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TRIBUNA

San Agustín de Hipona

Alejandro San Francisco
martes 25 de agosto de 2015, 20:18h
Recuerdo haber leído por primera vez a San Agustín (354-430) cuando estudiaba Historia en la Universidad Católica de Chile, con dos profesores entrañables: Julius Kakarieka y Ricardo Krebs. Ahí devoré Las Confesiones y La Ciudad de Dios (ambas en excelentes ediciones de la Biblioteca de Autores Cristianos). Eran cursos de investigación, intensos y apasionantes, con grandes amigos y compañeros de clase con quienes compartíamos la pasión por la historia. A esos dos libros clásicos se sumaron algunas lecturas complementarias, tales como un par de biografías, entre ellas una preciosa historia novelada de Louis de Wohl, Corazón inquieto (Ediciones Palabra). Y, por supuesto, algunos estudios sobre la época histórica del Imperio Romano, que incluían algunos trabajos valiosos de Étienne Gilson, Las metamorfosis de la Ciudad de Dios (Madrid, Rialp, 1965), de Christopher Dawson y otras obras que en este momento no recuerdo. Siempre me impresionó la figura del Obispo de Hipona, por varias razones.

Quizá la primera sea que San Agustín fue "un hermano que lloró y pecó como nosotros", como reflexiona certeramente Giovanni Papini, uno de los biógrafos del notable teólogo y filósofo de los primeros siglos del cristianismo. El comentario tiene sentido, considerando que siempre se ha planteado a Agustín como un ejemplo de los arrepentidos, de los conversos, de los que después de haber vivido existencias alejadas de Dios y con vidas sin grandes aspiraciones, al final de su camino encuentran la alegría. Felizmente, ese fue el caso de la vida del joven Agustín, que podemos seguir a través de Las Confesiones, y que constituye un verdadero clásico en su especie.

En esta obra queda de manifiesto que el joven africano era un hombre en permanente búsqueda religiosa e intelectual, cuya madre sufría por el comportamiento de su hijo y por su alejamiento de Dios. Santa Mónica, así sería conocida, rezaba por él y por su futuro, con escaso éxito en una primera etapa. También tuvo la ocasión de conocer a un pastor muy especial, Ambrosio de Milán, quien influiría decisivamente en la búsqueda de Agustín.

A ello se sumaría, en un hecho que tiene sus equivalentes en la historia, un momento crucial en su vida, a través de la lectura de una obra "de un cierto Cicerón". “Este libro -contaba después en sus Confesiones- contiene una exhortación suya a la filosofía, y se llama el Hortensio. Semejante libro cambió mis afectos y mudó hacia ti, Señor, mis súplicas e hizo que mis votos y deseos fueran otros". Ahí quiso poseer la sabiduría total, y los caminos se fueron estrechando hacia la conversión.

Esa es la segunda razón por la que San Agustín llamaba mi atención: era un hombre culto, en realidad brillante, de una formación intelectual apabullante, que había realizado múltiples lecturas y las había integrado con inteligencia en una visión del mundo y de la historia que serían cruciales para la elaboración de su propia teoría sobre la trayectoria humana. De hecho, para llevar adelante sus análisis de la decadencia de la República Romana no recurre a su mera intuición o simplemente a autores cristianos, sino que conoce en profundidad a algunos de los intelectuales y escritores que se habían formado en el mundo precristiano y que exponían con lucidez y claridad sus escritos, entre ellos el propio Cicerón y el historiador Salustio, quienes compartían el análisis de las causas morales sobre la decadencia romana, precisamente después de alcanzar el éxito y la prosperidad.

Un tercer factor que resulta apasionante de San Agustín es su pertenencia a distintos mundos, prueba de los cambios históricos y culturales del tiempo que le correspondió vivir. Agustín era africano, de una zona del continente que formaba parte del Imperio Romano, que había crecido como ningún otro en el mundo clásico. Culturalmente pertenecía a la herencia grecorromana, en la que se había formado como correspondía a la gente culta de su época, en uno de los principales legados transmitidos desde esos tiempos hasta el mundo actual. Finalmente, llegó a ser cristiano, en un momento en que la sociedad evolucionaba desde sus antiguas creencias hacia el cristianismo, toda una novedad en Roma, pero que poco a poco se convertiría en la religión oficial del Imperio. Y San Agustín fue todas esas cosas sin dejar de ser ninguna, precisamente porque ser africano, grecorromano o cristiano podían integrarse de una manera que, lejos de ser contradictoria, era el fiel reflejo de las complejidades y grandezas del mundo clásico.

Ahí radica otro valor de San Agustín: estudiar su biografía, comprender su itinerario, leer algunas de sus obras, no significa simplemente acumular conocimientos o darse un placer literario, sino que contribuyen derechamente a entender mejor una época histórica apasionante, con su dialéctica, sus matices, algunos de sus personajes, los dolores que experimentó Roma, la grandeza siempre finita de los imperios y las múltiples posibilidades de la vida humana, que el joven africano vivió con intensidad y provecho.

Finalmente, no puedo dejar de mencionar un aspecto tan valioso como profundo. San Agustín tuvo una vida con muchos sinsabores, y en su momento Roma experimentó invasiones y ataques, dificultades y tensiones de diverso tipo, y el propio Obispo de Hipona se vio involucrado en querellas, disputas teológicas, explicaciones históricas que muchas veces no convencían, días de soledad. Todo estaba dado para dejar de luchar y abandonarse ante la adversidad, como muchos lo hacen a través del tiempo. Felizmente, sabemos, la actitud de Agustín fue exactamente la contraria.

Por eso debemos comprender que efectivamente muchas veces se dice que nos tocan vivir tiempos difíciles y que las cosas van por mal camino. Quizá haya argumentos para pensar así o en ocasiones también exista algo de pesimismo. En ambos casos conviene volver a San Agustín, y recordar cuando decía simplemente "seamos mejores, y los tiempos serán mejores". Sin duda una gran lección de humanidad.
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