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Refugiados, el drama económico

jueves 03 de septiembre de 2015, 01:00h
La imagen de un niño tendido sobre la playa ha revuelto las conciencias de millones de europeos. Se ha dicho que la actual crisis migratoria es “probablemente la mayor y más dura de la historia moderna”, y puede que así sea. Está causada por la coincidencia de dos guerras, una en Libia y la otra en Oriente Medio. Y los emigrantes en busca de refugio siguen dos principales vías para llegar a la ansiada Europa: una por Italia y la otra por Grecia y los Balcanes.

Hungría ha intentado aminorar la llegada de inmigrantes erigiendo una valla. Pero aunque después de ésta haga otra u otras sucesivas, los inmigrantes, que llegan sin más bien que el de sus propias vidas, sólo verán entorpecido su camino, pero no se detendrán. A largo plazo podemos pensar en la contribución en la solución de los conflictos, pero esta no es la cuestión que nos ocupa ahora. Hay un flujo masivo de personas, y tenemos que plantearnos todos los aspectos de este movimiento humano de grandes proporciones.

Uno de esos aspectos es el económico. Corramos a señalar que Alemania espera recibir más de 800.000 solicitudes de asilo sólo este año, una población que supondría crear la quinta ciudad de Alemania por población. Es el caso más extremo, pero nos da la idea de la magnitud del problema. A partir de ahí, y desde el punto de vista económico, se pueden hacer varias consideraciones.

Por no salir del ejemplo de aquél país, en Alemania los refugiados reciben, al principio, 143 euros al mes, y luego de 359, dentro de los beneficios sociales llamados Hartz IV. En los primeros meses no les está permitido trabajar. Qué duda cabe que con ese dinero sólo podrán subsistir. Puesto que la causa que les alejó de su país durará meses, si no varios años, ellos no desharán el largo y tortuoso trayecto desde su punto de destino. Y además de alimentarse, necesitarán un lugar de cobijo, una atención médica, educación para sus hijos, y demás.

El Estado de Bienestar está ya en entredicho sin contar con la presión de una importante población que no hace aportaciones pero que demanda servicios que la sociedad europea no está preparada para negar. Es así como un sistema creado en nombre de la solidaridad despierta en no pocos europeos un sentimiento contrario, que llega incluso al rechazo, cuando no al odio, al que viene de fuera. No es una casualidad que los partidos europeos que más hablan de cerrar las fronteras, como UKIP en Gran Bretaña o el Frente Nacional en Francia, sean conspicuos defensores del Estado de Bienestar. ¿Supondría la llegada masiva de inmigrantes un gran sobrecoste para el sistema? No hay un estudio sobre la cuestión, quizás por el temor a la interpretación política de sus probables resultados. Pero sólo tenemos que señalar que en España, en 2012, sólo el sistema sanitario asumió un coste adicional de más de 1.000 millones de euros por el turismo sanitario, y eso que no hablamos de una gran población sobrevenida y con visos de permanencia.

Por otro lado está la cuestión del empleo. El trabajo es el factor de producción siempre escaso, y si llegan nuevos trabajadores, la economía europea podría asumir a gran parte de ellos. Pero para ello tendría que aceptar una relajación de las leyes laborales, que en parte están pensadas para evitar la competencia de los trabajadores con menores sueldos, como es el caso del salario mínimo. En Alemania hay una tasa de paro del 6,4 por ciento, y en otros países del centro de Europa hay asimismo demanda insatisfecha de empleo. La cuestión es, también, la adecuación de la nueva mano de obra a las necesidades de las empresas.

Y, por último, está la cuestión puramente presupuestaria. Frontex ha visto cómo sus cuentas anuales se han reducido desde los 118 millones de euros en 2011 a los 89 millones el año pasado. Europa y cada uno de sus Estados miembros tienen que hacer un renovado esfuerzo por canalizar la inmigración, ya que no se puede detener, y dar así una solución parcial, temporal, sí, pero cierta, a millones de ciudadanos que nos miran con esperanza.
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