El 6 de agosto de 1945 -hace exactamente setenta años- se produjo uno de los sucesos más importantes y dramáticos de toda la historia, el estallido de la Bomba Atómica sobre Hiroshima. Se vivían los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, que ya había terminado en Europa con un continente destruido moral y materialmente. Quedaba pendiente el conflicto del Pacífico, que enfrentaba a Japón contra Estados Unidos, y que había tenido un momento crucial en el ataque del Pearl Harbor.
Se cuenta que el Presidente norteamericano Harry Truman dudó mucho sobre la decisión que debía tomar, considerando el inmenso daño que se produciría. Los líderes militares de la potencia del norte le confirmaron que, de extenderse la guerra por un tiempo más, serían decenas de miles de jóvenes norteamericanos los que morirían en la conquista de Japón. Además, estimaba que sólo la Bomba provocaría la rendición de Hirohito, tomando en cuenta que los japoneses habían rechazado el ultimátum de Postdam. Esto llevó a la decisión final de bombardear Hiroshima, que ciertamente es más que cuestionable, y que muchos líderes norteamericanos rechazarían en los años siguientes.
El proceso de construcción de la bomba atómica fue extraordinario, una verdadera proeza de recursos y de la ciencia, para un poder de destrucción que no conocía parangón hasta entonces. Fue llevado a cabo en el famoso Proyecto Manhattan, que surgió en parte cuando Estados Unidos decidió, bajo el liderazgo de Roosevelt, construir una bomba con una tremenda capacidad explosiva, aprovechando la energía del núcleo atómico. La historia de este proceso científico, técnico y con una finalidad militar decisiva, está narrada en el fascinante libro de Diana Preston, Antes de Hiroshima (Barcelona, Tusquets, 2008), que muestra la alerta hecha por el propio Albert Einstein al gobernante norteamericano, frente al peligro científico y bélico que representaban Hitler y el nacionalsocialismo. Había que ponerse a trabajar y Roosevelt lo hizo con decisión y sin vacilaciones.
Las manifestaciones de dolor e inhumanidad que abundaron en la Segunda Guerra Mundial: los genocidios del nazismo, la agresión a poblaciones civiles y ataques a inocentes, las violaciones de mujeres después de las victorias, las venganzas y los millones de víctimas, la sociedad sin reglas después de la guerra. Sin embargo, parecía que algo faltaba a toda esta sinrazón, y ese elemento lo incorporó precisamente la Bomba Atómica el 6 de agosto de 1945.
Japón no se había rendido, Hiroshima era una ciudad de unos 400 mil habitantes, y esa mañana apenas había movimientos aéreos. Fue entonces cuando llegó la hora decisiva. Esa mañana, desde el avión Enola Gay se arrojó Little Boy, nombre que se le daba al arma que provocó una conmoción nunca vista, y que significó matar a más de ciento cincuenta mil personas, además de miles de heridos.
El copiloto exclamó "Dios mío, ¿qué hemos hecho?", al ver el efecto inmediato del suceso, que se expresó en una inmensa nube de hongo, que se repetiría tres días después en Nagasaki, con el segundo bombardeo. Hiroshima sufrió muertes inmediatas y otras días o meses después como consecuencia de sus efectos. La ciudad resultó completamente destruida, y numerosas personas siguieron vivas pero con enfermedades nacidas de la destrucción. Pocos años después un artículo publicado en el New Yorker, escrito por John Hersey y titulado simplemente Hiroshima, se convertiría en el relato famoso del suceso y sus consecuencias, que después aparecería en forma de libro, reeditado recientemente (Barcelona, Debate, 2015).
"Casi no había familia sin uno o dos muertos, heridos o desaparecidos", expresa sucintamente Toyofumi Ogura, en Cartas desde el fin del mundo (Barcelona, Pasado & Presente, 2012), otro libro que vale la pena leer, por su visión personal y humana. Sin embargo, nunca podrá saberse el significado profundo de lo que vivieron las personas comunes y corrientes. Años después el escritor japonés Kenzaburo Oé, Premio Nobel de Literatura en 1994, trató de reconstruir los hechos, y el resultado de su esfuerzo lo expresó en un valioso texto, Cuadernos de Hiroshima (Barcelona, Anagrama, 2011). Dos décadas después del ataque atómico, señalaba: "Lo que no se conoce todavía suficientemente es la clase de infierno por el que tuvo que pasar la gente de Hiroshima, ni sus sufrimientos, diecinueve años después del bombardeo, derivados de las enfermedades provocadas por la radiación". Y él mismo se preguntaba"¿quién podrá apartar a Hiroshima de su propia conciencia?"
Quizá lo más hermoso y valioso del bombardeo atómico sobre Japón fueron las innumerables muestras de humanidad -son las paradojas de la historia- que expresaron médicos y funcionarios públicos, madres de familia y personas comunes que decidieron entregar horas y días a salvar vidas, a pesar del asco, el cansancio, el dolor y el sinsentido. Todos ellos transformados en verdaderos ejemplos morales, en un momento en que el odio y la distorsión moral atacaban las bases mismas de la civilización, a las personas, su libertad y su dignidad.
El efecto bélico inmediato de la Bomba Atómica fue acabar con la guerra. Los resultados humanos fueron inmensos y se extendieron por largo tiempo. Además, comenzó una nueva era en la historia universal, que estaría marcada precisamente por la carrera de las armas atómicas en la incipiente Guerra Fría que enfrentaría a Estados Unidos contra la Unión Soviética, dos de los grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Tras conocer los hechos de Hiroshima el líder comunista Stalin, temeroso del significado futuro del poder norteamericano, exclamó asombrado y preocupado: “Hiroshima ha estremecido a todo el mundo. Ha acabado con el equilibrio” (referencia en Melvyn P. Leffler, La guerra después de la guerra. Estados Unidos, la Unión Soviética y la Guerra Fría, Barcelona, Crítica, 2008).
Pocos años después, hacia 1950, y refiriéndose al nuevo conflicto entre su país y la Unión Soviética, el presidente Truman precisó que los Estados Unidos afrontarían la situación militar con la posibilidad de utilizar "todas las armas disponibles". Lo que causaba conmoción y que algunos incluso vaticinaron como la guerra nuclear que acabaría con el mundo, se transformó en la práctica en instrumento de contención. Así lo resumió Winston Churchill, "El nuevo terror introduce cierta equidad en la aniquilación. Por extraño que parezca, es precisamente esta capacidad de destrucción universal lo que nos permite albergar esperanzas, incluso mostrarnos confiados" (citado en John Lewis Gaddis, La Guerra Fría, RBA, 2008).
Hasta la década de 1980 el peligro de una guerra nuclear todavía estaba vivo, así como las amenazas de que una bomba atómica o varias acabarían con el mundo. Cada cierto tiempo las noticias nos recordaban que la preparación técnica y científica, sumada a la división ideológica y militar del mundo, podrían provocar el desastre, y repetir el infierno que fue Hiroshima, pero ya no simplemente para terminar una guerra, sino que para acabar con la misma humanidad. Felizmente, no tuvimos oportunidad de comprobarlo.