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AL PASO

Nunca pasa nada

Juan José Solozábal
martes 28 de julio de 2015, 17:52h
Actualizado el: 28/07/2015 19:52h
No me es fácil dejar de pensar en la película y sé que no es debido al argumento ni tampoco a la parábola que encierra: un cuento moral con un ataque al ambiente opresivo de una ciudad de provincias españolas de los años sesenta. De camino a una ciudad del Norte el autobús de una compañía de revistas ha de parar debido a la enfermedad súbita que le sobreviene a una muchacha que forma parte del conjunto. La llegada de la joven francesa altera las aguas estancadas de la vieja villa y afecta especialmente al matrimonio del médico que la atiende. La verdad es que no se necesita mucho para causar el desplome del edificio moral del sistema: un poco de libertad asumida con naturalidad por la joven actriz que choca con la represión sexual del ambiente y unos códigos de conducta estereotipados difíciles de justificar y cuya rigidez resulta opresiva.

La atmósfera plomiza de la villa exaspera al médico que reconoce que actúa como secante de sus vuelos profesionales y personales: cumple cincuenta y un años, pero se encuentra con las manos vacías: estancado en su clínica y ligado a una mujer que también le resulta, al menos si la compara con las posibilidades de aventura de la joven actriz francesa, limitadora y frustrante. El espectador sabe que el problema del médico es de falta de perspectiva adecuada, pues Julia es una mujer sensible y razonable, aunque también víctima de un reparto de roles en la sociedad que sacrifica sin remedio sus posibilidades. El tercer personaje es Juan (Jean Pierre Cassel) un joven profesor de francés malgastado en la enseñanza rutinaria en un colegio de curas, aficionado a la poesía y el teatro, que bascula en su atracción por las dos mujeres en escena, y malvive en la pequeña ciudad. La lección del film es sencilla y clara: la moral que debía contribuir a la felicidad de las personas justificando su aporte a la sociedad desde el sitio respectivo que ocupan, funciona como todo lo contrario, como una traba que, impidiendo la espontaneidad de las relaciones, causa su frustración y desánimo y determina un hastío irrespirable, que, dice Julia, impide vivir.

He revisado esta cinta Nunca pasa nada (1963) de Juan Antonio Bardem (con Antonio Casas y Julia Gutiérrez Caba) hace poco en un pase en televisión: lo que se cuenta es un choque de visiones de la vida: la propia de la sociedad pacata y obturada del franquismo con el mundo desinhibido y libre de fuera. No hay disputa posible: se ha de claudicar pues lo que ofrecemos desde nuestra orilla no es otra cosa que prejuicios, atraso y decadencia: nuestro tipismo no le gusta ni siquiera a la joven francesa (Corinne Marchand) que no ve romanticismo ni casticismo alguno que merezca la pena conservar.

La película me recuerda la novela de Saizarbitoria Martutene (2013) que también relata la llegada de una joven socióloga americana a un medio asimismo médico, en este caso el hospital donostiarra en que trabaja el doctor Abaitua. El deslumbramiento del doctor vasco es parecido al del médico castellano del film de Bardem. Pero varía la actitud de la joven protagonista, que considera atractiva la sociedad en la que desempeña el trabajo clínico; y difiere asimismo la causa de la desazón de los doctores: la explicación política de la crisis del médico castellano es muy clara; pero lo que explica la aventura del médico donostiarra es simplemente el deseo de evitar que el hacerse viejo impida el disfrute de las oportunidades vitales del amor.

Pero decía al principio que lo cautivador del film no es la parábola de su contenido, sino el ambiente que describe o los paisajes que refleja. Inolvidables las fotografías del campo de Castilla: los sembrados y las vides que se descubren abajo del castillo de Peñafiel; la carretera nocturna, pasado el puente sobre el Duero, con los plátanos, nogales y olmos encalados para que los faros de los automóviles iluminen el camino por la noche. Y la ciudad atravesada por los camiones en ruta, los Pegasos de tu niñez, con sus toldos ajustados con cordeles que había que desatar, mostrando la carga que llevaban…

Esto es lo que queda sobre todo de esta bella cinta, ejemplo también de un cine documental valiosísimo que recuerda lo que se hace, por ejemplo, en alguna película de Rosellini: el paseo con la joven actriz por la feria de ganado de Aranda y el espectáculo del mercado en los soportales del pueblo, con la gente como se vestía y comportaba en la época. Mas algún detalle lateral: el viejo republicano que le habla de Laval, el político colaboracionista, a la muchacha protagonista; o la insólita reunión de la familia del aparcero de la finca, operando como picadero del doctor, con los guardias civiles tocados de sus tricornios, al calor de la lumbre en el duro invierno castellano…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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