¿Qué futuro le espera al pensamiento de Marx? Ya no parece tan fuera de lugar como a finales del siglo pasado, cuando la caída del Muro hacía pensar que la geopolítica entraba en una nueva era en la que la lucha de clases pasaba a ser una noción totalmente irrelevante. En esos momentos, cuando Marx y su obra parecían un error monumental del frenesí revolucionario decimonónico, un afamado periodista inglés, Francis Wheen, publicó una maravillosa biografía -la que aquí presentamos- donde se procuraba “rehabilitar” su figura, y, en cierta medida, también su pensamiento. En un contexto en el que cualquiera hubiera esperado un típico libro desmitificador, nos encontramos con una obra que nos muestra un Karl Marx apasionante y apasionado, genial e ingenioso, sensible y contradictorio… Pero, sobre todo, un espíritu asombrosamente coherente, concentrado por completo en poner en claro el secreto ominoso del capitalismo: un sistema que solo puede crear riqueza sobre la premisa de su apropiación privada exclusiva, y la consiguiente desposesión de la misma de la inmensa mayoría, que participa con el núcleo de su existencia en su producción y reproducción.
Que el desvelamiento de ese secreto conduciría a la formación de organizaciones dispuestas a consumar la revolución que transformara ese estado social era algo que se daba de suyo; ineludiblemente, Marx y sus fieles (su amada y abnegada esposa Jenny, su eterno mentor y amigo íntimo Engels, cientos de trabajadores conscientes y algunos aventureros de diversa extracción) habrían de ser revolucionarios prácticos. Sin embargo, tal como el libro de Wheen pone bien de relieve, esa vertiente activa del pensamiento depende de tal cúmulo de circunstancias históricas, difícilmente previsibles, que Marx hubo de abandonarla en buena medida al albur de los acontecimientos. El ámbito que sí podía controlar, el que dependía directamente de su esfuerzo no era otro que el de la producción teórica (crítica), y a él consagró toda su voluntad. El resultado de la misma reviste caracteres que el propio Marx calificó de científicos (el materialismo histórico), en estrecha confluencia con la filosofía dialéctica de su admirado Hegel, que, a la postre, seguía siendo su más firme lazo con la patria “filosófica” alemana durante todo su larguísimo exilio.
Una ciencia crítica que exhorta desde sus principios a llevar a cabo una transformación radical del propio objeto de su estudio es una ciencia, en cualquier caso, completamente sui generis. Esta tensión interna -entre objetividad analítica y voluntariedad valorativa o práctica- ha permanecido en la base de la historia de todo ese conglomerado que hoy, ciento treinta y dos años después de la muerte de Marx, llamamos “marxismo”. En el caso del propio Marx, Wheen opta por una ingeniosa solución: sus obras vendrían a constituir un nuevo género literario, que mezcla, en una combinación perfecta, fundamentación, sátira, ilustración y condena moral. Tal como el propio Marx señaló en alguna ocasión, se trata de auténticas “obras de arte” de temática político-económica; calificación que, por otra parte, no les resta un ápice de valor teórico.
También hoy podemos preguntarnos los lectores en español por qué se nos ofrece una traducción de esta biografía publicada originalmente en 1999. Es ostensible que la crisis ha reactualizado la figura de Marx y vuelve a ser pertinente plantearse cuál es la relación de los actores políticos contemporáneos (es decir, todas nosotras y nosotros) con su pensamiento. Pese al espejismo del final del siglo pasado, volvemos a sentir que Marx es, en relación a nuestro tiempo y su escenario socioeoconómico, la política: un espacio abierto a todos los cuestionamientos críticos. Este libro contribuye a que pongamos rostro humano al compromiso político revolucionario, y su escritura fluye en un estilo tan ameno, sorprendente, afectuoso y seductor que nadie lamentará añadirlo a su biblioteca como una pieza preciada.