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La trampa de Donald Trump

martes 04 de agosto de 2015, 17:54h
Actualizado el: 05 de agosto de 2015, 00:19h

El candidato a la nominación republicana a la Casa Blanca, Donald Trump, sigue dando que hablar al haber demandado ahora al famoso chef de origen asturiano, José Andrés, exigiéndole una indemnización de 10 millones de dólares por la extinción de las relaciones laborales, a raíz de los comentarios racistas del magnate contra los mexicanos a los que acusó de enviar drogas, además de ser “violadores y criminales”. Resulta comprensible y, en mi opinión, es digno de admiración el chef José Andrés al haber decidido no abrir un restaurante en un hotel de lujo del magnate en señal de protesta por las declaraciones racistas de Trump contra los inmigrantes. Su reacción frente a este atropello verbal se alinea con la de numerosos empresarios e instituciones que han decidido también romper relaciones con el conocido multimillonario por no hablar de la reacción inmediata que tuvo el propio gobierno mexicano. Pensemos en las cadenas de televisión como Univision que renunció a retransmitir el concurso de Miss Universo, el grupo Televisa, el empresario Carlos Slim, la cadena de tiendas Macy's, NBCUniversal, celebridades estadounidenses o varios artistas como Shakira y Ricky Martin.

En los últimos meses, varias declaraciones ofensivas y claramente inapropiadas de Trump le han puesto en el punto de mira de la opinión pública, superando el mero alcance o impacto mediático a nivel nacional. No es para menos si pensamos que Donald Trump no sólo ha mostrado repetidas veces su apego a una libertad de expresión “ilimitada” en Estados Unidos sino que ha hecho una ferviente defensa de la segunda enmienda de Estados Unidos, que brinda el derecho de los ciudadanos a la posesión de armas. Recordemos sus palabras de sólo hace unas semanas: “Mis hijos aman cazar. Son orgullosos miembros de la NRA (Asociación Nacional del Rifle)”, declaraciones provocadas por la difusión de una imágenes de caza mayor protagonizadas por sus hijos en África que han herido la sensibilidad de más de uno.

Como con acierto puso de relieve el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, los comentarios de Trump “no representan los valores de inclusión y apertura que definen a los neoyorquinos” o, como apuntó con contundencia la cadena de grandes almacenes Macy's, “el respeto por la dignidad de todas las personas es un pilar de nuestra cultura”.

Sin embargo, y aquí está la trampa, la batalla abierta por las declaraciones del empresario lejos de pasarle factura en las filas republicanas, están aumentando su popularidad entre los votantes del Partido Republicano al haber conseguido colocarse segundo en las preferencias republicanas por detrás de Jeb Bush.

En realidad, lo que me gustaría preguntarme aquí no es tanto la razón de este impacto multiplicador en el sector republicano de Donald Trump sino hasta dónde llega la todopoderosa primera enmienda de la Constitución norteamericana cuando protege la libertad de expresión en Estados Unidos.

Si recordamos, a finales de abril, las declaraciones racistas del dueño del equipo de baloncesto de la NBA los Clippers de Los Ángeles -quien en conversación privada le indujo a una mujer a no llevar a sus amigos negros a la cancha de juego- provocaron la suspensión automática de otro Donald, Donald Sterling, de las actividades de la liga de baloncesto profesional estadounidense.

Efectivamente, hay ciertos límites para la libertad de expresión en Estados Unidos, y creo que ello es razonable en aras de preservar los pilares del Estado constitucional. La primera enmienda, presentada a los Estados para su ratificación el 25 de septiembre de 1789 y adoptada el 15 de diciembre de 1791, ampara a la gente para ser libre a la hora de decir lo que quiera siempre que no cause un daño serio a nadie al hacerlo así como protege a los ciudadanos de la intromisión del gobierno en cuanto al ejercicio de su derecho a la libertad de expresión. Reza literalmente: “El Congreso no hará ley alguna con respecto al establecimiento de una religión o prohibiendo el libre ejercicio de dichas actividades; o que coarte la libertad de expresión o de la prensa, o el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente, y para solicitar al gobierno la reparación de agravios”.

La configuración de los límites a la libertad de expresión se ha ido construyendo a través de los fallos del Tribunal Supremo norteamericano en este ámbito y, entre otros, podrían enunciarse los siguientes: la incitación a una acción ilegal inminente; el falso testimonio; la obscenidad; la pornografía infantil; lasdeclaraciones o testimonios que puedan poner en peligro la seguridad nacionaldel país, la publicidad falsa o engañosa, etc.

Creo que es indispensable que los candidatos a la presidencia de Estados Unidos se preocupen por tener una educación política sólida en emociones que, como diría Martha Nussbaum, les permita romper con los obstáculos que impiden abrazar los postulados de una sociedad inclusiva y diversa en la que, en mi opinión, la discriminación racial o de otro tipo no cabe y menos por los que pretender ser modelo para la sociedad en virtud del cargo político que ocupan.

Cristina Hermida

Catedrática de Filosofía del Derecho

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