Por si cupiera alguna duda, la inadmisible condena a Leopoldo López ha confirmado con creces que la Justicia en Venezuela es una farsa absoluta. El régimen progresivamente autoritaro de Nicolás Maduro ha extendido sus tentáculos a todas las instituciones y poderes, matando a Montesquieu y convirtiendo al país en una finca particular del chavismo, en la que el sucesor de Hugo Chávez hace y deshace a su antojo con sus maneras dictatoriales y amparándose en la proclama de “Venezuela soy yo”. Una Venezuela cada vez más depauperada, a la que Maduro ha arrastrado a una crisis sin precedentes, con la inflación más alta del mundo y un brutal desabastecimiento de los productos más básicos que ha provocado la desesperación ciudadana. Pero no contento con eso, el caudillo bolivariano se ha propuesto exterminar cualquier voz que clame por la libertad.
Aunque Leopoldo López no es el único opositor encarcelado, el líder de Voluntad Popular se ha alzado como un símbolo de la lucha del pueblo venezolano contra la opresión chavista. La ignominia cometida con Leopoldo López comenzó desde el mismo momento de su detención y su encarcelamiento en la prisión militar de Ramo Verde, donde lleva más de año y medio en pésimas condiciones, sufriendo continuas vejaciones y privado de los más elementos derechos que asisten a los presos en cualquier país democrático, con lo que se demuestra que ni por asomo lo es Venezuela. Los cargos en los que se ha basado la sentencia condenatoria a Leopoldo López, cifrada en casi catorce años de prisión, son una sarta de mentiras, pues el único “delito” del que es responsable es oponerse valientemente a la tiranía de Nicolás Maduro.
El caso de Leopoldo López es un ejemplo de la sistemática violación de los derechos humanos que se produce en el país caribeño y así ha sido denunciado por organismos y personalidades internacionales que, a raíz de la condena, han vuelto a alzar su voz. En nuestro país, por ejemplo, Mariano Rajoy ha manifestado su enorme preocupación por lo sucedido, José María Aznar ha señalado que la condena a López es un hecho de la máxima gravedad, Pedro Sánchez la ha reprobado sin paliativos y Felipe González, a quien el chavismo impidió participar en la defensa de López, ha dicho que Venezuela es una dictadura de facto, en la que el presidente decide por el Parlamento y la Justicia. Del explícito rechazo mayoritario, se ha desmarcado, como no podía ser de otra forma, Pablo Iglesias, que, ante el aprieto de tener que pronunciarse, se ha descolgado con evasivas y generalidades, sin ni siquiera mencionar en ningún momento el nombre de Leopoldo López. El dirigente de Podemos ha dado una nueva muestra de cuál es su modelo de país y el sistema de “justicia” que quiere para España.
La condena a Leopoldo López, no por esperada, teniendo en cuenta la catadura del chavismo, ha dejado de caer como un mazazo entre el cada vez mayor número de venezolanos que abomina del régimen de Maduro. Sin embargo, la oposición ha proclamado que no acepta esta “justicia podrida” y que no se rendirá. Con los luchadores por la libertad y la democracia en Venezuela ha de estar también sin rendirse toda la comunidad internacional. Hay que continuar exigiendo la libertad de Leopoldo López y de todos los presos políticos, y no puede permitirse que las elecciones que tendrán lugar en Venezuela el próximo 6 de diciembre sean una farsa -y eso es lo que pretende Maduro-, como una farsa ha sido el juicio a Leopoldo López. Recordemos que es precisamente el 6 de diciembre cuando los españoles celebramos el Día de la Constitución, que significa la celebración de la libertad y la democracia de la que gozamos en España. Es inadmisible que el chavismo se las haya hurtado a los venezolanos. Como bien ha dicho Mariano Rajoy “Venezuela es un gran país que merece una gran democracia”.