Gerard Piqué daba ayer una multitudinaria rueda de prensa en la que el fútbol fue casi el menor de los asuntos tratados. Sobre el papel, las declaraciones de un futbolista no deberían tener mucho recorrido, pero el asunto se ha convertido prácticamente en una cuestión de estado, habiendo opinado de ello desde la clase política catalana hasta miembros del Gobierno.
En el plano estrictamente deportivo, Piqué es uno de los mejores centrales del mundo. Lo ha ganado todo, tanto con el Barça como con la selección española, sumando un palmarés más que envidiable. Sin embargo, las continuas provocaciones hacia el eterno rival y una serie de comportamientos poco edificantes -escupir a un delegado federativo o su incidente con la Guardia Urbana de Barcelona- le retratan. A ello hay que añadir su indisimulada filiación política, por cuanto hace gala de su secesionismo siempre que puede. De hecho, esta misma semana se adhería a una iniciativa de la Asamblea Nacional Catalana en apoyo a las selecciones deportivas de Cataluña, y ayer hizo acto de presencia en la Diada. Además, suele celebrar sus éxitos deportivos enarbolando la estelada -bandera secesionista-.
Lo relevante aquí no es solo -que también- la conducta poco ejemplar de Piqué, tanto dentro como fuera del campo, sino la mezcla de deporte y política auspiciada por el nacionalismo. Piqué quiere seguir yendo a la selección porque eso prestigia su carrera, no porque sienta los colores de España. Siendo así, lo menos que se le puede pedir es coherencia: si no se siente español, que no acuda a la llamada de Del Bosque. En ningún otro país salvo en España hay este tipo de problemas. Y eso es responsabilidad exclusiva de los nacionalistas, incluso de los que juegan al fútbol.