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CHILE

Crónica de América. Michelle Bachelet pierde su carisma

martes 01 de septiembre de 2015, 16:03h
El rechazo a sus reformas se aproxima al 70% de la población.
Crónica de América. Michelle Bachelet pierde su carisma
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Michelle Bachelet ganó las últimas elecciones chilenas de 2013 con un 62 % de los sufragios (en unos comicios, por cierto, con un 58 % de abstención). Casi dos años después, la mandataria ha revertido y puesto en su contra aquel respaldo popular. Hoy es el 66 % de la población el que rechaza su gestión presidencial. En un típico viraje para evitar hacer la más mínima autocrítica, Bachelet acaba de aseverar que ese desplome del apoyo ciudadano a su persona y el escasísimo sustento a las reformas que impulsa su Gobierno se debe, en realidad, a una supuesta falta de información que sufrirían los chilenos. Se trata, una vez más, del viejo recurso de ponerse una venda en los ojos para no analizar las causas reales de este drástico cambio de la opinión pública, y, a la vez, una acusación implícita a los medios de comunicación acusándoles de estar vendidos a intereses contrarios a las reformas en marcha.

Es obvia la inconsistencia de esta inculpación a los medios informativos, pues si estos tuviesen un poder tan absoluto sobre la manera de pensar de los ciudadanos y constituyesen un bloque tan granítico contra su proyecto político, simplemente no habría logrado unos resultados tan contundentes en las últimas elecciones. Cuando su forma de dirigir el país comienza a percibirse de un modo mayoritariamente adverso, la inquilina del Palacio de La Moneda solo ha echado en falta no contar con radio, prensa y televisión bajo control de su coalición Nueva Mayoría, con el fin no confesado de hacerse autoalabanzas y promover una propaganda oficial. En las propias palabras de Michelle Bachelet: “Siento que ha habido una dificultad de un cierto mundo de la política para tener medios propios donde poder instalar información y, a veces, contrarrestar información que no siempre es objetiva, por así decirlo.”

Sin llegar, ni mucho menos, a la práctica de la izquierda populista hispanoamericana de amordazar informativos, multar a la prensa, comprar medios o simplemente clausurarlos desde el poder -véanse, entre otros, los casos sangrantes de Ecuador, Argentina, Venezuela o Nicaragua-, pues el respeto a las instituciones es incomparablemente más sólido en Chile, sí se advierte en la frustración de Bachelet un hasta ahora inédito resquemor contra la prensa libre. Sus declaraciones resultan inequívocas: “Hemos tenido un problema, pues hay poca posibilidad de que la gente tenga información más diversa.” Pero si se decidiera a quitarse esa obsesiva venda, estaría en condiciones de comprobar que ese casi 70 % de desafección de la ciudadanía a sus políticas se ha de atribuir a otros motivos más tangibles. En primer término, al fin del propio carisma que acumuló Bachelet en su impecable primer mandato, destruido en gran medida por los escándalos de corrupción que han sacudido a la clase dirigente en general, y de forma más concreta a su entorno familiar. A ese descrédito se le ha de sumar la desaceleración económica que ha tornado inalcanzables muchas -demasiadas- metas de su programa electoral. Finalmente, gran parte de las reformas políticas emprendidas carecen de un respaldo unánime de la coalición gubernamental Nueva Mayoría, que incluye un espectro político tan ambiciosamente amplio, desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana, que en la práctica es casi imposible armonizar con vistas a auténticas transformaciones institucionales de calado. Nada tiene de extraño que la conjunción de todas estas circunstancias origine una masiva reacción adversa entre los ciudadanos, intervengan o no en ello los medios de comunicación. Observados de cerca, cada uno de estos problemas muestran su cariz espinoso y una más que ardua solución.

De todos ellos, el que evidencia un perfil más personal es el de la corrupción, precisamente porque uno de los casos más sonados, el “Caso Caval”, afecta a Sebastián Dávalos y Natalia Compagnon, hijo y nuera de la presidenta Michelle Bachelet. Es cierto que la cadena de casos de corrupción que repentinamente afloraron en Chile indica un carácter trasversal que ha concernido a organizaciones políticas de todo signo y que Bachelet finalmente no utilizó esos escándalos de una manera partidista, sino que encargó al Consejo Asesor contra la Corrupción, Conflicto de Interés y Tráfico de Influencias un informe institucional que afrontase la cuestión de un modo global y no sectario. Pero este buen sentido quedó socavado cuando la inquilina del Palacio de La Moneda decidió que el “Caso Caval” -el que atañe a su propia familia-, no debía ser incluido en la nómina de asuntos de corrupción política ni de tráfico de influencias, sino que había de tratarse como un hecho estrictamente particular sin una dimensión pública. Aquí Bachelet se decantó más por ser madre y poner esa condición maternal por encima de su índole como presidenta de la nación, cometiendo así un grave error que la compromete y ensombrece por completo su buena gestión ante los restantes casos.

Recordemos que el “Caso Caval” se puso al descubierto cuando Natalia Compagnon, esposa de su hijo Sebastián Dávalos, recibió del vicepresidente del Banco de Chile un cuantioso crédito para financiar la compra de extensos terrenos agrícolas que fueron de inmediato recalificados como urbanos, algo que supuso un “pelotazo” con el que adquirieron una verdadera fortuna. El crédito se concedió nada más y nada menos que al día siguiente en el que Michelle Bachelet ganase las elecciones presidenciales de 2013. Los avatares jurídicos ante los tribunales han seguido un laberíntico proceso plagado de obstáculos, pulsos, revelaciones y sobresaltos a cada cual más sorprendente. El último episodio de este mes ha consistido en el peritaje informático del ordenador que usaba Sebastián Dávalos, hijo de Bachelet, en el Palacio de La Moneda, donde se ha certificado que se habían borrado archivos y datos claves almacenados en el equipo.

