Fabián C. Barrio, el motero y escritor conocido por que en 2010 cerró su empresa y se fue a dar la vuelta al mundo en moto durante dos años o por contarnos la experiencia de niños nepalíes esclavizados para trabajar en circos indios, está inmerso desde el pasado mes de enero por tierras latinoamericanas en su último proyecto, la Ruta Mainumbí.
Desde Buenos Aires a California, este aventurero tiene un doble propósito. Por un lado está llevando el cine a niños que viven en lugares remotos donde nunca han visto una proyección y tienen, además, pocas probabilidades de que así sea y, por otro, está donando, con la colaboración de la Fundación Mutua Madrileña, motos a ONG que se encuentran también en lugares donde un medio de transporte versátil facilita sus actividades cotidianas como transportar medicina o dar clases en sitios en los que sólo se llegaba en burro o a pie.
Fabián ha entregado 6 motos: una en un penal de Asunción (Paraguay) de adolescentes que tienen problemas con la Justicia; otra en plena cuenca del Amazonas, en Nopoki (Perú ) para un proyecto con tribus autóctonas; una más para Energía sin Fronteras en Lagunas (también en Perú); una cuarta moto en Jinotega (Nicaragua) en un proyecto de una diminuta central hidroeléctrica mantenida por las comunidades indígenas locales; otra para la ONG CESAL en Lempira (Honduras); y una sexta también en un proyecto energético en Las Concha, Guatemala.

De esta forma, Fabián Barrio, que lleva más de 18.000 kilómetros a lomos de su moto Fefa, ha podido conversar con delincuentes en rehabilitación, ha tenido que enfrentarse a la dureza de la selva peruana, aprendió a hacer ese plato típico peruano que es el ceviche, ha convivido con una tribu que vive en islas flotantes y con indios que luchan por su identidad sin olvidar que ha sufrido la enfermedad del dengue.
Como muestra de la complejidad cultural y geográfica que está viviendo, este motero, que publicará dos nuevos libros con la experiencia, ha visitado a excombatientes de la Guerra de las Malvinas, se ha entrevistado con colonos y terratenientes, ha mascado coca con mineros bolivianos y ha bordeado playas paradisíacas para meterse también en infinitos desiertos.
Sólo le quedan 2.000 kilómetros para llegar a Los Ángeles, conocida como la Meca del Cine, el mejor lugar para terminar una experiencia que ha tenido como uno de sus ejes principales llevar la magia del cine a los que no lo tienen tan cerca.