámico representando, de paso, una amenaza secundaria igual de mortífera: su regreso a casa.

Los servicios de seguridad y de espionaje occidentales están en máxima alerta ante la posibilidad de que milicianos de EI regresen a sus lugares de origen y tomen parte en acciones terroristas como las de los hoteles tunecinos de Susa o los atentados de París.

Decenas de yihadistas bien entrenados en acciones operativas y radicalizados tras meses de lavado de cerebro podrían entrar en Europa aprovechando los huecos en las fronteras del Viejo Continente (el Estrecho, el Mediterráneo o lo países del este) para atentar o para conformar células terroristas dispuestas a actuar en cualquier momento.

Pero la influencia de EI va más allá de sus propios miembros, pues los expertos también temen a los denominados yihadistas por imitación, individuos que no tienen un vínculo directo con la organización matriz o con sus sucursales pero que enarbolando su bandera deciden actuar por su cuenta. Esta amenaza es más difícil de identificar y prevenir, toda vez que puede darse en cualquier momento y en cualquier lugar.

Bombardeo por parte de la coalición internacional de posiciones de Estado Islámico en Siria. Foto: Efe

Una respuesta insuficiente
Con todo, el gran enigma sigue sobre la mesa: ¿Cómo plantar cara a Estado Islámico? La respuesta a la pregunta no se antoja fácil, pues demasiados actores e intereses cruzados están sobre la mesa.

En los últimos años, la violencia islámica ha pasado de tener un enemigo común, Israel, a redirigirse a las distintas facciones religiosas. Suníes y chiíes pelean por la supremacía y la región se ha convertido en un puzle con demasiadas piezas que no encajan.

Arabia Saudí e Irán polarizan el poder, pues son los dos grandes gigantes de confesiones enfrentadas. Ambos juegan una peligrosa partida de ajedrez con Siria, Iraq y hasta Yemen como tablero. La cooperación de ambos contra un enemigo común, Al Bagdadi, sería esencial para erradicar a Estado Islámico, pero hoy por hoy se antoja muy complicado que esto suceda.

Por su parte, Egipto vive inmerso en un proceso de frágil estabilidad tras la llegada de los militares al país y la erradicación de los Hermanos Musulmanes. Turquía, lanzadera de yihadistas camino de Iraq y Siria durante meses, ha caído en la cuenta, quizás demasiado tarde, de que su permisividad se podría volver contra ellos, como así ha sido. Libia está sumido en el caos de una guerra civil con dos gobiernos y dos parlamentos que no se reconocen entre sí. Y, por último, Líbano y Jordania, apenas dan abasto para acoger la riada de refugiados que llegan a sus fronteras huyendo de la violencia.

En este escenario de caos, Irán pasa a ser crucial tras el acuerdo alcanzado por el régimen de los ayatolás y el Grupo 5+1 en Viena hace unos días a cuenta de su programa nuclear. La firma trae consigo el reconocimiento tácito de la república islámica como un interlocutor válido en la región. De confesión chií y con uno de los Ejércitos más poderosos del mundo, se espera que Rohani ayude a la coalición internacional a combatir a los yihadistas desde el este, lo que podría decantar la balanza.

Del mismo modo, cobran especial importancia las tropas de los peshmega kurdos o las milicias laicas en Siria. Los primeros están muy mal vistos por Ankara, que cree que el PKK sólo utiliza el conflicto para reforzar sus posiciones y lograr su ansiado estado independiente. Las segundas se encuentran muy mermadas y desplazadas por los radicales en su lucha por derrocar a Al Assad.

De este modo, la respuesta de Occidente frente a EI está siendo debilitarlo desde el aire más que erradicarlo desde tierra, ya que el despliegue de una gran fuerza terrestre que plante cara a los yihadistas es descartada del todo tanto por Washington, en pleno proceso de repliegue de sus tropas en el exterior tras años batallando en los frentes de Iraq y Afganistán, como por Bruselas.

Según varios analistas, mientras no se produzca una intervención sobre el terreno, Estado Islámico no sufrirá sino derrotas puntuales y menores. En los últimos diez meses, la coalición tan sólo ha logrado acabar con 3.000 de sus combatientes, mientras que el goteo incesante de milicianos desde todas partes del globo sigue produciéndose.

Todo parece indicar que la derrota de EI no se producirá ni a corto ni a medio plazo con las actuales circunstancias. Es más, algunos expertos señalan que se necesitarán décadas para eliminar toda influencia del yihadismo de la zona. Hasta entonces, la sharia más desbocada impera en una región que ha visto ya demasiada sangre.
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