Pero más allá de lo que ocurra en los tribunales de justicia -Sebastián Dávalos y su esposa Natalia Compagnon declaran ahora ante la Fiscalía Regional en calidad de imputados-, resulta insostenible que este sumario quiera sustraerse del ámbito de la corrupción política y del tráfico de influencias. Ya la opinión pública lo bautizó como el nueragate. No es creíble que se concedan diez millones de dólares a la familia de Bachelet el mismo día que esta gana los comicios, en una operación inmobiliaria de ingentes beneficios, sin que haya de por medio una transacción de influencias económico-políticas. Pensar que el tiempo erosionaría su impacto sobre la presidencia, ha sido el gran desacierto de la mandataria chilena, que ha visto socavada profundamente su credibilidad. No la corrupción en general, sino este caso de corrupción en particular, es el que ha puesto punto final al enorme carisma que Michel Bachelet cosechó en su primera legislatura. En medio de un desencanto generalizado y carente del carisma con el que accedió de nuevo a la presidencia, las discutibles reformas que trata de sacar adelante se atascan continuamente, de un modo que no era previsible al comienzo de este mandato. Y ese carisma desvanecido parece que se marchó para no volver.

Una segunda cuestión que también ha laminado el respaldo y la credibilidad de Bachelet y su coalición Nueva Mayoría es la preocupante desaceleración económica que padece hoy el país. Sin duda, el incumplimiento de las expectativas se debe en buena parte a un comportamiento adverso del mercado exterior, donde la caída en ventas de materias primas, el acusado descenso del precio del cobre y las turbulencias experimentadas por China, con gran incidencia en la zona, constituyen variables que se escapan a la voluntad de acción gubernamental. Pero es igualmente cierto que en este contexto desfavorable, la gestión económica de Nueva Mayoría se ha caracterizado por un cambio en la apertura comercial anterior, reorientándola hacia un mayor intervencionismo y un protagonismo más acentuado del Estado como garante de los derechos sociales. El énfasis anterior en el crecimiento y el empleo, ha sido sustituido ahora por un interés prioritario en el reparto. Tras este giro se percibe una alta carga ideológica anticapitalista, con admoniciones contra el lucro y profundos recelos contra el sector privado. Nefastos ingredientes para enfrentarse a un entorno exterior hostil, haciendo que las tasas de inversión interior se desplomen y caigan bajo mínimos.

Dentro de este espíritu ideológico, no deja de ser un error estratégico de Michelle Bachelet su pretensión de involucrar a la próspera Alianza del Pacífico, promotora del libre comercio, a la que pertenece Chile, con Mercosur, donde operan países proteccionistas en franco declive comercial como la Argentina kirchnerista. Estos yerros pasan una grave factura. El programa de Bachelet prometió disminuir la desigualdad, y ha logrado en muy poco tiempo, por el contrario, ser la presidencia de la era democrática que más ha incrementado el Índice de Pobreza, elevándolo a un 2,9 %. Un despiadado revés para las promesas sociales y una pérdida de credibilidad entre una ciudadanía defraudada.

Con el actual hundimiento del anterior prestigio obtenido en épocas ya pasadas, la energía para llevar a cabo profundas reformas políticas se desvanece en una laberíntica impotencia, más aún cuando se propone abrir un periodo constituyente que alumbre una nueva Carta Magna. Falta el crédito de un liderazgo que aúne voluntades. Estar unidos en una coalición de Gobierno como Nueva Mayoría no garantiza una auténtica cohesión. Algo que se aprecia en cualquier reforma con cierto calado ideológico. Es el caso, sin ir más lejos, de la actual tramitación de la ley del aborto: un proyecto muy moderado frente a los prototipos europeos o norteamericanos, pero que dentro de la Nueva Mayoría despierta la férrea discrepancia de la Democracia Cristiana, y, a la vez, la insatisfacción de los sectores izquierdistas. ¿Con este tipo de fracturas internas de la coalición gubernamental, cómo encontrar un punto de acuerdo que ilusione a la ciudadanía en las transformaciones políticas prometidas, incluyendo una reformulación del marco constitucional?

En estos serios errores y severos problemas es donde la presidencia chilena habría de hacer autocrítica para comprender el inapelable desmoronamiento de la aprobación ciudadana ante sus mandatarios, y no autoengañarse atribuyéndolo a falta de información o ausencia de medios de comunicación que realicen una labor propagandística a favor de las actuaciones presidenciales. En realidad, el rechazo de casi un 70 % a la gestión y reformas de Bachelet representa algo más que una curva en las oscilaciones de aprobación o desaprobación al ejercicio del poder, pues implica una ruptura de esa aura casi mesiánica que Michel Bachelet llegó a atesorar con su primera presidencia.

Cierto que la mandataria nunca la usó con fines populistas ni perdió en ningún momento el respeto a las instituciones. Pero la fractura del aura, aunque dolorosa, es benéfica para la vida política de un país. No existen personas providenciales que encarnen por sí mismas un principio redentor ante los retos y conflictos sociales. Expectativas tan desmesuradas conducen de forma inevitable a la desilusión. Son siempre dañinas a medio y largo plazo. La quiebra del carisma obliga a poner los pies en el suelo y a operar políticamente desde un saludable análisis crítico.