Hay muertes que junto con producir vergüenza a la civilización, logran también frutos inesperados. Eso es lo que ha logrado la famosa foto del niño sirio, fallecido en una playa de Turquía, poco después de que su familia intentara huir hacia Grecia. Pero la embarcación en la que zarparon se hundió muy pronto, provocando los hechos que todos conocemos. Y esa muerte no ha sido en vano.
Rápidamente aparecieron diversas reacciones, felizmente positivas, con una mayor apertura hacia los inmigrantes, incluso de aquellos que muchas veces se manifiestan más reacios a recibir extranjeros en sus países, y de una cultura que en general se presenta abierta, pero que en la práctica tiene un temor a aceptar las migraciones masivas, que mira con desprecio o temor a quienes vienen de lejos, con rasgos de pertenecer a otras culturas, religiones o razas.
En un interesante ensayo de Tzvetan Todorov, El miedo a los bárbaros (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009), el pensador búlgaro que ha desarrollado su vida intelectual en Francia, señala que "el miedo a los bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros". Es esta falta de civilización la que lleva a cerrar las fronteras, a poner trabas excesivas, a proteger el territorio propio, junto a los iguales, lejos de "los bárbaros" que amenazan nuestra tranquilidad.
Por eso conviene recordar otra interesante reflexión de Todorov, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias el 2008: "Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría: todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de absoluta perfecta barbarie. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera".
Felizmente, en los últimos días, la sociedad europea ha ido dejando de lado los rasgos que perviven de la barbarie, y se ha puesto rápidamente en marcha para ayudar a los miles de migrantes que buscan paz, mejores condiciones de vida para sus familias, un lugar donde encontrar la felicidad que les ha sido negada en sus propias tierras. Así hemos podido ver a los automovilistas que colaboran transportando a los que ayer caminaban con grandes sacrificios, a gobiernos que se abren para atender a los refugiados, a la Unión Europea que empieza a tomar el tema como parte de su agenda.
Por otra parte, el Papa Francisco ha solicitado a las parroquias y monasterios de la Iglesia Católica que acojan a una familia de refugiados, que permitan ofrecer una esperanza concreta: "Ante la tragedia de decenas de miles de refugiados que huyen de la muerte por la guerra y el hambre, y que han emprendido una marcha movidos por la esperanza, el Evangelio nos llama a ser 'próximos' a los más pequeños y abandonados".
Todas estas medidas, si bien reactivas y eventualmente insuficientes, van por el camino correcto. Lo peor que podría ocurrir es que sea solo una reacción ocasionada por el dolor de algunas muertes o la emoción y vergüenza de una fotografía. Acoger a los sirios en esta ocasión, y a otros en momentos en que el sufrimiento se exprese en sociedades distintas, debe ser una actitud de vida y no simplemente una solución puntual ante un problema concreto.
Lo que se requiere, en realidad, no es un apoyo a los refugiados, sino que un profundo cambio cultural, que facilite a todos los seres humanos aspirar a mejores condiciones de vida y trabajo en diversos lugares del mundo. La historia nos muestra muchos ejemplos en que la negativa a apoyar, o las cuotas muy pequeñas para acoger a quienes lo necesitan, a la larga terminaron sacrificando vidas humanas cuya única esperanza era una mano abierta y generosa que los recibiera sin ambigüedades ni condiciones.
Uno de esos ejemplos, quizá de los más dramáticos en el siglo XX, se dio en el caso de los judíos, perseguidos por el nacionalsocialismo y que muchas veces no contaron con gobiernos y sociedades que los recibieran antes de que se consumara el genocidio. Y lo que sufrieron ellos también lo experimentó Europa en momentos en que el hambre y la miseria azotaban a un continente que todavía sufría los horrores de dos guerras mundiales, el flagelo de las guerras civiles, la ignominia de los gobiernos totalitarios, la persecución religiosa, racial o política.
Europa en primer lugar, pero también otros lugares del mundo, tienen hoy la ocasión propicia para demostrar que han dado un salto histórico -en pocas décadas- desde la barbarie a la civilización. Si en el siglo XX todavía quedan muchos recuerdos que lamentar y de los cuales avergonzarse, que no sea el siglo XXI ocasión para repetir los errores y los horrores. El sufrimiento humano en distintos lugares del mundo, que busca consuelo y esperanza en Europa, en esta primera fase, debe encontrar muchos brazos abiertos y generosos para recibir al extranjero, al inmigrante, al hombre y mujer que no conocemos pero que son nuestros amigos, nuestros hermanos, parte de nuestro pueblo que es la humanidad.
Son los brazos abiertos, con la sonrisa y la mano generosa de quienes no están disponibles para vivir en la barbarie.