Hoy se llama Hyeonseo Lee, pero la norcoreana que se hizo famosa gracias al video de 12 minutos en el que narraba su huida de aquel oscuro país, y que ya han visto más de 4 millones de personas en internet, tuvo antes otros seis nombres diferentes. Cambiaba de identidad cada cierto tiempo para que no pudiera ser deportada desde China, el país al que llegó con lo puesto un buen día sin intención, en principio, de quedarse. Tenía 17 años y mucha curiosidad. La hambruna que castigó Corea del Norte en la década de los noventa sirvió en buena parte para quitarle la venda que desde el colegio le habían colocado en los ojos.
En la escuela le habían enseñado que su país era el paraíso, un bendito oasis a salvo del terrible mundo que había más allá de la frontera. Sin embargo, ver muertos en la calle por culpa del hambre se convirtió en una pieza que no encajaba en el puzle de Lee. Por otra parte, su ciudad estaba situada muy cerca de la frontera con China permitiéndole sintonizar en secreto los canales televisivos de allí. Y lo que veía, no parecía en absoluto tan terrible como se lo habían pintado. Todo lo contrario. Antes incluso de recurrir a la televisión, a Hyeonseo ya le habían llamado poderosamente la atención las luces chinas que veía brillar desde su país, al que define como “agujero negro”, y no solo porque los cortes de electricidad hayan sido siempre el pan de cada día. También porque la gran mayoría de la gente no sabe lo que pasa en el mundo ni en su propio país. Las noticias son la propaganda típica de las dictaduras más férreas y lo que no faltan son espías por doquier. Cualquiera puede serlo, así que uno no confía literalmente ni en su padre. Un nimio comentario susceptible de ser considerado negativo puede llevarte de por vida a uno de esos centros penitenciarios que Human Rights Watch denuncia por abusos sistemáticos y condiciones letales.
Lee, que se encuentra estos días en Madrid para la promoción de su libro “La chica de los siete nombres”, puede en todo caso considerarse afortunada. Desde China, logró llegar a Corea del Sur donde le fue concedido asilo político y ya lleva varios años dedicada a denunciar las deplorables condiciones de vida de los norcoreanos, sometidos por tres generaciones de una misma familia dictadora. Quien creyó que con Kim Jong-un las cosas cambiarían, acertó, aunque por desgracia los cambios hayan sido para peor. Cada vez es más difícil y peligroso intentar salir rumbo a la meta soñada, Corea del Sur, porque se han endurecido las medidas de seguridad, se han aumentado las rotaciones de los guardias -el soborno era el método más práctico para poner pies en polvorosa- y las penas son en la actualidad aún más duras.
Resulta difícil imaginar el día en el que los norcoreanos salgan del catatónico estado de temor y profundo aislamiento que ha castigado a varias generaciones, para las que ya no habrá posibilidad de vivir una existencia en libertad. Sin que la comunidad internacional ni la propia Corea del Sur hayan combatido la dictadura, por miedo quizás a una nueva guerra que no afectaría solo a las dos hermanas, ahora algunos desertores entre los que se encuentra Lee confían en que sea el propio Kim Jong-un quien acabe consigo mismo. Igual que ocurrió con el matrimonio Ceaușescu. Porque todo tiene un límite, aunque nada tenga marcha atrás. Y Kim Jong-un ha salido todavía más paranoico y psicópata que sus predecesores. Cosas de familia, los genes malos se heredan al cuadrado. Con el actual líder -querido, amado o pequeño, ya no hay quien se aclare- ha aumentado la represión, la vigilancia y la persecución. Una persecución que ha alcanzado a las altas esferas, a aquellos que hasta ahora compartían el poder, incluso miembros de la poderosa familia que lleva décadas castigando a su pueblo. Y después de tanta ejecución, quienes ahora piden asilo a Seúl son muchos altos cargos. “Kim Jong-un está loco”, insiste la chica de los siete nombres, confiando en que sea su propia locura la que, por fin, debilite la atroz dictadura que sigue mandando con demasiada comodidad en su país.